lunes, 17 de octubre de 2011

Noviembre

En el mundo de habla inglesa, los malabaristas acompañan ciertos trucos de magia con la expresión: “Now you see it; now you don’t”: “¿Lo ves aquí? ¡Ya no está aquí!”. En una fracción de segundo hacen desaparecer moneditas de las manos, o ciudades enteras del horizonte. Al parecer, también la vida nos tiene reservados algunos trucos. En un piscar de ojos, mientras dura una centella, me arrancaron la vida de un hijo, me dijeron que tenía cáncer, herí de muerte a quién más me amó y amaba, maté un hombre, cometí un crimen. Yo. A mí.

¿La vida continua? La gente despertándose a las siete, saliendo a trabajar, comprando y vendiendo. ¿Es posible que todo siga igual? No. Esa vida, que parece tan real, es falsa, es un espejismo. Otro de esos trucos que no entendemos. Por más que nos digan que no, que lo que desfila ante nuestros ojos es la realidad, no lo queremos ver. Sencillamente, no lo podemos ver. No podemos ignorar el hijo que se nos murió, el hombre o la mujer que matamos. O que perdimos.

Rechazaríamos con indignación una pastilla milagrosa que nos hiciera olvidar el dolor. No hay nada de masoquismo, ninguna complacencia malsana en el sufrimiento. Quien lleva luto no necesita, evita, a todo costo, que le sea reconocido. Esa solidaridad es una invasión de intimidad, un protocolo, un desfile de mascaras grotescas que no queremos ver, una convención estúpida y absurda. Nadie puede reconocer la oscuridad abismal que llevamos dentro. Quien se le pudiera asomar, sucumbe.

En el naufragio de lo que somos, nos aferramos a las memorias de quienes perdimos, y aborrecemos cualquier forma de memorabilia tétrica, convencional, de cementerio. Esa sutil preservación de la vida por la memoria es nuestra tabla. Nuestro denuedo de salvación es nuestro homenaje, aun al precio de cualquier dolor, comparado con el cual, el enajenamiento es una ganga.

Somos esto, somos así: unas bestias complejas, proclives al dolor, un manojo mal anudado de deseos y sentimientos. De amor y arrepentimientos. Tal vez no se pueda, o no se deba, clasificar el dolor. Pero hay uno que es una mezcla de martirio y desolación: la pérdida. El dolor vacio. Un dolor hueco obstinado en quedarse sin dejarse saciar ni sellar. La pérdida de un ser profundamente amado es una agonía. Precisamente porque no tiene esperanza, es irreversible, es un dolor inacabado. Por eso imposible de ignorar y de olvidar.

Pero un día, sucede lo increíble. El tiempo empieza a marchar al revés, algo que, por todo lo que sabemos de la vida y conocemos del mundo, debiera ser inconcebible: ¡olvidámos! ¡Olvidamos la fecha en que falleció nuestro hijo! “No puede ser”, nos decimos, entre la incredulidad y la sorpresa. Sentimos, por un lado, que hemos cometido una traición infinita. Y, por otro, que la vida es cínica, vil, hija de puta. El mundo debiera ser noble y respetar las promesas de amor incondicional hasta que la muerte nos separe. Pero no lo es. Es tan solo esta cagadita deleznable y relativa que está aquí; esto, sobre lo cual el tiempo se acumula y acumulará en capas, sepultándose las unas a las otras, hasta hacer desaparecer los últimos sustratos en el olvido.

Allá afuera la vida continua, impertérrita y estúpida, con noche y día, y viento y lluvia, y con poco más. Majestuosa y ajena, toda ella, a amores eternos y votos incondicionales.

Parecerá una visión cínica de la vida. Me inclino más a pensar que la vida, ella misma, es intrínsecamente cínica, ingrata, hijoeputa.

Cuando nos adviene el dolor, la ausencia, la mutilación, nos acomete también la certeza de que nunca más el día será día. Que, a partir de allí, toda luz se teñirá de noche. Para lo bueno o lo malo, quién sabe si para nuestro propio bien y preservación (si nos sirve de consuelo), el mundo, sencillamente no funciona así. Llegará el día en que olvidaremos la fecha, o la fecha dejó de estrujarnos el corazón. Esperanza, resignación, autoprotección…¿cinismo? Todo da en lo mismo.

¿Será posible que la devastación del tiempo no deje nada? No lo sé. Probablemente deje una niebla. Y por detrás de la niebla un vacío, casi plácido, o casi horrible, como un noviembre no muy frio.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Raúl y yo

Me han dicho cosas muy bonitas de mi blog. (Esos tres gatos del club vip que me leen). El otro día me escribió una desconocida, diciendo que un libro que publiqué hace quince años, era, para ella, algo así como un libro de cabecera. Me descubrió en Facebook y me preguntó que si yo era el autor del libro. ¿Uhmm? Inmediatamente desconfié. Algún amiguito se había creado una personalidad ficticia, un avatar, y me estaba vacilando de lo más lindo; o la niña esta (32) se estaba calibrando la diana, cerciorándose que la descarga que me iba a tirar estaba dirigida a la persona cierta.

Pues, para mi espanto, después de varios chats apresurados (mientras su bebé de once meses dormia) me di cuenta que la cosa era verdad, genuina. Alguien, una persona al menos, se leyó mi libro de hace quince años y andaba con él en el morral, llevándolo y trayéndolo, de cada vez que se iba a trabajar desde Lisboa a España. Después pensé que era alguna clase de malentendido, alguien muy poco familiarizado con la literatura, y menos aún con ese mutante transgénico de la literatura, que es la poesía. ¡Surprise! Susana había estudiado literatura, nada más y nada menos, que en la Universidad Clássica de Lisboa, baste decir, antro de la escolástica más rancia y más pura.

Tengo una memoria de mierda para acordarme de aforismos, frases, letras de canciones. En plena ceremonia, mi ex esposa me ayudó a formular los votos del matrimonio, una cosa que contribuí activamente a redactar, y que me había repetido más de cien veces mientras me bañaba y me vestía. "Fueron los nervios" me dijo ella, para aliviarme la pena. Pero esta muchacha lograba recitar poemas completos de aquel libro que nadie leyó. El libro se llama “Andan cosas por el techo” (Andam Coisas no Tecto), pero ella se refería a él por el “Cosas”, un amigo íntimo que prescindía de segundo nombre o apellido.

Le advertí a Susana que todos los escritores que había conocido en mi vida, incluyendo un Nobel, me resultaron una total decepción, un martirio social. La mayor parte por vanidosos. Otra mayor parte por burros irremediables. Y la otra mayoría aplastante por sencillamente insulsos, aburridos, monotemáticos, insoportables. Todos con una carencia de ego que provocaba enterrarles la cabeza contra nuestro pecho, acariciarlos, mecerles suavemente el pelo, y susurrarles, bajito, al oído: “yo te comprendo, chico, y te quiero”.

Efectivamente, después de un par de chats e emails, fue esa, sin duda alguna, la conclusión a la que llegó Susana Torga Perry (me permito dar las señas completas, para que verifiquen en Facebook que esta anécdota no es otro más de mis “cuentos”). Nunca más coincidimos, y ya pasaron varios meses. Creo que quedó todo dicho. Doy por firmemente establecido que los poemas que se leyó no se correspondían con esta especie de abastero sofisticado, viva mejor por menos.

Pero el más grande de los elogios que recibí a propósito de mi blog, me sucedió hace un par de días. Cómo nunca me sé la dirección IP de mi blog, lo busco en Google siempre que quiero publicar algo. ¡Bestia! Me lo habían puesto con multi entrada, con sub menús, con honores, como cuando uno se busca algo en la Wikipedia. Puesto a mirar de cerca, descubrí que algunas entradas, algunos posts, no me resultaban familiares. Entre blogues, novelas, cuentos, mi diario, artículos para el periódico parroquial, diatribas contra la companía de teléfonos, cartas de amor barra despecho para mi ex, emails y alegatos contra la desigualdad social, escribo tanta pendejada, que muchas veces se me olvida lo que escribí. Pero sé perfectamente que nunca, en mi puta vida y sano juicio, escribiría algo así como “un sol resplandeciente en una zona muy bien ubicada”. Aunque estas joyas de prosa aparecen en un blog llamado “Crónicas de Nueva Zelanda”, en Blogger. ¡Con un “template”, es decir, un modelo, con apariencia, color, disposición de elementos, tipo y tamaño de letra, exactamente igual al mío! Me quedé loco de perinola. Hace unos meses cambié mi template y decidí sacar la foto del paisaje. Creo que la destreza técnica del plagiador no logró retirar su foto, que, de paso, también era una versión (mala) de la mía! El autor de este blog es un tal Raúl, que no tiene apellido ni residencia “ubicable”, aparte la de vivir, desde el 2009, en Auckland, capital de Nueva Zelanda.

Me quedé “estupefacto”, como diría, en el mejor de los casos, mi amigo Raúl. Pero, unos minutos después, puesto a pensar en el asunto, me acordé, muy vagamente, que, pocos meses después de lanzar mi blog, allá por Enero del 2009, me escribió un tal Raúl desde Méjico. Dijo que se había enterado de mi existencia por mi blog, y se identificó como especialista en comercio internacional, representante de una importante importadora mejicana. Yendo al grano: ¡qué si yo no estaría dispuesto a realizar un estudio de mercado para evaluar la factibilidad de la exportación de lácteos hacia México! He recibido las propuestas más descabelladas a propósito de este blog, desde convertirlo en un site para dietas no tradicionales, hasta utilizarlo como plataforma publicitaria para cosméticos coreanos. La propuesta mejicana me pareció digna de atención. Básicamente, estaba pelabolando, y con los coreanos pensé que teníamos pocas probabilidades de entendernos.

Hice, una vez, un estudio de mercado. Una cosa que tomé muy en serio porque me fue solemnemente “consignada” por un embajador. Me desuñé durante tres meses evaluando la importación de tomate portugués hacia Venezuela. Parí sangre (no sucedáneo de jugo de tomate) y sé lo que me costó. Desde anotar los precios de las latitas en los supermercados, hasta hacer antesala de cuatro horas para hablar con el secretario del vice-presidente de la sección industrial del departamento sectorial nacional del Instituto Nacional de Estadísticas. (Me brotaron algunas dudas técnicas con relación a los Anuarios de comercio Exterior). Produje un mamotreto de cien páginas, con gráficos de Excel en multi dimensiones Leibovskianas, que ni siquiera el proprio embajador intentó leer, y que, por supuesto, no me lo pagaron.

Le respondí: “Mi caro Raúl Nomeacuerdo: el estudio les va a salir en tanto. Si, después de la conformidad, quieren avanzar, la búsqueda y selección del agente exportador, les va a salir en más tanto. Por estas bandas, los permisos sanitários son atrinques, mi guey. El transporte es refrigerado, como te debes imaginar, manito. Y el agente aduanero, bueno, no te digo más nada.” El muchacho (me lo imagino "muchacho") seguramente creyó que yo le iba a decir “¡Sí, chico, cómo no, aquí hay leche como arroz! Cuenta conmigo cuando te apetezcan tres o cuatro toneladas”.

No obtuve respuesta. Nunca más me escribió. Aparentemente se cayó por Nueva Zelanda unos meses después, tal vez para mirar la leche de cerca y abaratar costos, y decidió inaugurar un blog viajero, llamado… ¿a ver, a ver?: ¡“Crónicas de Nueva Zelanda”! Eculecuá.

Creo que, en la era de la net, los derechos de autor se volvieron una rollo demasiado complejo. Soy militante de una Red libre, abiertas, grátis. Por primera vez tenemos la posibilidad de que todo le llegue a todos, un sueño tan, pero tan bonito, al que es imposible renunciar. Los autores son los menos favorecidos en la protección de sus debidos derechos. Bajo el pretexto de los derechos de autor, se esconden, muchas veces, intereses inconfesablemente mezquinos, que defiende mucho más una industria parásita, que a los proprios autores. No es tema fácil. Es por esa razón que en el canto superior derecho de esta página, menciono “Creative Commons”, que es, básicamente, un permiso para utilizar estos contenidos, sí, con la autorización del autor.Como buen comerciante, Raúl se coló en una especie de nicho de mercado. Quién busque a las “Crónicas de Nueva Zelanda”, nos va a encontrar a los dos, juntitos, con las manitos agarradas. Yo escribiendo. Él, puteándome la vaina.

Aparte de ser un perito del comercio internacional, es un vivo y un guindado. Me molesté un pelo, sí. Pero después concluí que bah, no me importa mucho que la gente confunda sus http://raul-cronicasdenuevazelanda.blogspot.com/, con mi blog. Los dos son pura estupidez deletérea, inútil, una pérdida de tiempo, carente de sentido, con textos que muy poquita gente lee. El 99% de los blogueros le escriben al Coronel Que no Tiene Quién le Escriba, no le escriben a nadie. Sus textos se pierden en el limbo de la blogosfera, una región del universo que queda para allá de Andrómeda. En eso tenemos mucho en común, Raúl y yo. Es más, el hecho de que me hayan plagiado de forma tan flagrante, grosera, casi estúpida, no deja de reconfortar mi corazoncito. Es como si Susana Torga me hubiera dicho “no te hagas ilusiones y vamos mantener estas aguas bien separadas, chico. Contigo nada, pero yo quiero al autor del Cosas, al autor que escribió este libro”. Por supuesto que ese autor, ese hombre, no soy yo. Pero a nombre de él, desde la Andrómeda, a las Susanas de la Tierra que leen intentando comprender el mundo, les quiero decir: yo te entiendo, chica, aunque me malinterpretes por otro, igual te quiero.Por eso te escribo.

martes, 30 de agosto de 2011

Opciones

Hola. Acaba de marcar el número 911724224. Lo siento, pero debe ser número equivocado. A mí, raras veces me llaman, aunque no pare de sonar el teléfono. Si se debió a una lectura errónea, marque 1. Si se trató de una distracción en el discado, marque 2. Si la causa fue un dictado defectuoso, marque 3. Para equivocaciones en general, no especificadas, con o sin pedido de disculpas, marque 4. Para otras opciones marque:

1.- Es probable que me esté tardando en atender su llamada. Estoy sacando cuentas de calendario, pensando un poquito. Es que, casi siempre logro adivinar quién llama, mediante un cálculo muy somero de mis compromisos más cercanos, los del día. Calculo la hora, el grado de insistencia del repique, y lo comparo con el mes y el año. Si, pasado este intervalo prudencial, aun identificando vagamente la naturaleza del mensaje, no atendí el teléfono, es porque no estaba en casa. Si guarda relación con mis hijos, marque 1. Si se trata de la eventual llamada, fuera de horas y de fuso horario, que espero en vano, y nunca llegó, marca dos. Si no sabes que decir no necesitas decir nada. Déjame escuchar tu respiración. Si no se refiere a ninguna de estas dos opciones, que son las únicas que realmente me merecen atención, marque:

1.- Para serle sincero, independientemente de quien sea usted, su llamada me resultará ciertamente fuera de lugar y tiempo, intempestiva, desagradable, sin relación con mi vida, marginal, sin interés. Verifique de nuevo el número, por favor. Descuelgue y vuelva a escuchar el primer menú con más atención. Si, aún cerciorado del número, y advertido, quiere hablar conmigo:

Marque 1.- para llamadas urgentes del tipo “se le venció su póliza de vida o muerte, su seguro de maternidad”. Descuelgue, por favor. Aunque ya no me sirva de nada, aprendí a calibrar las verdaderas urgencias midiendo intervalos entre contracciones. Estaba aprendiendo a vivir y algo salió mal, se estropeó. Estaba aprendiendo a sonreír, pero ya más de la mitad se me olvidó. Si aún subsisten registros de cosas seguras y aseguradas, pólizas de este tipo en sus ficheros, archívenlos en un galpón. Ese tipo de contractos y expectativas con relación a mí, sencillamente caducaron. No insista más, señorita. Muchas cosas cambiaron. He dejado de ser cliente de cosas seguras, pero sujetas a eventualidades, causas mayores, actos de Dios.

Marque 2.- Si me quiere vender algo, aún de la forma más subrepticia y sofisticada, olvídese. No necesito nada que se pueda comprar o vender. Ya tuve la “Vaporetta 2000”, la maravillosa aspiradora titanio a vapor, y la perdí en una mudanza. No me hacen falta planes de cable que incluyan sexo y deporte, o diamantes verdaderos de quilates a plazos. Ni se imagina, señorita, cuantos juegos de ollas ya boté. Escanciadores de cristal y Woks que entraron en mi vida por uno o dos días, y después nunca más usé. Puede que aún los tenga. Lo más seguro es que los perdí u olvidé en la alacena oscura de alguna cocina. Le puedo asegurar que no quiero cosas. Por favor, descuelgue.

Marque 3.- Si me quiere advertir (amenazar) con algún corte de luz o agua, de gas o aire, pues: háganlo. Deben haberme obligado a firmar algún papel. De hecho, no hago más que firmar papeles y deambular por sus hacinadas y ruidosas oficinas, rebotando de taquilla en taquilla y de cláusula en cláusula, porque ya he desistido de explicarles mi situación, tanto personalmente como por teléfono. Soy aquel cliente ni alto ni bajo, ni joven ni viejo, ni gordo ni flaco. Ando siempre de azul marino, muy oscuro; empiezo protestando por nada y acabo pagando todo. Me da la sensación que nadie sabe muy bien que pretendo aunque se trata de algo bien simple. Seguramente estarán recordados de mí. El del traje azul marino.

Marque 4.- si es un amigo más del tipo “conocido vagamente de no sé dónde”, y me está invitando a alguna fiesta, conferencia, congreso o evento. No gracias, de verdad, no puedo. Perdone que le sea tan franco, pero usted se anda buscando números para colocarlos en las redes sociales, en una nota de prensa, o sencillamente por el placer de mostrarlos, de mostrarnos unos a otros. Es del tipo que quiere tener muchos amigos, hacer muchos contactos. Mis verdaderos amigos me llaman a mí y a otras cuatro o cinco personas más, cuando mucho. Generalmente acabamos no más de dos o tres sentados alrededor de una mesa, y lamentamos la ausencia de los demás. Pero no sacamos fotos de bien posicionados, no sacamos muchas cuentas ni números. Nos reímos, eso sí, de los merchandaicines personales y de los extrovertidos situacionales por conveniencia. Si le parezco sarcástico, cáustico, lo que sea, presione asterisco para volver a escuchar este mensaje.

Marca cinco, si fuiste tú quién llamó. No sabría que responderte, que decirte. Ni siquiera cómo decirte “hola”. Preguntarte cómo estás, no me saldría. Ni sé porqué insisto en colocar esta opción. No eres del tipo que se cala menús o deja mensajes.

Marque 6.- Si es una personalidad práctica, que no entiende de que coño tratan estos menús, o para que sirven, qué cosa es esta, qué es lo que está pasando aquí. Le doy una pista para que no sienta que perdió su tiempo en vano. Anote. “Google Talk Menu” Beta 1.2, es un nuevo servicio que simula las funciones de una central telefónica y de una contestadora automática, en el teléfono que Ud. quiera, sea su celular, o el fijo de su casa. Debe asegurarse apenas que su conexión por cable incluye el teléfono, y que es redireccionable desde el teléfono fijo, o desde un link VOIP, hacia una dirección de internet IP estable. A diferencia de Skype, la utilización de líneas fijas y celulares, es totalmente gratis. Vaya, averigüe y diviértase.

Marca 8 cuando sientas ganas de hablar conmigo. Lo haré cuándo y cómo quieras. Y podemos hablar de lo que sea. Con calma. Sin opciones que tomar. Sin preocuparnos mucho de las tarifas o de las largas pausas. Podemos hablar del tiempo, del último tsunami, de las revoluciones islámicas. Ocho.

Maque 9.- Para todas las demás opciones descuelgue.

jueves, 25 de agosto de 2011

"Escribir Para Qué", de Leila Macor

Saramago le dijo un día, a un joven escritor, al encontrarse personalmente con él: “Muchacho, escribes tan bien que provoca pegarte”. Yo conozco a una caramelita, que vive lejísimos y que ni siquiera conozco personalmente, a la que no le puedo pegar, pero que, si pudiera y supiera hacerlo, le hackearía el blog, hasta hacerlo una melcocha de bits con bites. Lo re direccionaría, hacia el site de “Los Incondicionales Guardianes de las Puertas del Reino del Señor Único y mi Dios”, por ejemplo. Uno de esos sites que te provocan vomitar sobre el teclado e inutilizarlo para ulteriores búsquedas de ese tal blog llamado “Escribir para qué”.

Lo descubrí como hace tres años y no tuve que buscarlo. Me cayó en las manos, como un regalo inesperado, aquél que andabas buscando hace tiempo y ni siquiera Google lo encontraba. Sucede que Fabrizio, a quien conocí en la Católica, me dijo que le gustaba mucho mi blog. Su hermana también tenía uno, agregó. Esto podía ser interpretado de dos maneras. “Mi mamá pinta al óleo, y ha hecho un pocote de exposiciones que ni te lo imaginas”. A la hora de la verdad, cuando asistes a una de esas exposiciones, felicitas a la señora de primerito, y sales corriendo, para que los mamarrachos que representan angelitos con cuernos (pero sin rostro), no se te cuelen en pesadillas. Lo segundo que pudiera significar sería algo así como: “Tú escribes más o menos, chico, pero debieras ver como lo hace mi hermana”.

Unos días después me volvió a preguntar: “¿Ya te asomaste al blog de mi hermana? Tiene montones de seguidores”. Fue la gota que derramó el vaso. Definitivamente la hermanita tenía que ser del tipo multi exposiciones, y tratándose de un blog de una divorciada de 38 años, pues nada, escribiría “tips” de cómo mantener relaciones de entrega incondicional, respetando, cada uno, la intimidad de su espacio. La tercera vez que me lo preguntó le dije que “sí, claro, ya lo vi”, mientras simultáneamente abría otra ventana para hacerme una idea, poco más o menos, de lo que trataba el bendito blog de su hermanita artista. Sucede que me quedé clavado en el blog de Leila Macor, apenas leído el primer post, y continué scroleando hacia abajo, solo porque quería confirmar que el primero era una excepción particularmente feliz de escritora advenediza. Fabrizio allá se quedó, en el chat, escribiéndo “¿Estás ahí? Coño, responde guevón, yo sé que estás ahí.” Pero no estaba. Estaba perdido en el blog de su hermana, jurungando por aquí y por allá, con la certeza de que, tarde o temprano, iba a toparme con algún plagio de estilo, o una buena cagada de principiante.

Busqué en vano y me rendí. Efectivamente provocaba pegarle a esta virtuosa desconocida, cuyas credenciales públicas no iban más allá de ser la hermana de mi amigo Fabrizio. Le dejé un comentario en un par de sus entradas. “Este me parece genial!!!”, y “Este también !!!”. No solo me estaba quedando corto de palabras, del impacto; con el abuso de hipérboles y exclamaciones quería mostrarme profesional, lo familiarizado que estaba con la pobreza expresiva del lenguaje de la net. Quería aparentar más joven, pues, darle a entender que teníamos más o menos la misma edad y que podíamos hacernos amigos en cualquier momento. Ella me respondió con :-), y Ps, que fui a buscar a un diccionario tipográfico 2.0 para encontrar que significaba una lengua afuera. Desistí rápidamente de hacerme el adolescente y le escribí, en este sánscrito casi perdido llamado Castellano. Le conté que había estudiado con su hermano (las credenciales son necesarias en estos menesteres de la red) y que me dejara ser su amiguito. Por favor. ¿Sí? Y a partir de ahí, nos escribimos con puntualidad religiosa: cuando dios quiere.

Adoro mi Kindle, pero detesto leer en la pantalla. Opté por pedirle a un amigo, profesor en la venerable Universidad de Otago, en Nueva Zelanda, que pidiera el libro para la biblioteca. Si es pedido por un profesor, la biblioteca se encarga de encontrar y traer cualquier libro, desde cualquier parte del mundo, aún de Uruguay, así se trate de un palimpsesto sobre las propiedades curativas del té de ruanas de los caballos bayos. El libro llegó, naturalmente, pero un par de semanas antes de que yo saliera de Nueva Zelanda. Se lo conté a Leila, y me dijo que, mientras tanto, había publicado otro. Me mandó los dos para Portugal. Ayer me di un día especial de descanso y me llevé los libros para la playa. Algunos textos ya los conocía, otros no. Con ambos me di un festín con derecho a atardecer lento. Son antologías de los textos de su blog. El primero se llama “Lamentablemente estamos bien” y trata básicamente de la adaptación cultural de una venezolana en Uruguay. Pero el tema no es lo importante; es la aproximación tan personal como está expuesto, y la forma límpida como están escritos estos textos, sin muchos paréntesis, pocos puntos y comas. El segundo se llama “Nosotros los impostores” y deja entrever que la adaptación quedó atrás, y es tema del pasado. Leila ahora vive en Los Ángeles, y lleva visos de emigrar para cinco países, como lo hizo su mamá. De hecho, Gabriela, me escribió hace un par de meses, una carta muy bonita (porque dijo maravillas de mi blog). “¡En casa de herrero, cuchara de palo!”, le dije, bromeando. Gabriela conoce perfectamente, y está orgullosa, del valor de su hija Leila).

Decían que Borges, cuando dio clases en los Estados Unidos, se limitaba a leer largos trechos de sus libros más queridos. No explicaba nada, no interpretaba nada. Leía. El examen final, oral, consistía en una sola pregunta: “¡Hable!”. Me parece un método y una evaluación genial. Detesto las críticas literarias en dónde se habla de construcción, elaboración y estructura, desde una perspectiva desconstruccionista. En mi caso, aunque quisiera, no lo sabría hacer. Los textos de Leila me gustan. Punto. Porque están bien escritos, con contenido y forma. No se dejen engañar por una primera lectura. El tono light es un recurso de humildad, un truco que esconde una muy sólida cultura. Piensa por cabeza propia y no tiene temor alguno a ser irreverente, casi cáustica, pero siempre convincente. Entren a “Escribir para qué”. Yo tampoco sé para qué se escribe, ni me preocupa mucho. No sé para qué sirven los billones de eurodólares que se invierten y despilfarran con el fútbol; no sé para qué sirven esos ruidosos torneos internacionales de Scrabble. Para qué sirve la palabra “atavismo” si tenemos muchas mejores. En cambio creo haber aprendido que la triple adjetivación tipo sándwich no sirve para nada. Me pregunto más el porqué se escribe, cuando amargamente constatamos que jamás conducirá a nada, ni siquiera a candilejas de feria sobre oropel. No sé si ya les sugerí que entraran a “Escribir para qué”. Para que no se pierdan, me permito sugerir tres piezas entre las que más me gustan: “La Guerra de las Semillas”, “La puntuación, la sintaxis y el amor”, “La verdad de 347 milanesas”. No puedo terminar esta entrada sin dejar de mencionar que me encantó conocer esta mujer tan “interesante”, podrida de buena.

Y ahora sí, les direcciono al link, http://escribirparaque.blogspot.com/ , no fuera a ser que me salieran del post a mitad de la lectura y me dejaran aquí plantado: “¿Estás ahí, estás ahí? Yo sé que estás ahí”.

martes, 16 de agosto de 2011

Las diez y diez

El interior de la casa de mi abuelo era muy sencillo. En una punta estaba la cocina y el comedor. En la otra punta, estaba una especie de patio interior que distribuía tres habitaciones y un baño. Los dos sectores estaban conectados por un largo pasillo alfombrado. Exactamente en el medio del pasillo, se abrían otras dos puertas. Una se limitaba a ser una salida lateral hacia el exterior, hacia el jardín. La otra daba hacia una minúscula despensa que, aparte de tener un armario cerrado a siete llaves, tenía una misteriosa escalera. La llamábamos la despensa, aunque, por deseos de mi abuelo, no debiera guardar nada comestible (aparte sus jamones serranos). La “despensa” daba hacia una portezuela que accedía al sótano. El sótano me tenía sin cuidado, pero el armario me tenía loco de curiosidad. Entrar a esa pequeña despensa estaba prohibido. Mucho menos hurgar en sus accesos y contenido, claro.

Pero un día descubrí en dónde estaba la llave del armario. Por encima de su marco (¡dugh!). El descubrimiento me pareció, entonces, de un infalible olfato e intuición. (Aparte de que, obviamente, mi abuelo me subestimó, probablemente no tanto a mí como o a la niñez generalizada). Error grave, pero asaz común. Al abrir aquel armario, me quedé loco. Había descubierto el mayor de los secretos de nuestra familia, de nuestra casa. Allá estaban, perfectamente aplomadas, relucientes, las dos escopetas que usaba mi abuelo en la caza.

Aún hoy es común la caza, en Portugal y en el resto del mundo. Aunque, a algunos, cada vez nos parezca más un sadismo sanguinario que un noble “deporte”. Pero por aquél entonces, bueno: no, no tenía nada de malo. Era la época en que las homosexuales ni siquiera tenían nombre, y que más tarde se empezaran a llamar “cachaperas”. Matar conejos, patos y codornices era la adrenalina pura. Cazar un jabalí, un lobo, un venado, ¡un lince ibérico!, era sencillamente el orgasmo deportivo. Los venados silvestres desaparecieron. Y, hoy día, se gastan millones en la preservación del lobo y del lince ibéricos. Pero aquellos eran otros tiempos. Sin moros en la costa, yo agarraba las escopetas, las quebraba, olía la pólvora de los cartuchos, los metía en los caños, los sacaba; y después me iba derechito al baño a hacerme la paja, porque no había nada en el mundo que me hiciera sentir tan hombre.

A medida que fueron pasando los años, cada vez le di menos importancia a las escopetas, y más a los culos de verdad, gracias a dios. Le agradezco no haberme convertido en un fetichista exótico, una vaina rara. Bueno. Al fondo del pasillo, exactamente en el medio, había dos objetos, que formaban parte de una especie de culto, aunque muy mal definido. Uno, era una litografía de Simón Bolívar. Yo no lo sabía, ni me lo imaginaba, claro, pero para mis abuelos, aquel retrato poseía un valor simbólico enorme: los años que habían pasado en Venezuela, y la prosperidad que los había arrancado de la pobreza y permitido el ingreso a la clase media. (Hubieran, con toda seguridad, renegado del retrato si llegaran a conocer lo que el culto a Bolívar llegó a significar después). Pero aún por encima de Simón Bolívar, estaba algo más. Era un reloj de pared, al que nunca presté demasiada atención. Un reloj mecánico y cantor, un carrillón. Daba los cuartos, las medias, y las horas, en grados de elaboración melódica crecientes. Tenía pesas y había que “darle cuerda”, literalmente, el tipo de cosas que hoy solo se logran ver en los museos y entre los coleccionadores.

Probablemente sería (o es) un reloj de tres o de ocho días, los modelos más comunes. Modelos en que hay que darle cuerda cada tres u ocho días. Pero a mi abuelo se le olvidaba. Había días en que el reloj marcaba la hora cierta; había días en que definitivamente se notaba, por la hora indicada, que no podía ser, que no tenía cuerda. Pero las situaciones verdaderamente conflictivas, a veces dramáticas, se presentaban cuando uno, mirando el reloj, creía que eran las ocho y veinte, cuándo, en realidad, eran las diez y diez. Citas perdidas, exámenes aplazados, consultas preteridas, encuentros frustrados; de todo sucedía en aquella casa. Y todo por culpa del bendito reloj.

La situación llegó a extremos insostenibles, hasta que alguien sugirió sacar, guardar, regalar, vender, el maldito reloj. Mi abuelo entró en pánico, y se comprometió a darle cuerda regularmente, todos los días. Era el último en acostarse. Cuándo ya todos habíamos conciliado el primer sueño, nos despertábamos con el rac rac rac del la cuerda del reloj. Pero, invariablemente, a mi abuelo se le terminaría olvidando darle cuerda. No querría forzar demasiado el mecanismo, perdía la cuenta de los días, sencillamente se le olvidaba, no lo sé. Lo cierto es que alguno de mis tíos armaba el zafarrancho del siglo porque había pelado la cita con el dentista, después de calarse un dolor de muelas durante ocho días. “Vamos a acabar, de una vez por todas, con esa mierda de reloj” decían. Pero mi abuelo prometía y prometía. Y cumplía, hasta que se le olvidaba darle cuerda al reloj.

Veinte años habían pasado. La casa cambió de manos. Mi abuelo se murió y mi abuela hizo un par de mudanzas. Un día compré la casa dónde vivía mi abuela, con todo lo que estaba adentro, ni sabía muy bien qué. El reloj voluble de mi abuelo se me había olvidado completamente. Tan completamente como sus tres perros de caza, que traté muchos años por su nombre. En ese período de veinte años, por alguna razón que sinceramente desconozco, me empecé a interesar por relojes. No sé cómo empezó ni porqué. No me acordaba, ni remotamente, del reloj de mi abuelo. Tampoco me interesaban los relojes caros, fashion, fancy, de pulso, los normales. Me interesó su historia, cómo se llegó a descubrir el mecanismo. Y su perfeccionamiento, siempre mecánico, sobretodo hasta el siglo XIX, hasta la llegada del reloj eléctrico y de cuarzo. Me pareció una historia fascinante, llena de habilidad, destreza, intuición, hallazgos felices, perseverancia maníaca, qué sé yo. El tipo de cosas a las que se pudiera dedicar toda una vida. La misma erección mórbida que sentí ante las escopetas de mi abuelo, la volví a experimentar frente a la sección horólogica del Museo Británico. ¡Relojes “verge y foliot” de los siglos XIII y XIV, funcionando ante mis ojos! Mi esposa jalándome de los brazos hacia los tesoros egipcios, y yo clavado ante unos mamarrachos de hierro forjado del siglo no sé cuánto.

Fue una de esas “crisis” que me dan. Esa, creo que me duró entre el 2003 y el 2007. Pasé horas y horas (malgasté parte de mi vida, como siempre) simulando el funcionamiento de los “escapes” (el corazón de los relojes) con “Inventor”, un software de diseño para ingeniería mecánica. Por fin, a finales del 2007, con la ayuda de mi suegro Ernesto, concluimos nuestro modelo de reloj mecánico, en madera (hacerlo en bronce estaba nítidamente fuera de nuestros sueños más galopantes). Y a partir de ahí, una vez concluido el modelo, creo que me pasó la fiebre. Uso un reloj de plástico y cuarzo, made in Taiwan, de 10 euros, en parte porque conozco un poquito de relojes, y por otra parte, voy a ser sincero, porque, precisamente por eso, no puedo permitirme el IWC, suizo, handmade, mecánico y perpetuo, que cuesta algo así como treinta mil dólares.

Un día, hablando con mi abuela, en el apartamento que le compré, le dije que nada más quería quedarme con el reloj.

--¿Qué reloj?—me preguntó ella.

--Ese—le apunté.

--¡Pero si ni siquiera funciona¡ Claro que sí, quédate con él.

Marca las diez y diez, la hora de todos los relojes, no sé porqué. Hoy lo empaqueté hacia la sopotogésima casa de mi vida ambulante, que ni siquiera sé cuál es, o será. Pero me queda un remoto consuelo. El de que algún día examinaré con detenimiento el escape, el péndulo, y el tren principal. Que algún día lo arreglaré como quién hace detener el tiempo en mi infancia, o en el 2007, el tiempo eterno de los relojes, obstinados en señalar las diez y diez.

viernes, 12 de agosto de 2011

Londres: todo explicado

Si hubiera sido sociólogo, creo que terminaría estudiando un tema: cómo se configuró la mentalidad (si hubiera sido sociólogo diría el “ethos”, o el “zeitegeist”) del siglo XX y hasta la fecha. Hoy pensamos, creemos y sentimos cosas muy diferentes, a veces diametralmente opuestas, a las que creían nuestros abuelos. Les hubiera dado un infarto ver una mujer oficiar una misa, y proclamar que, aunque lesbiana, a mucho orgullo, adoptó un hijo.

Nuestra vida cotidiana cambió, así como nuestras convicciones más íntimas, las que están en la raíz de nuestras opiniones, sentimientos (faltaba el “pathos”; aquí lo tienen), toda nuestra expresión, desde la información “veraz” hasta el arte más dramático. Los abuelos de nuestros abuelos estaban mucho más próximos de vivir en la edad media que en la edad contemporánea. Creo que este cambio tan abismal se debe a dos factores: el peso de la tecnología; y la emergencia y aniquilación del fascismo, la gran fisura histórica que, literalmente, divide el siglo XX por la mitad.

Un sociólogo del siglo XIX, admitiría, a muy duras penas, en sus “tertulias” absinticas, que explicar civilización en términos de impacto tecnológico, no solo sería exagerado, sino intelectualmente simplista. Se pasaron la vida estudiando clásicos griegos y santos padres de la iglesia, y claro, se les retorcieron las neuronas, y las frases con que escribian. Que el telar o la fabricación de velas y sombreros de copa pudieran ser sociológicamente determinantes, era una idea sencillamente descabellada. Y efectivamente lo era. Hubieran tenido que esperar a la electricidad y al carro para ver como la vaina funcionaba, como las cosas cambiaron.

Aunque el estudio sistemático de la electricidad se remonta, por lo menos, a Faraday, hubo que esperar a que Edison creyera que la electricidad iba a servir para alumbrar las calles del sur de Manhattan. Nunca soñó con lo que vino después: electricidad – electrónica - telecomunicaciones – digitalización- internet. Todas seguiditas, presuponiéndose.

(Ya que están todas seguiditas y se presuponen tanto, le preguntarán al sociólogo que no soy, que es lo que vendrá después: yo creo que la digitalización – y consiguiente “colectivización”- primero del cuerpo, y luego del alma – hasta dónde se pueda. Vienen también por ahí unos desarrollos químicos que apuntan básicamente a lo mismo: desde la cura de la alopecia silvéstrica, hasta la extirpación del sentimiento melacholicus – cosillas preconizadas hace más de cincuenta años por Aldous Huxley y Stanislav Lem).

Electricidad, por un lado; carro, por otro, nos cambiaron completamente el mundo. Las formas en las que la urbanización moderna, con el millón de consecuencias que implica, se moldea, solo fue posible con el carro. Se transformó dramáticamente el paisaje. Se ampliaron las distancias y se acortaron los tiempos. La vida se nos aceleró de tal forma que es difícil acompañarla.

Una de la revistas icono de los últimos años se llama precisamente Fast, y la escogencia de este nombre no fue ingenua. Es una revista que tanto habla de tecnología como de tendencias sociales. Por cierto, tres años después de lanzada fue vendida por 700 veces su inversión inicial: 350 millones de dólares (viene en la Wikipedia). Es el tipo de cosas que suceden hoy y que nuestros abuelos jamás creerían. Prefiero leer a Fast y a Wired que a cualquier Journal of Sociology, básicamente porque la "profesionalización del pensamiento" está acabando con él y con su utilidad. No soy sociólogo, sino especialista en super e hipermercados. Una subespecie de comercio masivo al detal, que no existiría sin carro, ni electricidad para la nevera. Y sin la digitalización; que, al contrario de lo que otros piensan, creo que dio lugar a una concentración de poderes centrales: desde los cuarteles generales de un banco, hasta las instituciones del Estado. Son tantas y tan diversas las consecuencias de la “tecno-socialización” galopante, que resultaría frustrante empezar a enumerarlas.

Por último, me parece que existe un tercer factor que ayuda a explicar este mundo que tenemos. La segunda guerra mundial (como casi todas guerras, sin excepción) fue consecuencia de conflictos de poder sobre territorio y recursos (“los de arriba”, sean ricos o pobres, son los primeros que se están cagando en ideologías y sentimientos nacionales). Hasta el mismo Churchill “flirteó” con el nazismo. El duque de Marlborough se dejó de mariqueras cuando le empezaron a pisar el chiquito, del pie. El nazismo, hasta el deflagrar de la guerra, no le hacía muchas cosquillas a nadie (tanto así que proliferaron los movimientos simpatizantes, aún dentro de la mismísima Inglaterra). Pero con la guerra se produjo un distanciamiento del orden, disciplina, puritanismo y acato (nazismo), a favor de la participación, libre expresión y tolerancia (democracia mi compadre). Por eso es tan importante Hanna Arendt, importantísima, fundamental, aunque nadie logra “leerla” por más de cinco páginas sin que se quede dormido.

Constitucionalismo, libertades y blablablá no eran cosas nuevas, sobretodo en el mundo anglo sajón (Locke y sus amigotes), pero se reforzaron enormemente. Es verdad que al nivel socio-histórico este cuentico se nos complica porque debemos explicar como la guerra desembocó en la concepción del Estado Social de los 50-70, y luego en la chacina neo liberal de los 80 en adelante; explicar “el auge y caída” de la Unión Soviética; explicar la “fundamentalización” del mundo árabe. Rollo parejo.

Pero al nivel cultural se reforzaron enormemente dos principios: el de la libertad económica y el de la libertad individual. Ricos y pobres se sienten en su pleno derecho de hacer lo que les da la gana. Los primeros pillan y se sienten inocentes; los segundos queman y saquean (y también se siente inocentes). El drama, dijeron los griegos (los griegos que leían los tertúlicos del siglo XIX), no se limita a oposición y conflicto. Es la oposición en la que todos tienen razón. Es el dilema, sí, pero más importante aún: es un dilema de irresoluble. Edipo se coge a su mamá y es inocente de pecado. ¿Cómo es eso?

La solución estribaría en apelar a un árbitro. Dios. Pero Dios fue quemado vivo en el siglo XVIII, precisamente cuando ya terminaban los autos de inquisición. El Estado, entonces. Bueno, que venga el diablo y escoja. El estado está carcomido por dentro y podrido por fuera. ¡OK, ya sé! La sociedad civil. Bueno. ¿Quién sabe? Lo cierto es que, hasta ahora, es menos una opción que una historia de pajaritos preñados. El problema de la sociedad civil, es que, casi por definición, no está articulada, ergo: no existe. ¿Qué nos queda?

En las barriadas periféricas de Londres (o Paris o Caracas), salen los marginados a quemar, robar o simplemente a destruir. No solo siento, sino que pienso, que debo condenar y vehemente condeno, con toda convicción. Me identifico con Lady P., la cantora negra de jazz que, por estos días, en medio del tumulto loco de Londres, instaba a los vándalos a organizarse y a protestar dentro del status quo. Sí, estoy de acuerdo y me gusta la señora. Pero, para ellos, Jazz, Shostakovsky y ese tal Estatusculo, es todo la misma vaina. Háblame claro mano, dicen ellos, y los entiendo. Les mostraron los Adidas y las Xbox y no se las dieron. ¿Qué les queda?

sábado, 6 de agosto de 2011

Mapas antiguos

La escuela en donde trabajo, aquí en Portugal, me pidió que contratara una profesora de inglés. Requisitos: que hablara inglés. ¡Dugh! Pero muyyy bien, atajaron ellos. Que fuera nativa, pues. Yo que me encargara de las pelusas logísticas y burocráticas, del resto; es decir, de todo. La que me pareció que “correspondía al perfil”, estaba en Leeds, norte de Inglaterra. Leí el currículo, le respondí, y después hablamos un par de veces por Skype. Video conferencia, exigí, no fuera a salirme una vaina rara, una gótica, una leidigaga de la vida real. Nunca se sabe, con los ingleses.

Pero no. Una chama (27, decía el currículo) rellenita, tranquilita, de lo más normal. Marcamos una última llamada para ponernos de acuerdo en día, local y hora.

--Te voy a buscar al aeropuerto-- le dije.

--No hace falta, gracias. Me voy de carro, para llevarme mis cosas.

--¿Vienes por el túnel, no?- le pregunté, tirándomelas de viajado, como si le estuviera hablando del túnel de La Planicie. (Nunca en mi puta vida pisé Francia, pero sé que hay un túnel en el Canal de la Mancha (un tren, que a lo mejor ni siquiera transporta carros).

--No-- me respondió ella-- voy de ferri hasta España.

Tampoco sabía que existieran ferris que se llegaran hasta España. Precisamente porque uno aprende y se refiere a estas cosas, acaba tirándoselas de viajado. Es irresistible.

Bueno. Le di la dirección de la escuela y la de mi casa, advirtiéndole que llegar a mi casa era mucho más fácil que llegar a la escuela. Me dijo el día y me indicó una hora aproximada: “entre seis y ocho de la tarde”, me dijo. Llegó a las siete exactas. A la escuela, por supuesto. ¡Qué bravos que son los brits, mano! No tardé mucho en darme cuenta de que era una chica avispada, inteligente, rápida; un avioncito de la British Arways, pues. (Me consta que son eficientes, aunque solo viajé en British un par de veces).

--Me imagino que estarás bastante cansada. ¿Cuántas veces paraste por el camino?-- se me ocurrió preguntarle.

--Una-- me dijo ella.

¡Coño! Me quedé tieso, de una pieza. Esto era lo peor que podía pasarme a mí y a la escuela; que la chica fuera una mentirosilla, una farsante, que todo aquello de que había estudiado literatura comparada en Oxford fuera, pura y simplemente, embuste anglosajón. La chica se había traído a su casa dentro del carro, fue a Escocia a despedirse de sus abuelitos... ¿Cómo coño le iba a decir “no gracias, chu, fuera”?

Anduve de pie atrás y con las orejas paradas más de una semana, hasta que un día me dio la cola, en su carro. Apenas nos montamos en el carro, me pregunta el nombre de la calle hacia dónde íbamos. Me pareció raro, pero a lo mejor desconfiaba de la infundada fama de los latinos, y le di la dirección.

--¿Cómo se escribe?

Con toda paciencia le deletreé el nombre de la calle. Sacó un aparatico, tecleó, y la vaina empezó que “turn right two hundred meters”, “roundabout third exit”, “radar three hundred meters away forty miles per hour”. ¡La vaina no solo sabía en dónde estaban los radares de la policía, sino que olfateaba los tombos a trescientos metros de distancia! Lo único malo era que hablaba sin comas.

Fue entonces que caí en la cuenta. Entendí que la pobre muchacha efectivamente se había calado Oxford, y que había llegado de Santander hasta Portugal en línea recta, con una parada y dos tanques de gasolina. Casi que le pedí disculpas, tenía ganas de besarla (y pedirle el GPS prestado, para jugar un ratito).

Pero hace tan solo cinco o seis años atrás no existían gepeses y los viajes largos se hacían con mapas. Teníamos, más o menos por aquél entonces, dos mapas enormes, tipo acordeón, de esos que se abren automáticamente pero que solo una mujer puede cerrar. Uno de Venezuela y otro de Portugal. En los demás países nos daba temor manejar por la izquierda. O verdadero terror, alquilar un Rickshaw, por ejemplo, como vimos a varios italianos haciéndolo, y cagados de la risa, en Bangkok. Bangkok o Phnom Penh. Bueno, no importa.

Tengo esos dos mapas frente a mí, pegados de la pared. No sé cómo surgió la cosa, la idea, la costumbre. Debe haber sido en nuestro primer viaje a Mérida, que decidimos trazar el itinerario a lápiz. Se nota una línea, calcada varias veces, que sale de Caracas pero que no llega siquiera a Maracay. El grafito no se agarraba al plastificado, parece claro. Pero, por encima, dibujada con un marcador de subrayar, verde fosforescente, hay una línea que se le sobrepone, y esa sí, va de Caracas hasta Mérida. No sé si llamarla línea, propiamente, ya que se trata de una enorme curva, como dibujada por un viejito alcohólico, con Alzheimer, aparte su delirium tremens natural.

La línea tiene triángulos, bolas y lacitos, serruchos, hongos y sombreritos, en fin, la panoplia geométrica completa, incluyendo paradojas topológicas. En un sitio, la línea llega hasta una rayita del mapa y se devuelve como cincuenta kilómetros. Me acuerdo perfectamente que llovía a palos y que pasamos media hora dentro del carro, viendo como las cuatro por cuatro se atrevían a cruzar aquello que se suponía ser un riachuelo, pero que se había convertido en un rio furioso y acaudalado. En esos cincuenta y pico de quilómetros la línea del marcador fue dibujada doble y subrayada.

Era ella quién llevaba el mapa en una mano y el marcador en la otra, tipo antropóloga del Discovery Channel. Funcionaba así: yo manejaba; ella me daba las indicaciones. Sencillito. Tipo GPS, sí, pero un pelin diferente. Con todas las comas y entonaciones, los acentos y matices que ningún aparato logrará alcanzar, porque son las comas del lenguaje secreto e infinito del amor. ¿Dónde estábamos? ¡Ah! El detalle estribaba en un par de pormenores que dificultaban la cosa. El primero era, que la sábana aquella, me obliteraba por completo la visión del lado derecho, cosa que, aparentemente, le tenía sin cuidado tanto a la copilota como al conductor.

Mucho más importante era el segundo pormenor. Para que aquél carro funcionara, había que conectar una especie de cables, establecer un circuito, hacer un bypass. Ella posaba su mano izquierda sobre mi pierna derecha, y yo descansaba mi mano derecha sobre su pierna izquierda. Y ahí sí, el carro arrancaba y funcionaba perfectamente. Mi brazo quedaba por encima del suyo, para poder maniobrar la palanca de las velocidades. Cuándo era ella conduciendo nos confundíamos un poco, al principio, pero, con el tiempo, se nos volvió automático. (Todo lo íbamos aprendiendo). Era como estos carros modernos que tienen un sensor debajo del asiento, y que suena una alarma si el pasajero no se pone el cinturón de seguridad. Igualito. Si no cruzábamos los brazos, faltaba algo, nos sonaba una alarma rara en la cabeza, la cosa no funcionaba. Solo que -entre levantar los brazos para desplegar el mapa, pegarlo del parabrisas, esquivarse de los conductores ciegos (que se me presentaban por la derecha, casi siempre), rotular el mapa, volver a levantar los brazos para replegar el acordeón ruso- entre todas estas maniobras, pues, acabábamos por perder alguna salida importante, algún letrero, y la cosa se nos complicaba.

Pronto nos dimos cuenta (ella, claro) de que no tenía mucho sentido marcar una ruta por anticipado, sino subrayar el trayecto recorrido. Por lo menos sabíamos hasta dónde habíamos llegado, lo que ya no era malo del todo. Seguíamos necesitando el mapa para orientarnos de forma general, pero la raya pasó a revestir un carácter simbólico. Señalaba los sitios por donde pasábamos, como que la memoria o algo así, el rastro.

Las mujeres y los hombres tenemos sentidos de orientación muy distintos, como todos saben. Una mujer logra llegar a la farmacia equis porque, después de pasar la panadería, cuenta dos semáforos y voltea en la segunda a la izquierda, un poquito antes de la peluquería de Riqui D’Armand.

Nosotros no. No necesitamos nada de eso. Ni de puntos de referencia, ni de mapas, ni de parar a preguntar direcciones en la calle, una de las cosas más estúpidas del mundo, dígase de paso. De cada diez preguntas, cinco “no sabe/ no responde”; otros cuatro te dan indicaciones erradas; y el que realmente sabe, termina por ser de la zona y la conoce muy bien, al dedillo, pero invariablemente resulta sordo, ciego o tartamudo.

Una mujer puede hacer dos o tres cosas al mismo tiempo y todos sabemos reconocerlo: escucha la conversación del lado; se fija que en la quinta mesa, detrás de ti, hay una flaca pretensiosa que se tiñe las mechas en la casa; te señala que el pescado fue congelado y le falta sal; y escuchó, sin dejar de hablar por un segundo, y mucho antes que tu, que estaban pasando puras músicas de Marvin Gay, como ambiente de fondo.

Los hombres no funcionamos así. Nos concentramos en una sola cosa y la hacemos bien y rápido. No es que no nos damos cuenta de lo demás. Lo hacemos, pero de forma diferente, lo aprehendemos de forma intuitiva e inconsciente. Y eso se demuestra muy fácilmente en la forma de manejar. Antes de pasar la panadería, la cabeza se nos desvía hacia la otra acera, porque vimos a una que estaba requeta buena. (Se nos escapó la panadería). Más adelante hay una tienda de lencería, medio francesa medio porno, y es imposible resistirse a mirar la vitrina y a quien está adentro. (Es probable que la tienda quede entre dos semáforos cualesquiera). Después te deparas con un par de piernotas saliendo de una peluquería. Y cuándo nos damos cuenta, vualá, llegamos a la farmacia equis. Aquí estamos, y en la mitad del tiempo, sin mirar hacia los lados tan siquiera. ¿Cómo lo hacemos? Por intuición, porque tenemos un sentido de orientación diferente, incorporado, nato. Somos palomas mensajeras.

Eso fue lo que intenté explicarle, durante diez años, pero sin tanta especificación ni ejemplos. Qué me dejara a mí, pues, que era quien estaba al volante y sabía por dónde andábamos (más o menos, de una forma general, es cierto, pero lo sabía). Nunca lo entendió. Alzábamos los brazos, abría el mapa, despacio, (tapándome tres cuartos del parabrisas, como ya dije), miraba, le daba la vuelta, despacio, volvía a mirar, deslizaba el dedo índice como si estuviera empujando un carrito de juguete, despacito, volvía a cerrar el acordeón, una, dos, tres, cuarenta veces, cruzábamos los brazos y le preguntaba entonces:

-- ¿Por dónde es?

-- No sé. Me mareé. Yo te digo “despacio, despacio”, pero tú nunca me paras bolas.

Unos añitos después, nuestro segundo viaje a Mérida, aparece en el mapa subrayado a naranja, y parece trazado con regla: una sola línea con pocos quebrados, casi recta. Después de contarles a nuestros amigos, luego del primer viaje, que bellos nos parecieron Los Andes, pero que, para llegar, había que cruzar ríos sin puentes, serpentear montañas interminables y atravesar bosques por senderos de tierra, se quedaron pasmados de asombro.

-- ¿De verdad? – preguntaron- ¿En dónde queda eso?

Más o menos le explicamos, lo que (más o menos) sabíamos.

--¿Y cuántas horas tardaron?

-- Cuarenta y ocho, y llegamos al tercer día.

-- ¿Porqué no se fueron por las autopistas?

--¡Coño! ¡Existían autopistas!-- nos dijimos uno al otro, con los ojos. Cuando llegamos a la casa sacamos el mapa de la gaveta. Efectivamente. Eran aquellas rayitas dobles que nos preguntamos varias veces que eran, para qué servían, ya que en Venezuela no existen trenes desde 1915.

Tenemos otro mapa, de Portugal, con otros dos viajes largos. La misma cosa con paisaje diferente. Los carros, prestados o alquilados, también eran diferentes, pero funcionaban con el mismo corto circuito de los brazos cruzados. Líneas de un marcador verde y de otro anaranjado, que muchas veces se enroscaban la una en la otra, como las hiedras alrededor de un tronco, o de una vid.

El tercer mapa, el de Nueva Zelanda, no lo tengo. Son paisajes tan fabulosos que los utilizan en las películas para ahorrar dinero en efectos especiales. Existen ríos de un color verde, imposible de definir, porque el río erosiona y se tiñe, literalmente, de jade. En el mapa se ven (o veían, no sé como referirme a él) otros dos viajes bien delineados. Dos círculos, muy aproximadamente, entrelazados como los aros de los juegos olímpicos, que parten y arriban al mismo punto, al mismo sitio, a la misma casa de llegada.

Pero hay un tercer viaje, absolutamente incomprensible, en dónde la línea se quiebra, se parte, se divide en dos. Las dos partes, o mitades, a medida que avanzan se destiñen, como si al marcador le faltara tinta, se hubiera secado. Un segmento parte hacia el norte, en perfecta línea recta y se adentra en el mar, desvaneciéndose el color hasta perderse. La otra mitad se dirige hacia el sur, y pronto se encontrará en medio de la desolación gélida del Polo. O no.

Geográfica y geométricamente son líneas imposibles de dibujar, trayectos imposibles de realizar. Ambas mitades se dirigen hacia casa de nadie, terra incógnita, como decían los mapas aún más antiguos. A ese marcador se le acabó la tinta y no es posible saber hacia dónde los caminos se dirigen, hacia dónde el destino los va a llevar. Como la tierra es redonda, es posible que se encuentren. O no.

Quién sabe, pudieran cruzarse las líneas, pero me imagino que sería de una forma muy extraña, como que encriptada en esa tinta invisible, entrelazadas con la vid. Con rutas y caminos perdidos, y


sábado, 23 de julio de 2011

Amy Winehouse en el supermercado


Hoy día me parece estúpido pero debo confesar que, en su momento, cuando nadie sabía lo que era el reggae, tardé mi tiempecito hasta entender a Bob Marley. A que se me metiera en la cabeza. Janis Joplin y Bob Dylan, aunque anteriores a mi generación, ni se diga. Para mi eran sinónimos de cacofonía y desafinación total. Siglos de siglos tardé hasta medio acercarme a Miles Davis, Billie Holiday o Keith Jarret. Y aplicaba el razonamiento más egobróntico del mundo: ¡Si no me gustan es porque no son buenos! Serán fenómenos pasajeros, de mercado, o de culto para intelectuales en su eterna búsqueda de ídolos, talismanes, identidades. Me decía yo en mi santa ignorancia. Tardé años preciosos hasta entenderlos, a esos y a tantos otros, y comprender que eran genios. Y el genio no se digiere fácilmente, casi nunca entra a primera. Creo que acontecerá algo similar con Amy Winehouse. Su música y su voz tienen una personalidad propia y una forma personal de expresarse, nueva, no siempre fácil de admitir. Como en tantos casos, el desequilibrio que produce la creatividad y el genio es también, lamentablemente, el que está en la raíz de la desviación, la adicción, el alcohol, las drogas.

Ayer, por una de esas coincidencias increíbles de la vida, estaba haciendo compras en el supermercado. Uno no escucha la música que pasan en los supermercados! Tuve un amigo librero que acostumbraba decir que no vendía “libros de aeropuerto”. Un otro distinguía entre música, y “música de coger culo”. Entre una y otra, podemos situar la música de supermercado. Apenas entrar, el cerebro se nos desconecta automáticamente para no escuchar nada y concentrarse en la frescura de la lechuga. Pero en este caso, ayer, me llamó la atención que estuvieran pasando a Amy Winehouse. ¡Raro, no? Sería un accidente en la recopilación, pensé yo, y después pasarían algo de Abba, naturalmente. Pero no, la segunda música también era de ella. Y la tercera y la cuarta. Era un álbum completo.

Trabajé en supermercados toda la vida. Todos tienen un sistema de música ambiental, controlado centralmente. Y todos los gerentes, subgerentes, jefes de caja, realizan un pequeño by pass: se consiguen unos cables convertidores, y conectan su CD o ipod al sistema. Cambian, literalmente, de canal. Por más memorandos centrales que insten a los gerentes a colocar música del agrado general y adecuada, más de una vez, al entrar en un supermercado, fui recibido con los alaridos animales de ACDC y otros que tales. Esto de la Winehouse a un jueves por la tarde, tenía necesariamente que ser el caso. Alguien, allá atrás de aquellos vidrios espejados de la oficina, había colocado a Amy Winehouse, porque le gustaba. Ya me la imaginaba, a la autora de la proeza: alta, ágil, pero no necesariamente bonita, con un par de piercings y el pelo mal recogido: probablemente la subgerente, o la jefe de cajas, debiera ser.

También sé la presión y el stress al que están sometidas las niñas de las cajas, las cajeras. Cuanto menos le hables más infinitamente agradecidas te quedan. Aún así dudé en pedir que llamara la jefe de cajas; la gerente, en su defecto, o qué sé yo. Ya me inventaría una reclamación estúpida, pero inofensiva (he tenido que aguantar a miles, sé cómo funciona la cosa). Al final, no pregunté nada, no pedí para que llamaran a nadie, como siempre. Pienso, me imagino, hago planes, pero acaba siempre todo en nada.

Sería un episodio perfectamente trivial, de esos que se olvidan dos o tres días después. Pero no lo fue. Y me arrepiento amargamente de no haber reclamado la presencia de quien puso el disco.

Amy W. era relativamente conocida aquí en Portugal, porque hace un par de años, en Lisboa, perdida de borracha, se cayó del escenario y suspendieron el espectáculo. Pero su música, tal vez por eso, (porque los media no perdonan) ni se escucha mucho ni es particularmente apreciada. Esa es una de las razones por las cuales me pregunto quien colocó uno de sus discos completos en el supermercado de mi barrio, pocas horas antes de que ella, a los veintisiete años, fuera encontrada sin vida, en su departamento de Londres.

Si se trató de una overdose o de un acto premeditado, es absolutamente vano y pueril indagar. La negación de la realidad, desde la determinación más consciente hasta el acto más involuntario e insignificantemente neuroquímico, adopta mil formas imposibles de desenmarañar. Y me pregunto si algo de ello lo intuyó, de alguna forma que no sé explicar, una de las niñas de mi supermercado.

ASDF


Una amiga de Fabrizio, que no conozco personalmente, le dijo que le encantaría divulgar mi última entrada en este blog, pero que se sentía incapaz de hacerlo porque contenía un error ortográfico garrafal, inadmisible. Creo que a otra persona cualquiera esta observación le pudiera haber parecido pedante, pero yo la entendí y acepté perfectamente. (De hecho lo corregí y ella lo divulgó. Gracias Jaione).

También a mí, en una época, este tipo de cosas me parecían tan faltas de educación y elegancia como comer con el costado del cuchillo. Admitía, naturalmente, que no todos fuimos entrenados para leer y escribir de forma sistemática, y que a un panadero no se le pueden pedir pretéritos cuanplusperfectos. Pero una cosa es admitir la obesidad, y otra es andar con la franela recogida por encima de la panza. Para mí, leer un email plagado de errores elementales, degradaba automáticamente un ingeniero competente al nivel de un camionero.

Eso fue en la época en que pasaba varios años en un país, y básicamente hablaba, leía, y escuchaba la gente a mí alrededor hablando una misma lengua, todos los días, a todas horas. Pero, por efectos de la globalización, o porque sencillamente el destino me reservó una vida nómada, precaria, de mierda, ese tipo de permanencia, que añoro, ha desaparecido de mi vida. Ya había dicho que soy un venezolano, hijo de emigrantes portugueses, viviendo en Nueva Zelanda. Últimamente, regresé a Portugal, y abrí una escuela de lenguas, en dónde, naturalmente se enseña Español e Inglés. La profesora de Inglés no se atreve a hablar Portugués, y la de Español está convencida que lo habla (que venga el diablo y escoja). Mi vida de todos los días la hago en Portugués, naturalmente. Y es un peo de dimensiones babélicas.

Tânia se trajo un McBook de Inglaterra, Odette se trajo su PC de Méjico, y yo me compré uno por aquí. Por razones técnicas relacionadas con la red interna, optamos por no atribuir los computadores individualmente, sino que el primero que llega se sienta en el primer computador, en orden secuencial. Lo que quiere decir que, en dado momento, por ejemplo, Odette puede estar sentado en el Mac inglés de Tânia, creyendo que escribe Portugés. Los tres teclados comparten la posición de las letras, la famosa distribución QWERTY. Todo lo demás - letras específicas (como la ç o la ñ), acentos, exclamaciones e interrogaciones, paréntesis, delete, control – es decir, la otra mitad del teclado, es diferente, y varia de lengua para lengua. ¡En el caso del Mac ni se diga! Hay un poco de teclas con unos signos rarísimos, nítidamente inventados para darle un aire sofisticado, y que, a estas alturas todavía no sé para qué sirven. Eso, por lo que atañe al teclado, a lo físico, al hardware de la vaina.

Después está la cuestión de los diccionarios internos para la corrección automática. Al escribir el encabezado de un texto con “Say What? – Escola de Línguas” el computador asume, primero, que se trata de Inglés; después, cambia de ideas y presupone que es Portugués; y cuando llega a la primera línea de la carta “Muy estimado señor”, sencillamente desiste, y asume que es Afrikaans, la primera opción en el menú de definición de idioma. Además, ignora olímpicamente todo lo que es homonimia (es algo muy difícil de explicar que ustedes no lo van a entender). ¡Para colmo, Word, en su diccionario, no incorpora algunos de los neologismos informáticos que él proprio utiliza en sus menús y sistema de Ayuda! Inaudito. Para no confundirme todalia m]as de lo que ya esyo, opto muchas veces por simplemente desconectar todo y perro a pasear; a nadar por mi propia cuenta.

Debo añadir, a todo esto, que escribo con dos dedos. He intentado aprender la cosa esa de la mecanografía, docenas de veces, pero soy burro, y lo digo con toda la sinceridad del mundo. Horas, días y semanas de mi tiempo y de mi vida que he malgastado inútilmente. Escribo con dos dedos (a veces meto subrepticiamente el dedo de la paloma) pero lo hago a una velocidad muy considerable. En un dia bueno, es decir, en el que me sienta particylarmente arrecho, alcanzo la notable marca de 70 palagras or minuto. Hacerlo com dos dedos me hace sentir como aquellos inv]alidos que pintanpostales de Navidad con los dedos de lod pies. A veces, por algún morivo, la calentera es tan granse (generalmente la cosa tiene que ver con Odette; ella lo sabe), que escribo corrido sin dejar de mirar el teclado durante uma o dos p]aginas.

Y cuando levanto la cabeza solo se ve una inmensa mancha de subrayado rojo, que Word se niega a clasificar dentro de alhuna lengua conocida. Todo lo que gan]o en productividad mecanográfica lo pierdo, y con creces, en la correcciomn de ta;tana incomprensible cagada. Pero bueno. Lo veo por el ado positivo< asi ni yo mismo s]e cuales fueron los errores de tipeo y las mamarrachadas ortograpicaa.

lunes, 11 de julio de 2011

La tarde más larga


Fue en una de esas llegadas. Fueron tantas que perdí la cuenta. Lo diferente, de esta vez, era que teníamos como tres meses sin vernos. Nunca habíamos estado separados más de un mes. Cuando hablábamos por Skype (y lo hacíamos dos veces por día) ella insistía en que yo marcara un vuelo que llegara por la mañana. Averigüé, hablé con un amigo que tiene una agencia de viajes, busqué en internet. Niquiti: cero vuelos que llegaran a Lisboa por la mañana. Ni a Lisboa por la mañana, ni a Madrid por la madrugada, opción que no era de descartar porque Iberia siempre fue más barata.

--Pero bueno, dime la sorpresa, que así sabré mejor como planificar—propuse yo.

No. Era una sorpresa, no se podía decir porque era sorpresa, ¡dugh! Me pidió que insistiera, que averiguara mejor lo de los vuelos.

--Hay uno que llega a las nueve a Oporto. Pero el siguiente, de Oporto a Lisboa, los sábados, solo llega a las tres y media.

--No sirve. No da tiempo- dijo ella.

Y por esa frase, por ese descuido del que estoy seguro no se percató, más o menos imaginé que la sorpresa nos tomaría unas horas de viaje. También sabía que la cosa no podía ser aplazada para el día siguiente, ni para otro día cualquiera, ya que ella, por motivos de trabajo, salía dos días después, el lunes, hacia Salamanca. Un congreso, ponencia, una de esas vainas raras en las que se la pasaba. Y ya me imaginaba cual era la sorpresa: que entre una separación y otra, sacáramos el máximo partido del reencuentro con un retiro 24 sobre 24, 1/1, es decir, sobre el uno, sobre el otro, sobretodo olvidados del mundo y concentrados exclusivamente en nosotros dos. Lo que me parecía un excelente programa. Alguna forma había de haber. Y la hubo. Una especie de triangulación masónica, estrambótica, pero efectiva. Caracas – Frankfurt – Paris -- Lisboa. Hora de llegada: nueve de la mañana. Un plano (de vuelo) perfecto.

Llegué puntualmente, si bien tuve que pedir ayuda para que me sacaran las maletas del carrusel porque me habían salido las benditas hemorroides. En el duty free de Paris me compré una pomada, que aconsejaban aplicar en seco. Sec, decía, eso lo entendí. Era una pomada más apropiada pues para los Arrivals que para los Departures, aunque me imagino que el fabricante nunca se imaginó que su unción se fuera a vender en los aeropuertos, en la sección de curitas, tampones y pastillas para el mareo. Compré la pomadita, con mis dudas, ya que todavía me faltaba experimentar el asiento del vuelo Paris – Lisboa. Que resultó particularmente felpudo. Cálido, tirando a sibarita. ¡Ah, le confort! Air Fjance, ya se sabe.

Llegué a Lisboa con una picazón horrible, un ardor de la putaine que los parió. Lo que me provocaba era rascarme con un tenedor, un cepillo de acero, una rebarbadora eléctrica, no joda. De la desesperación caminaba tipo marioneta, intentando frotarme con las mejillas del culo, con los brazos y las piernas descoyuntados de tanto malabarismo disimulador, estilo Pinocho. Para colmo, pedían disculpas, pero los baños, debido a la remodelación y ampliación en beneficio de todos: ¡estaban cerrados! À puta que os pariu, me salió de lo más más vernáculo. ¡Nos cerraban los baños y todavía pedían que les agradeciéramos! Agarré mi carrito y por ahí me fui, orgulloso de mi origen latinoamericano, imitando los actores bailarinos de las películas mejicanas de los años cincuenta.

Ella me estaba esperando afuera, de primerita en la fila. Y mientras nos besamos y abrazamos se me olvidó completamente que tenía brazos, pies, ano. Después le expliqué mi problema y fui a buscar un baño mientras ella se quedaba con las maletas.

-- Mejor voy llevando las maletas para el carro. No tenemos mucho tiempo. Está en el 64B, segundo piso.

Nosotros no teníamos carro. En el 64B estaba una camioneta Range Rover, vino tinto, podría decirse, aunque después de desteñirse durante 20 años, el color de un carro se vuelve incierto. Pudiera haber sido rojo, fucsia, bermellón… Entré, y ahora sí, nos abrazamos y besamos como debía ser. De vez en cuando parábamos para poder mirarnos mejor después de tres meses de ausencia, para tomar aliento, y sumergirnos otra vez en esas profundidades abisales con castillos de coral iridiscente.

-- ¿De quién es la camioneta? – pregunté.

-- La alquilé.

--¿Alquilan vejestorios de estos? ¿Por qué no alquilaste un carro?

-- Porque vamos a necesitar una cuatro por cuatro.

La cosa prometía, pero consideré prudente no hacer más preguntas. Era la sorpresa. Salimos de Lisboa por el sur y paramos en una estación de servicio para un almuerzo rápido. Primeros días de Agosto. Casi cuarenta grados. Cuando nos acercamos a la camioneta, la chapa botaba ese humito transparente y vibrante, que es el aire hirviente que produce espejismos en el desierto. Pero, aunque la temperatura dentro de la camioneta debiera rondar los cincuenta grados, nos metimos para los besos que no habíamos podido darnos dentro del restaurante. Tres meses es mucho tiempo.

Abrimos las ventanas, pusimos la camioneta en marcha, y ahora sí, para allá nos íbamos. Ella al volante, muy aplomada siempre, muy consciente de sus responsabilidades como conductora, siempre. De todas sus responsabilidades, siempre. Y yo, casual, como siempre. Iba sentado de medio lado. Para no dejar de mirarla por un segundo, claro; y porque, a pesar de haberme limpiado escrupulosamente, los cuarenta grados de temperatura estaban reactivando las propiedades prurísticas de la pomada gala. Aprovechaba el menor bache y traqueteo para “acomodar-me” mejor. De vez en cuando me le acercaba y la besaba en la mejilla; esos besos automovilísticos tenían un sabor furtivo, robado, especial. Y después me volvía a sentar, cómodamente, con el amor más aliviado.

En muchas regiones de Portugal y España se registran -10 grados en invierno y 40 grados en verano. En esos días de calor abrasador los olores se modifican. Imagino que los poros de la vegetación se abren, que las plantas transpiran con la lengua afuera. Flota siempre en el aire un olor de caucho y aceite quemado. No nos pareció nada de anormal, pues, el olorcito, un olor como de algo que se quemaba (todo a nuestro alrededor se quemaba) hasta que del motor de la camioneta salió un ruido horroroso, indescriptible. Apenas duró unos segundos, pero era como si dentro del motor estuvieran moliendo monedas, tornillos, prótesis odontológicas de platino. Y después se detuvo. El ruido, el motor, la camioneta, todo. Parada total.

Estábamos a medio de una pequeña bajada, lo que permitió maniobrar, en neutro, hasta una salida que, aparentemente, estaba fuera de uso. Daba hacia un peaje mañoso: o aún no había entrado en funcionamiento, o había sido clausurado apenas inaugurado. Hacia y desde el peaje confluía un pequeño conjunto de carreteras, en las que nadie circulaba, naturalmente, porque estaban bloqueadas por el peaje condenado. Decidimos que lo mejor sería esperar a que la camioneta se enfriara.

-- El problema es que no tenemos mucho tiempo – dijo ella.

-- Es un concierto ¿verdad? La sorpresa es un concierto, porque tiene hora marcada.

-- No. Y no intentes adivinar.

-- Bueno, necesito un baño.

Por una u otra razón, generalmente por dos o tres al mismo tiempo, (cagar, mear y sonarme la nariz, por mencionar una de las combinaciones posibles) siempre necesito un baño. Ella se retorcía de pena ajena cuando me veía mear contra un poste. Yo lo hacía tan a menudo que, en las zonas donde vivimos, la mayor parte de los perros me conocían. Pero de esta vez era diferente. Necesitaba más bien un bosque, donde poder masajearme con algo fresco. Un manojo de hojas verdes, era lo que tenía en mente. Pero allí no había bosque alguno, sino tierra batida, (de la roja, calcinada), asfalto y cemento por todas partes. Ni siquiera una sombra había, aparte de la sombra de la camioneta. Mínima, porque el sol estaba a pique. Y a pesar de que el olor del motor era insoportable, nos besamos y abrazamos recostados de la camioneta hasta que consideramos que el voluble vehículo ya se había enfriado. A lo mejor se había enfriado, pero seguía sin dar señales de vida. Nos volvimos a besar. Lo volvimos a intentar. Lo intentó ella. Nos cambiamos de puestos. Lo intenté yo. Nos besamos. Nada. El motor sencillamente no respondía.

Teníamos que llamar a alguien, un mecánico, una grúa. A la compañía que nos alquiló el carro, por ejemplo. Teníamos el celular y el número. Lo que no teníamos era puta idea de dónde nos encontrábamos.

-- Tú vas por este lado y yo voy por aquél. En algún momento debemos encontrar una placa, una casa, una persona, un cruce donde pasen carros – propuso ella.

OK. Empecé bajando. A los diez minutos encontré una placa con el nombre del pueblo, y seguí. Después encontré una señora de la zona que me explicó todo, no solo el nombre del pueblo sino el nombre de la localidad. Y seguí. Más abajo, en frente a la oficina de los correos, encontré un viejito ciclista. Tenía como 80 años. Llevaba la bicicleta por la mano, claro. Me confirmó todo lo que me había dicho la señora, nombre del pueblo, parroquia y municipio, estaba correcto. Me quiso explicar que en la reforma político-administrativa del 42 el pueblo pertenecía al municipio vecino, pero le di las gracias y seguí bajando. Como tres kilómetros adelante, cuando casi ya había perdido la fe, encontré mi bendito bosquecillo del edén, rebosante de tiernas hojas de eucalipto.

Cuando regresé, ella llevaba más de media hora esperándome. El nombre del pueblo estaba super reconfirmado, no habían dudas. Serían como las tres de la tarde y, después de la excursión exploratoria, sudábamos a chorro. Bueno, yo, porque, por alguna hormonal razón que desconozco, las mujeres sudan infinitamente menos que los hombres.

-- ¿Llamaste?- le pregunté.

-- Sí, ya llamé y ya me devolvieron la llamada diciendo que no saben en dónde queda esto.

Media hora después llamó un hombre, diciendo que era el de la grúa de servicio en la zona, pero que tampoco sabía dónde estábamos. Intentamos explicarle, lo mejor que sabíamos; básicamente que estábamos en un peaje fantasma, dónde no había gente ni pasaban carros, en el medio de la nada. Nos fuimos a recostar contra una de las columnas del peaje fantasma.

-- Bueno, ya no hay sorpresa—dijo ella, en un tono triste, de desanimo.

-- No hay problema. ¿No puede ser otro día? ¿Cuando vuelvas de Valladolid?

-- De Salamanca.

--Uarever. ¿No puede ser otro día?

-- No lo sé.

-- Bueno. Entonces ya me puedes contar lo que era. Yo voy a imaginármelo cómo si estuviera allí. ¿Te parece?

-- No era nada de especial. Te vas a reír. Queda como a cien quilómetros de aquí. En la playa. Pero hay que meterse por las carreteras de tierra. Cuando era niña, mis padres y yo pasábamos las vacaciones por allí, en un parque de camping. Ya sabes como es. O como era. Una tienda, amarrada a la maleta abierta del carro. El turismo de los pobres a finales de los setenta. Un día, en esa playa, vi la puesta de sol más indescriptible de mi vida. El sol se volvió loco, explotó tipo super nova y pintó el cielo con mil colores. Salí corriendo, a buscar a mi papá, como testigo… o protector, no sé. Pero desde el parque no daba para ver el mar, y el efecto en el cielo ya casi había desaparecido. Intenté explicárselo, pero son cosas difíciles de explicar. Y de olvidar, también. Y eso es todo. Quería ver el atardecer contigo, aunque fuera una puesta de sol corriente y normalilla, y contártelo, intentar otra vez, explicártelo a ti. Lo que sentí. Con más calma, y con más pormenores, con una botella lenta de aquél vino que nos sirvieron en el matrimonio. Hacerlo de otra manera. No sé como explicártelo…

Me quedé mudo, como siempre. A veces no sabía si había entendido bien bien bien lo que quería decir. Otras veces la entendía perfectamente, pero igual me quedaba mudo.

--Hace tres semanas fui allá con mis viejos para preparar todo y le alquilé una casita de piedra, a una señora del pueblo. La casa queda en medio de una cuesta un poco fuerte, inclinada, “íngrima” como dices tú, que te la tiras de escritor. Lo importante no es la casa, sino que tiene una vista soberbia sobre la playa y sobre el mar. La señora se ofreció a prepararnos la comida, por el mismo precio, y le pedí que me preparase tu plato y tu postre preferido. Y bueno, era eso, tu sorpresa. Nada especial… que habláramos un poco sobre el sol o qué sé yo. Me siento un poquito estúpida…me parece que te vas a quedar decepcionado, tanto con la historia como…

A ella le parecía que yo me pudiera decepcionar porque me estaba entregando un pedazo de su vida. Una mujer enamorada es un ser extraño. Yo no sé cuál es mi platillo y mi postre favorito, pero estoy seguro que lo reconocería de inmediato cuando ella me lo enseñara.

Ella iba a rematar lo que estaba diciendo pero la vida real no es como el cine. Los teléfonos suenan en los momentos más poéticos y menos adecuados. Era el señor de la grúa, otra vez. Peaje, sí. “Serendim”, correcto. Como a dos kilómetros de los Correos, exactamente.

Las sombritas mínimas de las columnas del peaje eran completamente insuficientes, y básicamente pasamos el resto de aquella tarde bajo un sol inclemente. Hablábamos por teléfono todos los días (por Skype, dos veces por día); no había mucho acontecimiento noticioso para poner el día. Pero aquella tarde hablamos y hablamos sin parar ni cansarnos. Como lo hacíamos siempre, todos los días. Quién sabe si de aquella vez sentíamos que teníamos más tiempo, porque el sol se pone casi a las diez. Todo el tiempo del mundo.

De vez en cuando volvía a llamar el señor de la grúa. Nos reíamos como niños jugando a frio y caliente con el señor de la grúa. A veces parecía escucharse la aproximación de un carro, pero no, era falsa alarma, era mentira. Después llamaban de la agencia de alquiler. La señorita de la agencia estaba frente al computador, y decía que le parecía muy raro, pero que no nos encontraba. Le propusimos encender una fogata para que los satélites de Google Maps nos localizaran. Aparentemente no le gustó la broma y dijo que, por última vez, iba a hablar con el chofer de la grúa. Nosotros seguíamos riéndonos, seguros de que la felicidad duraría el resto de la vida, seguros de que la felicidad era interminable como una tarde de verano.

En determinado momento miré el sol e intenté imaginar donde se pondría, aquel día, en aquel sitio. No lo logré, ni me importó: tarde o temprano, ella me llevaría a la cuesta del poniente más majestuoso del mundo. A ella la conocía, mil veces mejor que la palma de mi mano, estaba seguro. Porque no sola la conocía a ella; conocía la inevitable predestinación de nuestro futuro y nuestro destino.

El señor de la grúa nos dio la cola, de regreso a Lisboa. Nos reíamos acurrucados en la cabina, los tres en el mismo asiento, ella en el medio. La apreté muy fuerte contra mí, como si reclamara el derecho de su proximidad sobre el aliento del señor de la grúa. Las virtudes terapéuticas del eucalipto habían operado el milagro. Mi intuición animal para los productos naturales había contrarrestado los efectos perniciosos de las farmacopeas parisinas. A pesar de las carambolas aeronáuticas entre Frankfurt y Paris, no me sentía cansado. Nada. Todo lo contrario. Animado, diría, porque algún día habría de ver el atardecer más espectacular del mundo, el que nunca vi, ni veré.

Aunque de alguna forma me quedé con aquel ocaso irrepetible, aquel crepúsculo esplendoroso, aquel recuerdito de niña que, si pudiera, lo guindara del cuello como un crucifijo. Y sería como una bolita de luz reluciendo todo el tiempo en el pecho. Como lo son tantos recuerdos. (Y ahora ya no estoy escribiendo porque tengo un nudo en los dedos. Ya me va a pasar. Ok. Bueno)

Y fue así, la tarde más larga y más feliz de mi vida.