miércoles, 27 de mayo de 2009

lo bueno y lo malo

video
Ray Heredia lanzó un único disco a solo en 1992, el mismo año en que murió víctima de la heroína. El mismo año de algunas de estas fotos. Para ti, Cati. En la versión de La Mari del Chambao con Estrella Morente.

sábado, 23 de mayo de 2009

Encuentros


Me encantan esas reuniones en las que un grupo de desconocidos se sienta alrededor de una mesa y cada uno se turna para presentarse a sí mismo. No hay una fórmula establecida para hacerlo pero la gente termina siempre por reducir la cosa a un canon común de expresión mínima: me llamo fulanito de tal, hago esto o aquello, nací en tal o cual parte. Regla general eso es todo. Algunos, algunas mujeres principalmente, informan la edad; no tanto porque crean que la edad contribuye a componer el cuadro (ninguna lo cree) sino por alardear que enfrentan la vida de aquella manera, con la verdad por delante. Otras agregan que son casadas y tienen hijos, queriendo decir que la reunión es importante como no, pero más importante es la ropa que quedó por planchar allá en la casa, su marido y sus dos hijos. Pero aun estas son raras; la mayor parte de nosotros reducimos las señas de identidad a esta frugalidad trivial del nombre, la profesión, la procedencia.

Rita McTerry, obstetra, Edimburgo. Clic, ya está. A muy grandes rasgos quedas encuadrado barra encuadrada en la foto, en la toma preliminar, lista para ulteriores y más sutiles enfoques, el fine tuning que se seguirá después. Adicionas detalles, reparas como cruza las piernas o coloca los énfasis pequeñitos de la voz. Y la cartera DG, y los jeans CK, te fijaste? Bueno, te vas haciendo una idea.

Soy el primero en sucumbir a las falacias simplonas del estereotipo, lo confieso. No me digas más nada pecosa, mi vida. Con las piernas que te gastas no solo puedo imaginar tu pasado cómo predecir tu futuro. Y veo un moreno apuesto y viajado plantado en todo el medio de tu destino. Éste, mira es mi turno, te voy a sonreír, date cuenta.

Jaime Senra, Departamento de Literatura Hispana, Venezuela. Ella me sonríe un niquitin de vuelta, muy coqueta y empática, mucho gusto, el placer es mío. Llegada la hora, si llega, como voy a explicarle que todo es mentira? Que no me llamo Senra, que no soy profesor de literatura. Que ni siquiera soy venezolano empezando por ahí. Es decir, es todo verdad y es todo mentira, pero que más da. Es cómodo y facilita mucho la vida asumir una caricatura de uno mismo, cargar una identidad standart, un yo tipo y tamaño pasaporte.

Aunque a Rita la conozco, por lo menos eso es cierto, ni todo es mentira. De vez en cuando nos encontramos en la cafetería o en la Staff House a la hora del almuerzo, intercambiamos aquel tipo de saludo incomodo en el que no tienes nada que decir o preguntar (porque no sabes nada de nada de la vida del otro) pero hace tanto que se conocen que te sientes en la obligación de agregar algo para que el “hola” no suene tan seco.

Es una mujer bella e inteligente, la Rita. Y está más buena que el coño a pesar de que mis inaugurales augurios nunca se cumplieron y nuestros destinos nunca se cruzaron. Para mi es la escocesita que da clases de obstetricia en la Facultad de Medicina; de la misma forma que yo soy para los demás el latinoamericano que da clases de literatura en el Arts Building. Pase pues, puedo con eso. Y la pasaría igual de bien siendo el portugués que da clases de ortografía. Es verdad que la primera versión suena mejor que la segunda, aunque se trata de una trialidad, como diría Pessoa, soy más la versión incompleta de mis mismos.

Sí, me obsesiona la identidad (y detesto reconocerlo, odio la palabra “identidad” en todos sus tamaños y presentaciones, tipo “identidad nacional”, argh, por ejemplo). No me obsesiona tanto la mía (mi yodad, mi cosa, mi mierda), esa me la conozco de atrás palante, sino la del otro, la de los otros. Precisamente por saber que la mía es esta manta usada de retazos que para quedar bonita se debe mirar de lejos. Tal vez en el fondo me siento un bicho tan raro, un esperpento tan culturalmente pastichizado, que me complace encontrar en los residenciados con permanencia algún parecido, alguna remota afinidad. Por aquello del mal de muchos consuelo de tontos, debe ser. Pero no es fácil, digo, entender esto, sobretodo tratándose de un afásico como yo que se la pasa sumergido en la pantalla o en un libro todo el tiempo, sustraído de la realidad, drogado, jodido claro, pero tampoco requeta jodido, normal, casi contento.

La gente cree que los ridículos no podemos vernos, mirarnos, darnos cuenta, jeje. Que somos muy inteligentes para unas cosas pero muy burros para otras. Que entendemos perfectamente el ballet de sutilezas sociales en Jane Austen, y los cataclismos psicológicos de Dostoyevsky y todo eso, pero que no nos damos cuenta de cuando se ríen de nosotros, de cómo cargamos la chaqueta, de lo estúpidos que nos vemos con corbata y sombrero de Zorro. Como llegan a creer eso, como les cabe semejante dialéctica de circo en la cabeza no lo sé, sinceramente. Son los tales misterios de la naturaleza animal que nos fascinan. Por supuesto de que me doy cuenta de quien soy, faltaba más, coño. Y del ridículo que hago, pues claro. Y exactamente de la misma forma que puedo reconocer un Louis Vuiton y nunca he cargado uno, del mismo modo, con la misma diáfana claridad me percato de la facha de mis lentes y soy el primero que me río. O me me río. Digo, todos construimos o tejemos una incierta imagen de nosotros mismos.

viernes, 15 de mayo de 2009

Dietas


Todo bloguero que se precie conoce sus estadísticas, lleva su control. Hay montones de páginas en internet que vienen siendo para los blogueros de hoy lo que los viejos guarda-libros eran para los abasteros de antaño. Cada tanto informan de cómo va la contabilidad, cuántas y cuáles fueron las entradas y el resultado final aproximado del negocio.

Mi servicio contable es una página llamada Statcounter.com. No solo me dice cuántas personas visitaron mi blog, sino si es la primera vez que vienen o si son clientes viejos, en qué parte del mundo están, cómo llegaron. Es fascinante mirar el mapa del globo y ver aquellos puntitos rojos que señalan la proveniencia de tus visitantes tipo emperador romano que verifica las capitales de sus dominios, urbi et orbe. Estoy seguro que las señoritas soldado del Pentágono no se tiran mis orgasmos viendo los mapas de los cilos atómicos en sus pantallas.

Y después te envicias, claro, en la consulta de las estadísticas, como un lector compulsivo de noticias, o peor, como un mirón pornógrafo que se hackea las webcams de las víctimas distraídas. Lo malo es que, en mi caso, solo visitan mi blog cuatro gatos. (Tuve que bloquear la dirección IP de mi mamá porque me estaba adulterando los promedios). Yo que arranqué mi blog con aquellas ganas de seducir la humanidad y conquistar el mundo, terminé con los mismos cuatro gatos de siempre, ése puñadito de amigos devotos que me quieren a punto de ser condescendientes. Los demás son despistados barra as.

El Statcounter me dice que palabra o frase introdujeron los cibernautas en el motor de búsqueda para encontrarme. Y ver lo que la gente procura en internet es aun más fascinante que encontrar puntitos rojos en el corazón de Australia. “Ayúdenme por favor que no quiero llamar a mi esposo”, por ejemplo. Cómo carrizo mi blog puede dar respuesta a tan angustioso llamado, no me pregunten. Ni siquiera me imaginaba que la gente le pide cosas a Google como si estuviera hablando con José Gregório Hernández. Ahora me imagino los gritos de angustia, las súplicas y ruegos que deben de circular por ahí alrededor de la Tierra tipo truenos de soledad reverberando en el ciberespacio. Después están las búsquedas normales y canónicas de siempre, al estilo: “padres aciendo sexo con ijas”. Y viendo cosas como éstas uno se pregunta si era la tecla de la H que no funcionaba o si de verdad el tipo era un pedófilo incestuoso, analfabeta y genuino. Escalofriante mano. Pero de todas las búsquedas azarosas que por despiste terminan en mi blog, las más popular es sin duda “la dieta de la banana”.

La dieta de la banana es un cuento cuya primera parte publiqué aquí hace un par de meses. Creo que el sentido del cuento no se entiende hasta leer la segunda parte, y la alusión a la dieta de la banana es meramente circunstancial. En la entrada que sigue estoy “posteando” el cuento completo para que se entienda.

Bueno. La cosa es que La dieta de la banana se ha convertido en una especie de batacazo editorial (a mi humilde y muy modesta escala, claro). Ya se cuentan por centenares los “hits” a mi cuento. No cabía en mi espanto cuándo el fenómeno editorial comenzó. Por fin, me dije yo, estoy saltando al estrellato literario, ya era hora. Yo (¡ay incrédulo de mí!) que ya había perdido la fe en la cultura de la gente y en el buen gusto de la humanidad, de repente estaba saltando pal mundo de las letras con todos las candilejas encendidas. Sabía, muy en el fondo, que algún día sería reconocido mi valor y mi mérito. Que tantas horas de dedicación al trabajo pasadas en aciaga soledad algún día me serían debidamente reconocidas. Estaba feliz, pues, y no era para menos. Después de toda una vida acostumbrado a que la gente leyera mis cosas y me dijera “escribes muy bien, sigue”, ser leído de verdad verdad (y buscado!) era el nirvana del siglo, se pueden imaginar. Más de una vez llamé a mi esposa para que viniera a ver aquellos gráficos ascendentes de mis visitas en el Statcounter. ¿Viste, mujer descreída? Y tú diciéndome que ya era hora de que me buscara un empleo y que me pusiera a trabajar. Qué falta de fé, mija. Qué incomprehensión hacia el artista, mujer ingrata. Y los días iban pasando y las visitas aumentando, de forma constante pero inexorable, tipo contador de la luz.

El mundo estaba sediento de mis historias, todos querían leer La dieta de la banana. La América Hispana me solicitaba. Llegaba gente de Perú, de Chile, de España, de Argentina, México, Cuba (imagínate tú), buscando la “dieta de la banana por la mañana”, “la banana en ayunas”, “la tres bananitas diarias”, “la banana buena para el colestelol”, la banana por el culo a quién los parió a todos y todas, no joda. Yo me había pasado meses investigando para escribir aquel cuento...y el resultado era éste. Un poco de estúpidos, de gente burra, que me leía por error, por descuido, oops, perdón...yo...ya me voy, buscaba de verdad una dieta...que no se me hiciera muy cuesta arriba, usted me entiende...me gusta el cambur...

Pasadas pocas semanas me escribió una compañía con sede en la isla de Jeju, Corea del Sur. Me saludaban y eso, muy educados (todo en inglés), se presentaban como una compañía internacional especializada en regímenes nutricionales no convencionales y que estaban interesados en poner un anuncio en mi blog, si yo no me importaba. Marditos chinitos. Entre ellos y los despistados terminaron de putear las estadísticas de mi blog, y ahora ya no puedo distinguir entre un lector culto y un vulgar gordo o un chino estafador de mierda. Y cómo se dice en portugués, perdido por uno que se pierda por mil. Ahí va pues, para que las arañas y los bots de Google se vuelvan locos. Se los voy a subrayar para que no se pierdan.

Tags: dieta de la banana; banana por la mañana, la tarde y la noche; banana buenísima para rebajar; cambur parejo; coma banana y rebaje en una semana; banana con chocolate y caramelo; resultados garantizados; la dieta del chocolate vespertino tampoco es mala; dietas que no cuestan nada; coma lo que quiera y adelgace en menos de 24 horas; coma banana mijo, bastante, echele sin pena que va a quedar elegante.

Aqui va la cosa completa, pues.

La Increíble Dieta de la Banana (completa)



Para José Luis Fernández-Shaw






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Yo sabía perfectamente lo que quería pero me faltaba todavía ajustar un montón de detalles. La idea empezaba por buscarme algo entre Soho y South Hampton. Conseguí una maravilla módica en Russel Square, un vetusto y venerable hotel cuyo pub había sido frecuentado por Virginia Wolf y compañía. El tipo de pormenor que convierten un palomar maloliente en un vetusto y venerable hotel. La reserva del hotel aseguraba parte de la logística del asunto, pero era lo de menos. También ya sabía dónde me iría a almorzar, todos los días. Al Quo Vadis, por supuesto. Lo más difícil era lo relacionado con la biblioteca y las bibliotecarias. Todavía no tenía todos los detalles perfectamente claros pero ya me las apañaría.

En 1858, el mismo año en que J.S. Mill partió en compañía de su querida Harriet hacia el sur de Francia (ella moriría a mitad del viaje), Karl Marx, viviendo por ese entonces también en Londres, escribió una reseña biográfica sobre Simón Bolívar, muerto unos treinta años antes. El artículo le había sido solicitado por un editor de Estados Unidos quien le recomendó que utilizara un tono neutro y descriptivo ya que el texto sería incorporado a una publicación de carácter enciclopédico. Para Marx, que estaba concluyendo el pequeño borrador de ochocientas páginas de lo que más tarde sería El Capital, aquello era un paréntesis para matar un tigre y embolsillarse una calderilla. Los realitos, así fueran sencillo, eran muy bienvenidos en esa familia que vivía en la pobreza extrema. Karl y su esposa Jenny, a quien adoraba, habitaban un miserable apartamento de dos piezas, en Soho Square, no muy lejos del Museo Británico, a cuya biblioteca Marx se encaminaba cabizbajo todos los días, hiciera sol o lloviera. Hasta no hace muchos años todavía se podía ver, entrando al Reading Room, a mano derecha, el calamitoso pupitre que le martirizó la vida. El hombre, además de padecer de hemorroides, era frecuente víctima de unas erupciones cutáneas que le atacaban por lo bajo. Se las vio negras en esa biblioteca. Hoy la mesita de Marx ya no está. La quitaron para poner ordenadores y para hacer espacio a la avalancha de turistas que, como yo, asoman la cabecita a la puerta del Reading Room.

Los Marx tuvieron seis hijos. Tres murieron en ese apartamento, localizado en el primer piso del 26-29 de Dean Street. Para cuando escribió aquel artículo que tituló “Bolívar y Ponte”, Marx ya llevaba en Londres casi diez años y mal se imaginaba que “la larga e insomne noche del exilio”, como escribió por ese entonces, apenas estaba comenzando. Terminó por morir en Londres casi unos treinta años después. Por allá quedó enterrado bajo un túmulo en el que, según Bolaño, nadie coloca flores.

En 1930, un italiano del tipo gesticulante y emprendedor llamado Pepino Leoni se compró el 26-29 de Dean Street y empezó a tumbar las paredes del interior para buscarle acomodo a su flamante restaurante. Lo llamaría Quo Vadis, como la novela por entonces de moda. Sobrevivió el nombre de la novela, y la película, pero ya nadie se acuerda de quien la escribió. Detrás de una pared del primer piso de aquella casa del Soho, los obreros se encontraron unos legajos voluminosos de papel amarillento mal atados con pabilo viejo. Los obreros llamaron al maestro, el maestro llamó a Pepino y el italiano se llamó a un amigo paisano que daba clases en Oxford. La noticia pronto empezó a circular por la ciudad y no tardó en llegarle a los oídos del embajador de las repúblicas soviéticas, quien de inmediato se apersonó en el local de las obras preguntando por un tal Pepino. El diplomático, fingiendo desinterés, pidió para mirar los papeles. Hoy, mañana, después, cuando usted pueda, no hay prisa. Esa misma noche, con los ojos puyudos, el ruso se llevó las manos al pecho y solo le pidió a Dios no morir de infarto antes de poder darle la noticia al camarada Stalin. Como se lo estoy diciendo, jefe, el original del Capital, más de mil cartas, las actas de la Segunda Internacional, recibos, partidas de nacimiento, daguerrotipos con chiquillas del can can, y no me va a creer: ¡el manuscrito del Manifiesto! (embadurnado con la mantequilla que comió el mismísimo filósofo, es cierto). ¡Qué hallazgo, qué cosa! Hasta me parece mentira, camarada. Mejor que no lo sea, mi pequeño Dimiusko, que no lo sea, debe de haberle respondido el jefe. Ahí te mando a Bujarin que es el entendido de la partida. Échamele un ojito, ¿sí?

No se sabe cuánto le pidió el italiano a los rusos por aquellos papeles que hoy se encuentran en la Biblioteca Marx y Engels de la ciudad de San Petersburgo. Lo que se sabe, que nos consta, es que el italiano, además de gourmet, era hombre de gustos artísticos refinados. Cuando se acabó de construir su Quo Vadis, lo decoró con un pocote de Giacometis y Modiglianis. Todos los que encontró a la venta, que no serían muchos. Se ganó mil veces más con la valorización de los cuadros y esculturas que con los raviolis vendidos a lo largo de cincuenta años. Hoy, después de varias remodelaciones en las cuales se han incorporado obras de Wharol y Damien, la casa dónde un filósofo indigente especulaba sobre las teorías del valor es un local sofisticado y exclusivo donde se pagan más de cien libras por una botella de Bordeaux.

Entre los papeles que el camarada Bujarin se llevó personalmente a Stalingrado, constaban tres documentos que hicieron correr borbotones locos de dialéctica entre la izquierda venezolana de los años sesenta. El primero y más importante era el artículo de Marx sobre Bolívar. Aunque fue redescubierto en febrero de 1934 por un materialista argentino llamado Aníbal Ponce, no obtuvo plena difusión sino hasta la década de los sesenta, después de que en 1959 se publicara la segunda edición en lengua castellana de las Obras Completas de Marx y Engles. En este artículo, con el desparpajo vehemente del que solo son capaces los santos y los comunistas, Marx descuartiza a Bolívar. Lo tilda de traidor, cobarde, megalómano. “General de las retiradas” es una de las expresiones que utiliza. Marx presenta a un Bolívar mezquino, corrompido por la gloria efímera del poder, frívolo, inebriado por el baile y la pompa. Las famosas contradicciones de Bolívar son resueltas en una síntesis simples. Es un hombre sin un proyecto político definido más allá de la ambición personal. Una ambición baladí a la que sacrificó sus amigos y colaboradores, sus tropas, su herencia y su familia, el sueño de la independencia y el destino de la Gran Colombia.

El segundo documento que Aníbal Ponce descubrió en el Instituto Marx y Engels de Stalingrado, fue la carta dirigida a Marx por M. Daña, el editor de Nueva York que le había encomendado el artículo sobre Bolívar. Mi caro amigo y colaborador, empezaba diciéndole Daña a Marx, con característica cortesía finisecular. ¿Qué coño le pasa, mi ilustre? Si le sugiero a su merced un artículo sobre Bolívar para una enciclopedia es porque me parece que Bolívar es enciclopediable o como se dice, digno de inclusión, ¿no le parece? Es verdad que no le pedí una apología, un encomio o qué coño, pero tampoco esta mierda de diatriba ponzoñosa que ya encontrará mi amigo quien se la pague y se la publique. Domine el mal genio hágame el favor que yo no soy su amiguito Frederico. La próxima vez que me mande una rabieta de éstas me limpio el culo con ella y le retengo los pagos pendientes, ¿entendido? ¿Usted conoció a Bolívar o qué? ¿De dónde se sacó ésta vaina? Reciba los efusivos saludos que le otorgan mi incondicional respeto y estima. Etecetera. Tchau.

Nadie le hablaba así a Karl Marx. Por pelusas más pequeñas se había tirado a las autoridades alemanas y francesas y por eso vivía ahora medio encaletado en Inglaterra. Al Daña éste me lo zampo, pensó el ideólogo. Por otra parte estaba aquello de los pagos retenidos. Era verdad. Los americanos no tenían sentido del honor, eran capaces de cualquier cosa. Durante dos semanas Marx le sumó a la noche negra del exilio los zumos agrios de la vendetta. Por fin se desahogó con Engles, en una carta que Aníbal Ponte también desenterró de las mazmorras rusas. No sabes lo que me dijo aquel gringo desgraciado, mi buen Frederico, decía Marx. El hijo de puta puso en entredicho mi honestidad intelectual ¿puedes creerlo? Inaudito. Yo que he sacrificado mi vida y la de mi familia en el altar de la integridad intelectual y me sale una sanguijuela de ésta calaña a llamarme deshonesto. Yo no me la tiro de dandy. Me desuño de la mañana a la noche investigando en aquella biblioteca, literalmente me reviento el culo trabajando, como tú bien sabes. Todo lo que dije en el artículo está perfectamente documentado y lo reitero. El Bolívar ése era un pobre desgraciado con delirios de grandeza, un Napoleón de pacotilla, poco menos que uno de esos caciques Haitianos que se disfrazan de reyes franceses. Un ridículo. Creedme, me leí todo lo que había y solo ésta podría ser la conclusión. Un figurante. Un desequilibrado.

Ésta carta de Marx a Engles fue el tercer documento que Aníbal Ponce desenterró de Leningrado. La izquierda venezolana, que creció al abrigo de un culto sagrado y centenario a la figura de Bolívar, nunca pudo digerir a cabalidad éste episodio. Después de interminables discusiones terminó por dirimirse la contradicción aduciendo que Marx no dispuso de las fuentes adecuadas. Y por ahí quedó la cosa. Es por esta razón que la revolución chavista es bolivariana pero jamás fue ni será marxista.

Mi misión en Londres era sencilla. Yo ya sabía que los libros utilizados por Marx todavía estaban en la Biblioteca. Lo más probable es que fueran ejemplares únicos. El plan era sencillo. En primer lugar me robaría los dos o tres libros de la biblioteca. Y en segundo lugar, algún día, escribiría algo sobre las fuentes de Marx en su retrato de Bolívar. Algo, ya se me ocurriría, lo que me diera la gana, porque a fin de cuentas las fuentes bibliográficas se habrían perdido para todo el siempre.








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“Histoire de Bolivar” de Ducoudray Holstein, 1831, fue la principal fuente utilizada por Marx para su controvertida biografía. El libro permaneció ignorado durante muchos años porque, por alguna razón que desconozco, siempre se reseñó como Ducudray-Holstein, lo que contiene un par de errores de grafía. En el site de la Biblioteca Británica la obra continúa catalogada bajo la cuota HMNTS 615.i.21 aunque se trata en realidad de la “Increíble Dieta de la Banana”. La segunda gran fuente utilizada por Marx fue la “Memoir of General John Millar”, de 1813, cuota HMNV 12.t.41 de la misma biblioteca. Según pude verificar ninguno de los dos libros consta de los catálogos de la Biblioteca Nacional de Paris o de la Biblioteca del Congreso, y hasta dónde sé, son ejemplares únicos. Ambos los poseo yo. En el momento en que escribo estas líneas los tengo frente a mí, en mi casa de Nueva Zelanda, en un pequeño anaquel que corre por encima de mi ordenador.

Cuando llegué a Londres tenía claro que me quería apropiar de los libros aunque no sabía todavía muy bien cómo. Robármelos pues. En las semanas anteriores le había escrito a los servicios bibliotecarios, identificándome como investigador serio y pidiendo que por favor me localizaran los libros. Me respondió una bibliotecaria súper profesional, algunos días después, informándome que efectivamente los había encontrado y que ya estaban en la sala, reservados a mi nombre y esperándome. Por un momento alimenté la vana esperanza de que la sala fuera la legendaria Reading Room, pero no. Los libros me esperaban en las instalaciones de St. Pancras, un depósito sin charme dónde llega un intelectual con ganas y en menos de una hora termina sintiéndose un marginal fracasado, una pobre rata.

Hubiera podido llegar, identificarme y pedir los libros, pero no lo hice. En vez de solicitar los libros como haría todo el mundo, pregunté por Mrs. Dianna Beaves, la bibliotecaria con la que había intercambiado los emails y que tan amable y diligentemente había atendido mis solicitudes. A lo mejor le quería agradecer. O tenía curiosidad de conocerla. O quería tirármelas de algo, de investigador, lo más probable, no me acuerdo. No está aquí, me dijo el pelirrojo que me atendió. La Biblioteca está desperdigada a lo largo y ancho de la ciudad en más de treinta sitios distintos, se apresuró a informarme el joven. Los servicios de apoyo bibliotecológico están en no sé dónde, en el quinto coño, me dijo. Es que vengo por unos libros que deben de tenerlos apartados a mi nombre. ¿A nombre de quién?, me pregunta el joven. No acabo de proferir mi nombre y él ya se está metiendo la mano por dentro del mostrador y me extiende los dos tomos. Estos ingleses.

Me pasé más o menos una hora jorungando los libros, manoseándolos. Ni siquiera me detuve en los índices, no leí nada. Hojeaba aquí y allá, al azar, sin poder dejar de pensar que aquellos objetos habían estado en las manos de Karl Marx, te lo imaginas. Uno se siente medio raro, como perteneciente a una tradición o algo, por más subterránea o soterrada o como se dice, la saga de la calumnia, la usanza ancestral de la difamación, la costumbre del vituperio, la vaina pues. Les buscaba vestigios mínimos a aquellas páginas polvorientas, cantos doblados, pedacitos de papel perdidos, frases subrayadas, puntos de interrogación en los márgenes, cagadas de mosca decimonónica, cualquier cosa. Marx tenía fama de maltratar a los libros y acostumbraba decir que eran sus esclavos. Eso lo había leído en alguna parte. Aunque aquellos libros no eran propiamente suyos, claro. Mientras les daba vueltas pensaba que a partir de aquellos textos Marx había escrito un ensayo que determinaría el que una revolución populista latinoamericana, negándose la filiación neo marxista, quedara ideológicamente acéfala y por lo tanto relegada a las volubilidades mesiánicas de un hombre. Pensaba que sí y que no, en muchas cosas a un tiempo, sobretodo pensaba en el modo más expedito de robármelos y desaparecerme para el coño. Nadie vigilaba, nadie miraba. No sería difícil metérmelos por dentro de los pantalones, ocultarlos debajo del saco. Pero me contuve, debía atenerme al plan.

Desplegué mi cuaderno de notas de par en par, le coloqué encima cada uno de los libros y, con el lápiz afilado, como si se tratara de un exacto, calqué sus medidas encima del papel desplegado de mi cuaderno. Cerré todo, agarré los peroles y me levanté. Antes de salir le entregué los dos libros al pelirrojo. Guárdemelos por aquí cerca porque vuelvo mañana, le dije. Buen apetito le hubiera dicho también si no supiera que lo iba a malgastar en guisantes y papas fritas. Tchau chispeado. Eso le dicen en mi tierra a los bachacos como tu, pensé. ¿Cómo se dice esto en inglés?

Ese mismo día, almorcé rapidito en el primer piso del Quo Vadis, y me metí a Foyles, uno coma cuatro millones de ejemplares: ¡la mayor librería del mundo! Dicen. Yo necesitaba número, variedad. Abrí mi cuaderno con los rectángulos calcados de la mañana y empecé a probar cada uno de los libros de aquella sección apartada del quinto piso. Era la sección del Fitness, por casualidad. Al cabo de una hora había conseguido lo que buscaba. Dos libros con las dimensiones exactas al milímetro. Los compré y me busqué una de esas tiendas que hacen trabajos rápidos de fotocopias, diagramaciones, invitaciones, carteles, menús, códices mayas, de todo. Les pedí que me hicieran dos nuevas carátulas para aquellos libros. Pero que me guardaran las capas viejas. A la señora no le pareció extraño mi requerimiento. Normal. En este tipo de establecimientos, con las computadores que tienen, hacen de todo, ya se sabe. Y en Londres hay tanto loco que ya nada les parece raro. Al primer libro, llamado la “Amazing Banana Diet”, me le ponen una media piel que diga “Histoire de Bolivar”. Y al “Zen Macrobiótico” póngamele “Memoir of General Millar”, con papel no sé si tiene algo así tipo papiro, ese sirve perfecto, gracias. Una cosita más, dije. Después que le coloquen las capas nuevas los vuelven a cubrir con las carátulas viejas, pero le echan muy poquita cola, ¿me entiende? Yo sabía que esta parte la iba a confundir un poco, pero se lo volví a explicar con mucha paciencia hasta que me entendió. Con muy poquito pegamento, insistí yo, apenas dos gotitas ¿entiende? Sí, entendió. A la mañana siguiente, antes de volver a la biblioteca, pasé a recoger mis dos libros por la tienda y me fui para St. Pancras otra vez.

El pelirrojo del día anterior se acordaba de mí. ¿Viene por los mismos libros? Le dije que sí, muy amable. Mire, voy a pasar con estos otros dos libros que me traje de la calle. Se los enseñé de lejos. Estoy a dieta, expliqué, frotándome la panza. Él sonrió.

Me senté en el rincón más apartado y menos iluminado de la sala. Tenía los libros dietéticos abiertos como si los estuviera leyendo pero, por detrás, con la uña, intentaba despegarles la primera carátula, la que, se suponía, estaba apenas levemente adherida. Yo le había dicho varias veces a la señora de la tienda, dicho y repetido, “échemele poquita cola”. Pero los imbéciles, como siempre, esmerados, competentísimos, le echaron un frasco completo. Ni modo. Me pasé la mañana completa echándole salivita a la mierda de los libros para poder despegarme las carátulas. Me desuñé, literalmente. Pero por fin pude despegarlas y colocarlas encima de los originales. De tan manoseadas, aquellas cubiertas ya estaban medio destruidas. Presentaban unas hilachas pegajosas que parecía como si Marx, al estornudar, las hubiera chorreado con moco. Esperé todavía un par de minutos. Cuando me disponía a levantarme y salir, me tocaron en el hombro. No fue un toque cualquiera. La mano se posó sobre mí con modales delicados pero firmes, cómo diciendo “Pajarito, siéntate ahí”.

--Mi nombre es Dianna Beaver.
--Me suena sí, la conozco, ¿verdad?
--Nos comunicamos por email, ¿no se acuerda?
--Claro, por supuesto, qué coincidencia.
--No es tanta casualidad. Sucede que Mike, aquel pelirrojo que lo atendió-- apuntó el joven--, me informó que usted ayer preguntó por mí.
¡Coño!
--Apoyo bibliotecológico—agregó, señalándose la plaquita en la solapa del saco.
--Ah por supuesto. Quería saludarla… digo, agradecerle.

Nos quedamos un rato en silencio. Lentes de Batman, faldón plisado, pelo recogido. Mujer bibliotecaria estándar número cinco, quintil superior de la curva. Ella miró con curiosidad los libros que estaban sobre la mesa, e insinuó tocarlos pero se contuvo, con expresión de asco.

--¿Consiguió lo que quería?
--Oh sí, un millón de gracias-- le respondí de lo más coqueto, extendiéndole la mano con la palma hacia arriba y haciendo ademán de levantarme. La mano volteada es un detallazo de galantería latinoamericana que no le pasa inadvertido al número cinco. La insinuación de que le vas a besar la mano sencillamente desarma, por lo imprevisto, es infalible. Se me quedó mirando a los ojos sin extenderme su mano, mirando la mía casi con la misma repugnancia con que había contemplado los libros, y ahí mismo supe que estaba jodido. Me habían cachado en el cambalache loco de los libros, pensé. Había que pensar rápido.

Por esta mariquerita, nada más por fregarte el juicio, una mal cogida de éstas es perfectamente capaz de llamar a Scotland Yard. Y cómo andan histéricos con la vaina del Al Qaeda, ahí mismito se arma el merecumbé. De entrada creerán que Venezuela queda en el Medio Oriente, como siempre, cerquita de la Cisjordania, y mientras llaman a INTERPOL te encierran setenta y dos horas por si las moscas. Mejor atajo la vaina aquí por lo sano con la señora bibliotecaria
.
-- Diana, perdóname la confianza, te lo voy a explicar todo-- empecé yo, volviendo a sentarme lentamente. Yo soy venezolano aunque no se me note, y en Venezuela, no sé si sabes, hay un tal Chávez que se cree la reencarnación de Simón Bolívar. ¿Simón Bolívar? ¿Aló? ¿Suena campana? Todo esto en inglés, claro. Bien. Y Chávez es el señor ése que se cree cosas, héroe, libertador, comandante, redentor por amor y esas vainas. El de las revoluciones de los pobres, boina, jeta prominente. Ése mismo, le dije, como si estuviéramos jugando a nombres de flores y ciudades empezadas por p stop.

Sucede que al Chávez éste lo conocí yo hace muchos años. Yo era poco más que un mocoso, y él un chaval recién salido de la Academia Militar. Nuestras vidas se cruzaron por una de esas casualidades. Yo nací en Barquisimeto, se escribe así, mira, ahora no, pero otro día intentas deletrearlo, gracias. Y él, por ese entonces, creo que vivía por allí también, o había sentado plaza en la ciudad, así dicen en gorilés. Ambos frecuentábamos… ¿Cómo explicarlo? Era un establecimiento, no era un burdel, no quise decir eso, un abastos. Como un Tesco pequeñito, bueno, más o menos, continuemos. Aunque en realidad frecuentábamos la misma señora, no sé si me captas. La señora era la regenta del abastos, ¿me sigues? Gerenta no, regenta, como la novela. Nada, no importa. Total, nos conocimos. No tiene nada de raro el que haya conocido a Chávez. He conocido a miles de personas en mi vida, como tú, digo, de la misma forma que tú has conocido a miles de personas en la tuya. A éste lo conocí porque ambos nos tirábamos a la misma coña. Sucede y no te das cuenta. Generalmente. Pero bueno, es una historia larga. En conclusión, dos puntos, lo conocí, de bastante cerca, y resulta que era un desgraciado sin escrúpulos, un arribista ambicioso con unas ganas locas de protagonismo, en lo que fuera, figuración. Por culpa de ése cabrón terminé huyendo para Estados Unidos, lo que no me resultó mal en términos de proyecto de vida, pero no fue opción mía, no fue lo que yo escogí.

Te preguntarás que tiene esto que ver con los libros ¿verdad? Ella balanceó la cabeza y achicó los ojos buscándose la conexión al asunto, intentando entender. Verás. El Chávez éste se cree Simón Bolívar. De verdad. Si te cuento las vainas que hace en privado no me lo vas a creer. El poder le pegó duro y el tipo sencillamente no se mantuvo firme, flaqueó. Aunque no deja de ser verdad que se parezca a Bolívar porque el Simoncito fue otro gran hijo de puta sin el menor sentido del deber, de la honradez, de la moral. Un coño e madre que se creía Napoleón y asoló media América sembrando la miseria y el sufrimiento como monte. Me sigues ¿no?

La Diana estaba completamente inmovilizada ante la pequeñez moral del asunto o la grandiosidad iconoclasta de la vaina. No se sabía. Pero me miraba fijamente, con enorme expectativa.

Ahora bien. ¿Quién afirma todo esto? ¿Soy yo? Por supuesto que no. Esa es la imagen de Bolívar que nos legaron varios testigos que lo conocieron de primera mano, sobretodo americanos y europeos que mantenían una cierta distancia y objetividad ante los hechos. Fueron muchos esos testigos, pero de entre ellos descollan estos dos señores. Cuando digo “estos dos señores” poso mi mano sobre los libros que reposan sobre la mesa, tipo juramento satánico sobre escrituras apócrifas. Ploct, dejo caer la mano sobre los libros. Y espero un poquito para ver el efecto. Nada.

Fundamentado en estos dos señores Karl Marx escribió una biografía de Bolívar en la que desnudó el verdadero carácter del Libertador. Ahora dime tú. ¿No te parece raro que la revolución no sea socialista, marxista, leninista, trotskista, ista una mierda cualquiera? ¿Porqué no? Porque nuestro Bolívar barra Chávez nunca le perdonó la traición de Marx. Es una revolución ideológicamente hueca, huérfana. ¿No te das cuenta?

Me levanté, saludé a Mike de lejos, y le expliqué por señas que Diana se había dormido y que ahí, sobre la mesa, quedaban los libros. Los falsos, claro. Adiós amigo, me dijo de lejos al tiempo que miraba enternecidamente a Diana. Por la forma cómo me lo dijo, no sé por qué, llegué a la conclusión de que le gustaba. Me pegó la certeza de que dormían juntos y de que se querían. Uno llega a estas conclusiones de esta manera. Y me sentí un sudaca de mierda robándome sus libros.

jueves, 14 de mayo de 2009

Plaza Mil



Para Adelso Yañez
(y para Sofía algún dia)

En el Maracaibo de mi infancia había una placita minúscula llamada Plaza Mil. Aunque pequeña y desgarbada, para el sector en donde se situaba servía como punto de referencia en la trama aburrida de la ciudad. Decíamos, en aquel entonces, para indicar una dirección “Queda a una cuadra de la Plaza Mil”, o “A dos calles y una avenida de la Mil”. De la misma forma que habían tres gracias, cinco virtudes, siete pecados, diez mandamientos, debían haber mil cosas, entre terrenales y celestes, entre materiales y etéreas: mil. Mil próceres de la independencia, mil balas disparadas por Sucre, la plaza Bolívar número mil, mil espinos en la corona de Cristo y otras tantas heridas en el sagrado corazón de la Patria. Qué mil vergas serían, me preguntaba.

(Estoy de vuelta a Maracaibo después de veinte años. Me parece importante señalar esto, que aquí hubo un parentesis).

Y ahora estoy sentado en un banquito de esta plazoleta cuyo nombre me había intrigado la infancia, jeje, ni lo puedo creer, digo, que pasaron veinte años. En una de las esquinas, junto al paredón de la iglesia, hay un pedestal semioculto por la maleza. Es un bloque de piedra de una sola pieza, invadido por el musgo. Sobre la superficie, revelando un color más limpio del granito, aún quedan los vestigios de unas letras que en algún momento estuvieron adosadas al zócalo. Ya no están. Hacían alusión a una estatua o un busto tal vez, que tampoco está. J. S. Mill 1806-1873, rezan las marcas que dejaron unas letras gruesas (quiero creer que eran de bronce) de bronce. El bronce que resiste la inclemencia del tiempo y que ya no está.

Regreso a mi banco antes de que me achicharre el tabardillo. Venezuela es esta película mala en dónde ocurren las cosas más insólitas. Eso viene en las guías turísticas, todo el mundo lo sabe. ¿Pero a quién coño se le habrá ocurrido dedicarle una plazoleta a J. S. Mill? ¿En Maracaibo? Vergazón. ¿Quienes fueron los obreros que constryueron las murallas de Tebas, los locos de emboque a quién se les ocurrió tan peregina idea? En el mismísimo Londres la estátua de Mill es un armatoste abollado que no le vende fotos de recuerdo ni a los turistas más perdidos y mamados.

Fui obligado a leer a John Stuart Mill hace muchos años, no sé si en historia de las ideas, historia de la economía, una historia cualquiera, no me acuerdo. Por supuesto que lo leí y no lo entendí, como siempre. El entendimiento me llega mucho después en retroactivo, tipo camara lenta. Esto en el mejor de los casos y con mucha suerte. Ni decir tiene que no me acordaba de nada que hubiera dicho o hecho ese tal mardito cómo se escribe? Pero hace dos años, en medio de una comida, mi hija cruzó ruidosamente los cubiertos por encima del bistec y se declaró vegetariana. Soy vegetariana. Lo dijo con orgullo y repugnancia (en inglés; me habla en inglés cuando me quiere esfloretar el quicio). Con aquella repugnancia hacia la carne, o hacia el régimen omnímodo, un asco incierto, nada claro. En condiciones normales digamos, aquella hubiera sido una declaración más del tipo “Soy pro aborto” o “Soy socialista utópica”, es decir. Pero dado que sobre la niña, con principios de anemia, recaían ya graves sospechas de comportamiento anoréxico, aquella intención se transformó en el Chernobil de las autoafirmaciones adolescentes. La confirmación de que estábamos ante el peor escenario. Alerta pandémica número seis, sirenas, luces rojas.

La mamá, como siempre, entró en pánico, salió a comprar Someses y me la dejó a mí y para mí solito. Ni se le ocurra discutir estas materias con una niña de catorce años llamada Sofía, porque entra a la porfía con muchísima desventaja. El debate, que para usted es una concesión paternal y un sacrificio, para ella es la gloria. Una adolescente es una criatura insaciable de filosofía y moral. Puede discutir la consubstanciación o el derecho del neonato a la vida durante horas y horas, noches y noches con sus días. Nunca se cansa.

Los argumentos vegetarianos subieron pues, lentamente, de lo pedestre y proteínico a lo irreductible y principístico, todo dentro de la amplia esfera de lo conceptual. No se trataba de que la carne diera acne o se digiriera mal. Por favor. Se trataba de un principio muy sencillo, muy fácil de entender. Matar es malo. ¿Tú no entender, viejo? Yo repetir a ti, Matar ser malo. Yo sé que soy burro pero me salta el tampón cuando me lo recuerdan (burlándode de mi inglés con aquél tonito, para más grima). Así sea mi hija, o más aun tratándose de ella. Y la niña, tirándoselas de muy leída, se empeñaba en remitirme a la consulta de un guru australiano, un líder espiritual o chamán o qué sé yo, llamado Peter Singer. Yo ni puta idea de quién sería éste Pedro Cantor. Supuestamente daba clases en Harvard o Cornell, una vaina de esas. Ya me lo estaba imaginando. Un Paulo Coelho con más barba, de la Ivy League. ¿Qué otra cosa pudiera esperarse de las lecturas adolescentes? Pero como no hay nada que los padres no hagan por sus hijos terminé encargando un par de libros por amazon. A lo mejor me los compré para saber cómo pensaba mi hija. Hoy ella y yo somos vegetarianos. (Claro que me he puesto a analisar eso y creo que lo hago, en el fondo, porque quiero mostrarle a Sofía que le tengo consideración intelectual. Y porque la verdad es que no tengo tantos gases. Ella no se ofende con esto porque la he enseñado a respetar la verdad, así sea fea o suene mal).

La lectura de Singer remitía a los fundamentos del utilitarismo y por consiguiente a J. S. Mill. Por ladilla, como quien no quiere la cosa, por deporte, más por ladilla pues, googueleé un rato por allí. Internet está llena de referencias a la obra de Mill y con un poco de paciencia se consiguen sus obras completas, doc o pdf, como el lector lo prefiera. Descubrí que estamos en deuda con Mill por un bojote de cosas, algunas de ellas bien básicas. Nociones fundamentales de economía que yo creía provenientes del pleistoceno, tales como costos de oportunidad, economías de escala, ventajas comparativas, conceptos que ya forman parte del inconsciente colectivo como diría Sofia, los debemos, en buena medida, a Mill. Aunque no es por eso que es recordado.

Como Mozart o Picasso, John Stuart Mill fue un niño prodigio. Cuando en compañía de Andrés Bello, Bolívar visitó Londres, en 1810, Mill tenía cuatro años y por ese entonces se estaba leyendo las fábulas de Esopo en el original griego. A diferencia de Simón Rodríguez, que tenía una ensalada roussoniana en la cabeza, dulzona y permisiva, el padre de Mill tenía un par de principios pedagógicos bastante claros, que rezaban más o menos así. El niño tiene una capacidad intelectual infinita que desarrollará plenamente si se lo somete a una carga didáctica brutal, inflingida con disciplina inmisericorde, impuesta sin descanso ni tregua. Lo demás son pendejadas francesas, mijo.

A los ocho años, el pequeño John, después de haberse raspado a Platón, Herodoto y Xenofonte, entre otras menudencias, empezó con el latín y lo leyó todo, de cabo a rabo. Desde Tito Livio a los dísticos frontispicios de las iglesias de Escocia. Todo. Fue una suerte, para él, que el imperio romano no durara más de tres siglos.

A los doce años comentaba, con aporte crítico, los principios de economía política de Ricardo y Adam Smith; y en el lapso de pocos meses pasó de los elementos geométricos simples de Euclides a los sutiles incrementos del cálculo diferencial de Newton y Leibniz. Como el mismo Mill afirmó con respecto a sí mismo, al promediar la adolescencia, en materia de formación, ya le llevaba veinticinco años de adelanto a sus pares. Modesto, el muchacho. Y como iba bien de tiempo decidió aprender a anudarse las trenzas de los zapatos.

Los especialista le han atribuido a Jonh Stuart uno de los más altos coeficientes de inteligencia de la historia, entre 200 e 230. Na molleja, primo, por no decir un mutante. Y cómo toda la vida he creído que existe una relación profunda entre la capacidad de amar y la inteligencia --una de esas teorías estúpidas mías que ni siquiera viene al caso-- me puso a investigar. Y ésta es es la historia de amor que me gustaría contar. El cuento de cómo el Chavismo destruye todo a su paso, esa ordinariez, esa vulgar história de mierda, que la cuente otro. Mill, pues.

No es por su precocidad, o por la originalidad de los métodos pedagógicos a los que fue sometido, ni por sus ideas liberales o sus precursores conceptos económicos, por lo que Stuart Mill debe ser recordado, sino porque fue el protagonista de una de las más bellas historias de amor de todos los tiempos. El amor que John le profesó a Harriet Taylor fue un desvarío loco, barroco, desproporcionado, fuera de todo mesura, más allá de cualquier límite impuesto por la sociedad, por el pudor mental o la sensatez. La conoció a los veinticinco años. Ella tenía dos menos que él. John emergía de una crisis intelectual que lo había sumido en la depresión. Y como sucede con todos los grandes amores, aconteció de forma súbita, fatal, irreversible, hiperadjectivada y flagrante. Se apasionaron locamente, mutuamente, los dos, de aquella forma, ambos, fatal.

Aunque había un problema. Cosa poca. Harriet, educada bajo los más rígidos preceptos puritanos, aparte de ser una joven casta, era casada. Con hijos. Una mujer casada y de la high, en plena época victoriana. Era un problema, porque ella era una persona sobria y recatada. Él también. Ella había sido educada en el doblegamiento de la voluntad y en la disciplina de los sentimientos. Él también. Él se conducía en la vida con aplomo y serenidad, con ascetismo inglés muy circunspecto. Ella también. Y a ambos se le olvidó todo lo que eran, fueron, o habían sido, y pronto se les abatió encima el escándalo. A los dos, en frentes cruzados, ambos, horrible.

Harriet y John se convirtieron en la comidilla preferida de aquellos salones de té y salitas de club dónde se bebía mucho, se hablaba poco y no se comía nada. Circunstancia agravada por el comportamiento de Mr. Taylor que, todas las noches, para dejarle el terreno libre al amante de su esposa se escabullía al club yéndose a fumar un bien meditado Cohibita de seis o siete pulgadas. Esta situación poco original no es del todo infrecuente. Lo que la hace tan particular es que duró veinte años, hasta la muerte de Taylor. Las fuentes, básicamente la Autobiografía de Mill, no aclaran si la causa de muerte fue el cáncer de pulmón.

Luego del período de duelo recomendado por las buenas costumbres, Harriet (viuda a la muerte de Taylor) y John (célibe en el amor de Harriet) se casaron al fin en 1851, bien entrados ambos en sus cuarentas. Estuvieron casados siete años más aunque nunca fueron absueltos por aquellas viejas broyeras del Londres victoriano. Varias veces Mill confesó que había sido la mejor época de su vida. Fue la altura en la que menos escribió.

En 1858, buscando desesperadamente un alivio a la tuberculosis de Harriet, John renunció a su trabajo en Londres y emprendieron viaje hacia los aires cálidos del sur de Francia. Pretendían llegar a Montpellier, en la costa. Harriet falleció muy pocos kilómetros antes de llegar, en Saint-Véran, un pueblito cercano a Avignon, donde fue sepultada.

Fue en este pueblo, en una pequeña casa situada al lado del cementerio, dónde John, acompañado por una hija de Harriet, pasó los últimos años de su vida y escribió lo fundamental de la obra por la que es hoy recordado.

Pocos meses después de la muerte de Harriet, en esa casita del sur de Francia, empezó la redacción de un pequeño libro, que hoy es un clásico. Sobre la Libertad habla del derecho a pensar lo que te pase por el forro y a poder expresarlo como te da la gana, apostando a que el ejercicio de la locura libertaria no podrá alejarnos de la felicidad. Tiene un título que, en inglés, suena tierno, sencillo, simplemente bello. On Liberty. Como decía a propósito de gran parte de su obra, Mill afirmaba que Sobre la Libertad había sido en buena medida escrito, o por lo menos concebido, en colaboración con Harriet.

On Liberty posee una de las dedicatorias más románticas jamás escritas. “Dedico esta obra a la recordada y llorada memoria de aquella que fue la inspiradora y, en parte, autora de lo mejor de mis escritos. A la amiga y esposa, cuyo excelso sentido de la verdad y de la justicia fueron mi mayor acicate, y cuya aprobación constituyó el mejor de los reconocimientos. Al igual que todo lo que he escrito durante muchos años, este libro es tanto de ella como mío. Aunque de manera insuficiente, esta obra, tal como la presento, ha contado con la inestimable ventaja de haber sido revisada por ella; había dejado algunas de las más importantes secciones de la misma para una más cuidadosa revisión, que ya nunca tendrá lugar. Si fuera capaz de exponer ante el mundo la mitad de los grandiosos pensamientos y nobles sentimientos que yacen enterrados con ella, mi papel se vería reducido al de intermediario de todo el provecho que de tal se derivase, mucho mayor del que pueda concluirse de todo lo que yo pueda escribir sin la inspiración y la ayuda de su inigualable sabiduría”.

On Liberty, El Origen de las Especies de Darwin, y la Contribuición a la Crítica de la Economía Política de Marx, fueron todos publicados en Londres en 1859. Un año después de la muerte de Harriet, exactamente cien años antes de que yo naciera. Cien años que pasaron en vano porque al pueblo le ha dado por robarse las letras de bronce con las que se atestigua el paso de la historia. O a la historia le ha dado por devastar la geografía imposible de mi infancia.

(Pocos dias después regresé y no he vuelto más. A veces pienso en esta historia, de las letras que no estaban y que me encontré. A medida que pasan los años cada vez más me parece improbable e inverosímil haber topado con vestígios de Stuart Mill en Maracaibo. Y me parece ver en esta incredulidad mía una señal inequívoca de una transculturación irreversible).

sábado, 9 de mayo de 2009

Frío



Las descripciones se acabaron hace siglos. Hoy día no hay forma de sentarse a describir un rostro o un lugar sin sucumbir a la impotencia y, lo más triste, caer en el ridículo. Flaubert podía darse al lujo de empezar una novela dedicando todo el primer capítulo a los campos y colinitas y vaquitas de Rouen, disponiendo primorosamente el escenario como un pesebre, aprestándolo todo para los tira y aflojas narrativos, aquellas tensiones dramáticas tan arrechas. En los días que corren, si a un escritorzuelo de tercera como yo se le ocurriera presentarse con una guevonada de esas ante un editor, correría grave riesgo de que le tiraran el mamotreto de una por la cabeza, ovejitas y camellos de los tres reyes magos incluídos.

El lector joven-adulto/adulto-joven contemporáneo reclama verbos, exige acción. Si por alguna peregrina razón quisiera saber cómo es Rouen, cosa que no hace la más mínima falta dígase de paso, se mete en interné y se conecta a una de esas cámaras web que transmiten en vividirecto, por ejemplo. Y si se pone a buscar con un poquito más de calma, no solo encontrará una webcam colgando del campanario de la catedral de Rouen, sino que, con suerte, hasta se encuentra un video porno chat transmitiendo via micro ondas de la recámara misma donde “fornicaba” Madame Bovary.

Bueno. La cosa es que las descripciones todavía son importantes y hacen falta. Pero uno no encuentra cómo hacerlas de una forma que sea convincente sin caer en el ridículo. Cada vez que me meto a messenger, el diálogo va más o menos así.

--¿Qué hay?
--Nada nuevo jao el sol
--??
--bajo el sol
--ah
--y por ahi?
--frio
--mucho?
--nojoda bastante!!
--que estas haciendo?
--pasando frío
--tanto asi?
--insoportable
--ok, llevo la niña al colegio, nos vemos
--chau

Después aparece otro amigo y la conversación envereda más o menos por lo mismo. Les digo que hace frío. Claro que ellos me quieren hablar de otra cosa, preguntar eso de cómo es la vida en Nueva Zelandia, pero yo estoy tan aterido y mocoso, con los dedos tan agarrotados sobre el teclado, que no me sale más nada. Y ellos dale que dale con el señor de los anillos, las pulseras, lo que los parió. (Me refiero a los señores).

Nada de eso, mi pana. Cero gnomos por aquí, eso es todo embuste. Esto es el Polo Sur, mano. Aquí en la playa en frente pasan icebergs del tamaño de cruceros de cinco pisos. Frío hereje. ¿Cuánto? preguntan ellos. No sé, como menos diez. Pero la cuestión no es el “cuánto” sino el “cómo”, la experiencia, la cosa escalofriante gnoseológicamente en sí. Y es ahí donde no encuentro la forma de explicarlo porque tendría que describirlo. Imaginemos que les dijera, a medio del chat, que éste es un frío “vidriado e hiriente”!

--cómo?
--pues, un frío cristalino y punzante..
--jeje
--que dilacera la piel y cala en los huesos
--jeje, muy bueno, sigue q voy a atender el telf ya vengo

Y yo aprovecho para fumar un cigarrillo y mear en el interregno. El cigarrillo me lo fumo allá afuera, en la terraza, pues, a la intemperie austral. Porque soy un fumador consciente y correcto (y porque está claramente estipulado en el contrato de alquiler que si alguien barra alguna vez, coma, por alguna circunstancia, llega a fumarse un pitillito dentro de la casa, perdemos los tres meses de depósito y el derecho de arrendamiento). Me aprieto las piernitas, pues, y fumo mi cigarrito convulsionando con aquellos espasmos de drogadicto. Y después salgo corriendo a millón para el baño porque el frío te contrae mucho la vejiga, debe ser.

A mucho costo, y después de levantar cinco capas de camisolones, encuentro el cierre del pantalón. Como no tengo la más mínima sensibilidad al tacto, todo lo tengo que hacer por inspección visual, como un chamo de cuatro años que se dobla sobre sí mismo y termina meándose en la nariz. Nada. Me doblo, bajo el cierre a mucho costo, meto la mano, busco por aquí nada, por allá no está, por todas partes, dónde coño se me habrá metido? No es fácil, porque cada vez que lo toco se repliega como la antena de un caracolito tímido. Me doblo más. Intento localizarlo allá en la cueva pero el coño e madre se me pone desconfiado y evasivo. Se me esconde. Paciencia. Me hago el loco. Lo espero afuera, silbando. Pero no hay forma, se siente acorralado, huele la emboscada y no sale. Bueno, qué más me queda.

Me lleno de coraje, respiro hondo, me desabrocho el cinturón y me bajo los pantalones. Brr. Bajarse los pantalones es la cosa más denigrante que le puede suceder a un hombre, claro. Creía yo, hasta ese momento, hasta ese instante. Hasta que lo atenacé con mis garrotes de hielo y lo vi. ¡Dios mío! ¡Qué escena tan humillante! Aquel pájaro altivo, aquel pavo real de pecho en el aire, aquel animal orgulloso de temperamento y carácter (y exhuberante por naturaleza), aquel único y real atributo capaz de satisfacer el orgullo de un hombre, aquel desgraciado se me había convertido en un perrito faldero, una mascota doméstica, una vainita que ni sé cómo le digo porque me da pena y lástima ajena describirlo. Allí, con los pantalones enrrollados alrededor de los tobillos, con el culo al aire y doblado, expuesto al escarnio, pues, allí estaba yo y este pedacito de verga, este murruñito de piel que me miraba implorante como el perrito chino de cinq-a-sec. Mierda, mano. Habría que ser escritor antiguo para poder describir la congoja profunda de este frio dilacerante y de semejante humillación, pero bueno.

--Vuelto, qué hay?
--Frio mi pana. Esta mierda aquí lo q hay es frio

Oye Célia (Célia es mi esposa, es muy celosa y muy tímida, por favor salúdenla): prometo que no vuelvo a postear más pájaros ni perritos ni nada de eso y que mi próxima entrada va a ser sobre la estructuración del agnosticismo alrededor de la constelación de valores laicos en la sociedad moderna. ¿OK?

jueves, 7 de mayo de 2009

Diestra y Siniestra, o cómo piensan los hombres



Siempre que puedo cuento la historia del teclado Dvorak. Me fascina la historia. Este señor (nada que ver con el compositor) allá por los años treinta inventó una nueva disposición para las teclas de las máquinas de escribir. Hasta entonces cada fabricante tiraba las letras en sus máquinas como les daba la gana. Dvorak hizo una aproximación científica a la vaina y propuso una distribución racional y sensata de la cosa. Después de estudiar las frecuencias estadísticas de las letras en inglés, atribuyó los dedos más usados, tales como el indicador o el medio, a las letras más comunes, tales como la “e” o la “a”. Sencillito. Resultado, dos puntos, que las mecanógrafas empezaron a escribir tan rápido que el mecanismo de las máquinas, aquellas palanquitas que parecían ganchos de crochet, se atascaban, se encabalgaban unas en otras, era un enredo. Y aquellos salones donde largas docenas de señoritas americanas tecleaban eficientemente se volvieron un infierno de manitos paradas en el aire. Aquello era una vaina insoportable para los señores supervisores (los jefes eran hombres, claro) hasta que a uno de ellos, que estaba hasta la coronilla porque el mujerero indignado lo tenía a monte, se le ocurrió una idea genial de macho. Muy sencilla, también. Pues, hacer exactamente lo opuesto de lo que hizo ese tal Dvorak, y sin mucho estudio de frecuencias ergonómicas ni mucha pendejada. Agarró unos papelitos del tamaño de mediecitos, sacó la lengua de medio lado mientras les escribía una letras analfabéticas encima, y pegó los papelitos a las letras del teclado. Con un pequeño pormenor, ahí estaba el detalle. Que atribuyó las letras más usadas a los dedos y a los movimientos más torpes. Las vocales, por ejemplo, las puso todas fuera de la línea media en donde reposan los dedos, a excepción de la “a”, a la cual atribuyó el meñique, y de la mano izquierda para más inri. Se acabaron los atascos. Las jodió a todas, a las letras y a las señoritas mecanógrafas, y a todos nosotros, de paso, porque todavía usamos el teclado QWERTY, esa infamia. Por supuesto que en la actualidad ya no necesitamos un teclado que nos haga más torpes y lentos, pero todos los intentos por imponer un teclado más eficiente han fracasado. La gente se acostumbra a todo. Hoy día las adolescentes japonesas escriben novelas enteras con el teclado del celular, por ejemplo. Novelas que después de circular en forma de mensajes de texto se transcriben a papel y se convierten en bestsellers en las bancas de las librerías de Tokyo! Las colegialas japonesas son unos engendros culturales rarísimos, locas como cabras. A Nabokov le daría un infarto si llegara a ver las faldas de lolitas prostitutas que se ponen encima. Pero bueno, ése es otro cuento.

Volviendo. Lo mismo sucede con las cámaras fotográficas. No me refiero a las compactas barra piches, sino a las profesionales, aquellas cosas negro mate con 12 megapíxeles y zoomes alemanes y más botones que la cabina de un Boeing. Las llamadas cámaras SLR. Los principios de funcionamiento de una cámara digital no guardan la más remota relación con los mecanismos de la impresión en film que se usaban antiguamente. El espejo, el visor, el obturador, el diafragma eran todos procesos mecánicos, a veces increíblemente refinados, pensados en función de un resultado foto químico, la captación e impresión de la luz sobre la película. Y la película misma era otra vaina físico química arrechísima y super sensible a las condiciones de la luz. Pues bien, las máquinas modernas no tienen nada que ver con esta guevonada de procesos esotérico-alquímicos, pero siguen presentándose con botones ISO (¡que miden la sensibilidad química del film!), velocidad del obturador, apertura del diafragma y un largo y anacrónico etcétera. Lo más increíble es que estos pormenores se justifican y hacen falta, entre otras cosas, porque nuestra educación estética en la apreciación de la fotografía está íntimamente relacionada con la evolución histórica de la cámara. Gran parte de la sofisticación técnica incorporada a estas cámaras solo se explica porque están concebidas para emular las limitaciones de las antiguas cámaras mecánicas!

Me fascina esta etiología de las convenciones cotidianas, vamos a llamarle así (coño, tengo que anotar esta idea genial antes de que alguien se me adelante y me la quite). El descubrir porqué las cosas estúpidas que hacemos las ejecutamos así de esta manera. Mi abuelo, por ejemplo, la tenía agarrada conmigo porque yo no quería hacer las cosas por la izquierda. El tenedor se usa con la izquierda, el piripicho se usa por la izquierda. Una vez fuimos juntos a Oporto y me compró una bicileta. Azul. Delirio total. Llegamos a la casa.

--Te voy a enseñar a montar bicicleta—me dijo-- Primero y principal, se monta por la izquierda. ¿Porqué? Porque sí, siempre por la izquierda. No se te olvide.
--OK. ¿Qué más?
--Más nada. Dale.

Eso fue todo lo que me enseñó. Y de hecho, en toda mi vida nunca he visto a nadie que se monte en bicicleta o en moto por el lado derecho. La palanca de reposo de las bicicletas está invariablemente colocada del lado izquierdo. Qué raro, no. Hasta que muchos años después descubrí de donde provenía la convención. La mayor parte de la humanidad es y siempre fue diestra. Desde tiempos inmemoriales los guerreros llevaban la espada o la daga del lado izquierdo. De esta forma era más cómodo, más fácil y más rápido empuñarla. Tanto los griegos de Alejandro como los mongoles de Gengis Kan montaban sus caballos por la izquierda. Si intentaran hacerlo por la derecha, cosa imposible, no solo podrían herir el caballo sino que incurrían en el pequeño riesgo de auto amputarse las bolas.

Hasta ahí todo explicado. Lo que no me explicaba yo todavía por ese entonces (porque tenía ocho años y jugaba caimaneras con balón de goma), lo que no terminaba de encajarme del todo era la razón por la cual debía usar el piripicho del lado izquierdo.¿Acaso debía estar listo para empuñarlo rápidamente? No, eso no podía ser. Seguro que era otra de esas estupideces de viejo que le ocurrían todo el tiempo a mi abuelo. Yo lo usaba como me diera la gana. A la izquierda, a la derecha, al centro, arriba y abajo y héme aquí eccehomo, como se estaba viendo, no pasaba nada. Y fui creciendo (en todo los sentidos, claro), me fui desarrollando pues, y ya no jugaba más caimaneras con baloncito de goma en el estacionamiento del Parque del Este. Empecé a entrenar con balón profesional en los campos del San Ignacio de Loyola. Donde ahora está el Centro Comercial, en ese terreno, estaban los campos de fútbol del Colegio San Ignacio. Tenía como catorce o quince y el campo se me hacía de una extensión insoportablemente enorme, y la pelota era una vaina insoportablemente pesada, y a todos nos parecía insoportablemente exigente el fútbol de verdad verdad pero nadie decía nada, nadie se cortaba. Pasados los quince minutos iniciales todos queríamos ir a la portería, no porque tuviéramos una particular vocación de guardameta, sino porque el primer cuarto de hora era suficiente para dejarnos de rastros, botando los bofes, mamados. Estaba en una de esas, jugando a la portería, y me cae el balón en las manos. Me lo afinco contra el pecho, pues, me doy mi tiempo y mi bomba, y después le digo con el brazo a todo el mundo que se vayan adelante. Tuti li mundachi palante, al ataque, que voy a dar un patadón de portero profesional, era lo que estaba diciendo yo con el brazo. El patadón del portero es un espectáculo por sí mismo. Ver el balón sobrevolando un estadio en trayectoria balística perfecta, como la bala de un cañón, pues, es una escena de una belleza indescriptible, como se sabe. Los más incrédulos se quedaron más acá de la línea del medio campo, pero yo insistía, alante, palante todo el mundo, pues, ya me van a ver. Tiro el balón al aire, calculo el momento post rebote con aquella precisión nanocronométrica y le pego el patadón de mi vida con todas las fuerzas de mi alma. Caí pal lado, desmayado. Me llevaron para la enfermería. Carmencita me preguntaba qué te pasó. Ella era monjita pero encaletada, de esas que visten de civil. Era telefonista, secretaria, consejera vocacional, monaguilla los martes y jueves, y atendía el dispensario. Qué te pasó, me preguntaba ella. Bueno, que llevaba el machete por la derecha y el patadón de vaina que me lo arrancó, con bolas y todo. Tenía ganas de decirle yo, confesarme, aunque no le dije nada. Pero desde ahí he seguido la máxima sabia de mi abuelo y lo cargo siempre por la izquierda. Pronto, listo y alerta para cualquier eventualidad, como un arma de guerra. Creo que se me ha pandeado un poco, tipo cimitarra, pero bueno.

Por supuesto que nunca he preguntado a ningún hombre de qué lado lo usa. Pero estoy segurísimo de que, por una u otra razón, arribaron a la misma conclusión que yo, y lo usan del lado izquierdo. Así que aquí les va un dato a las lectoras que visitan mi blog para averiguar cómo piensan los hombres. Ya se saben la regla, por supuesto, pero vamos a repasarla brevemente. Si es interesante: o es casado o es marico (de otra forma no estaría disponible, claro). Eso lo sabe cualquier colegiala, japonesa o normal. Saber si es casado no es difícil. Si todavía tienes dudas y no lo sabes es porque no has querido averiguarlo, y en ese caso la cosa es grave, porque estás enamorada o en peligro de. Alerta grado 5, pandemia inminente, luces naranjas. Ya saber si es marico o no es un poco más difícil en los tiempos que corren. La masculinidad escasea tanto que ya es casi un asunto de grado, tú me entiendes. Pero te voy a dar el dato crucial, el tip de tu vida. Échale una ojeadita al pájaro, mija, sin pena. Si lo usa a la derecha es marico. Punto, no hay más nada que ver. Olvídate. Busca “amistad”... ¡Un hombre no busca amistad nunca por dios, hijas, neveres de los jamases, hasta cuándo se mojonearán con esas patrañas! A menos que no haya jugado de portero en toda su vida, cosa extremamente improbable. Si lo usa a la izquierda puede que sí o puede que no. Depende. Puede que sea beisbolero, por ejemplo. Ahí les dejo eso, pues, para que piensen y tomen sus medidas pertinentes. Siempre a la orden.

La foto, publicada hoy en Facebook, es de Domenico de Vicentis, un amigo venezolano que conocí por este blog y que vive en Auckland, NZ. El segundo venezolano que encuentro por estos lados. Descubrimos que tenemos amigos comunes! En los últimos días Domenico ha estado sacando fotos a la gente allá en Auckland, idea tan sencilla como fascinante. Un abrazo para ti, Domenico. Espero que no te moleste ver tu foto publicada por aquí.