viernes, 15 de mayo de 2009

La Increíble Dieta de la Banana (completa)



Para José Luis Fernández-Shaw






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Yo sabía perfectamente lo que quería pero me faltaba todavía ajustar un montón de detalles. La idea empezaba por buscarme algo entre Soho y South Hampton. Conseguí una maravilla módica en Russel Square, un vetusto y venerable hotel cuyo pub había sido frecuentado por Virginia Wolf y compañía. El tipo de pormenor que convierten un palomar maloliente en un vetusto y venerable hotel. La reserva del hotel aseguraba parte de la logística del asunto, pero era lo de menos. También ya sabía dónde me iría a almorzar, todos los días. Al Quo Vadis, por supuesto. Lo más difícil era lo relacionado con la biblioteca y las bibliotecarias. Todavía no tenía todos los detalles perfectamente claros pero ya me las apañaría.

En 1858, el mismo año en que J.S. Mill partió en compañía de su querida Harriet hacia el sur de Francia (ella moriría a mitad del viaje), Karl Marx, viviendo por ese entonces también en Londres, escribió una reseña biográfica sobre Simón Bolívar, muerto unos treinta años antes. El artículo le había sido solicitado por un editor de Estados Unidos quien le recomendó que utilizara un tono neutro y descriptivo ya que el texto sería incorporado a una publicación de carácter enciclopédico. Para Marx, que estaba concluyendo el pequeño borrador de ochocientas páginas de lo que más tarde sería El Capital, aquello era un paréntesis para matar un tigre y embolsillarse una calderilla. Los realitos, así fueran sencillo, eran muy bienvenidos en esa familia que vivía en la pobreza extrema. Karl y su esposa Jenny, a quien adoraba, habitaban un miserable apartamento de dos piezas, en Soho Square, no muy lejos del Museo Británico, a cuya biblioteca Marx se encaminaba cabizbajo todos los días, hiciera sol o lloviera. Hasta no hace muchos años todavía se podía ver, entrando al Reading Room, a mano derecha, el calamitoso pupitre que le martirizó la vida. El hombre, además de padecer de hemorroides, era frecuente víctima de unas erupciones cutáneas que le atacaban por lo bajo. Se las vio negras en esa biblioteca. Hoy la mesita de Marx ya no está. La quitaron para poner ordenadores y para hacer espacio a la avalancha de turistas que, como yo, asoman la cabecita a la puerta del Reading Room.

Los Marx tuvieron seis hijos. Tres murieron en ese apartamento, localizado en el primer piso del 26-29 de Dean Street. Para cuando escribió aquel artículo que tituló “Bolívar y Ponte”, Marx ya llevaba en Londres casi diez años y mal se imaginaba que “la larga e insomne noche del exilio”, como escribió por ese entonces, apenas estaba comenzando. Terminó por morir en Londres casi unos treinta años después. Por allá quedó enterrado bajo un túmulo en el que, según Bolaño, nadie coloca flores.

En 1930, un italiano del tipo gesticulante y emprendedor llamado Pepino Leoni se compró el 26-29 de Dean Street y empezó a tumbar las paredes del interior para buscarle acomodo a su flamante restaurante. Lo llamaría Quo Vadis, como la novela por entonces de moda. Sobrevivió el nombre de la novela, y la película, pero ya nadie se acuerda de quien la escribió. Detrás de una pared del primer piso de aquella casa del Soho, los obreros se encontraron unos legajos voluminosos de papel amarillento mal atados con pabilo viejo. Los obreros llamaron al maestro, el maestro llamó a Pepino y el italiano se llamó a un amigo paisano que daba clases en Oxford. La noticia pronto empezó a circular por la ciudad y no tardó en llegarle a los oídos del embajador de las repúblicas soviéticas, quien de inmediato se apersonó en el local de las obras preguntando por un tal Pepino. El diplomático, fingiendo desinterés, pidió para mirar los papeles. Hoy, mañana, después, cuando usted pueda, no hay prisa. Esa misma noche, con los ojos puyudos, el ruso se llevó las manos al pecho y solo le pidió a Dios no morir de infarto antes de poder darle la noticia al camarada Stalin. Como se lo estoy diciendo, jefe, el original del Capital, más de mil cartas, las actas de la Segunda Internacional, recibos, partidas de nacimiento, daguerrotipos con chiquillas del can can, y no me va a creer: ¡el manuscrito del Manifiesto! (embadurnado con la mantequilla que comió el mismísimo filósofo, es cierto). ¡Qué hallazgo, qué cosa! Hasta me parece mentira, camarada. Mejor que no lo sea, mi pequeño Dimiusko, que no lo sea, debe de haberle respondido el jefe. Ahí te mando a Bujarin que es el entendido de la partida. Échamele un ojito, ¿sí?

No se sabe cuánto le pidió el italiano a los rusos por aquellos papeles que hoy se encuentran en la Biblioteca Marx y Engels de la ciudad de San Petersburgo. Lo que se sabe, que nos consta, es que el italiano, además de gourmet, era hombre de gustos artísticos refinados. Cuando se acabó de construir su Quo Vadis, lo decoró con un pocote de Giacometis y Modiglianis. Todos los que encontró a la venta, que no serían muchos. Se ganó mil veces más con la valorización de los cuadros y esculturas que con los raviolis vendidos a lo largo de cincuenta años. Hoy, después de varias remodelaciones en las cuales se han incorporado obras de Wharol y Damien, la casa dónde un filósofo indigente especulaba sobre las teorías del valor es un local sofisticado y exclusivo donde se pagan más de cien libras por una botella de Bordeaux.

Entre los papeles que el camarada Bujarin se llevó personalmente a Stalingrado, constaban tres documentos que hicieron correr borbotones locos de dialéctica entre la izquierda venezolana de los años sesenta. El primero y más importante era el artículo de Marx sobre Bolívar. Aunque fue redescubierto en febrero de 1934 por un materialista argentino llamado Aníbal Ponce, no obtuvo plena difusión sino hasta la década de los sesenta, después de que en 1959 se publicara la segunda edición en lengua castellana de las Obras Completas de Marx y Engles. En este artículo, con el desparpajo vehemente del que solo son capaces los santos y los comunistas, Marx descuartiza a Bolívar. Lo tilda de traidor, cobarde, megalómano. “General de las retiradas” es una de las expresiones que utiliza. Marx presenta a un Bolívar mezquino, corrompido por la gloria efímera del poder, frívolo, inebriado por el baile y la pompa. Las famosas contradicciones de Bolívar son resueltas en una síntesis simples. Es un hombre sin un proyecto político definido más allá de la ambición personal. Una ambición baladí a la que sacrificó sus amigos y colaboradores, sus tropas, su herencia y su familia, el sueño de la independencia y el destino de la Gran Colombia.

El segundo documento que Aníbal Ponce descubrió en el Instituto Marx y Engels de Stalingrado, fue la carta dirigida a Marx por M. Daña, el editor de Nueva York que le había encomendado el artículo sobre Bolívar. Mi caro amigo y colaborador, empezaba diciéndole Daña a Marx, con característica cortesía finisecular. ¿Qué coño le pasa, mi ilustre? Si le sugiero a su merced un artículo sobre Bolívar para una enciclopedia es porque me parece que Bolívar es enciclopediable o como se dice, digno de inclusión, ¿no le parece? Es verdad que no le pedí una apología, un encomio o qué coño, pero tampoco esta mierda de diatriba ponzoñosa que ya encontrará mi amigo quien se la pague y se la publique. Domine el mal genio hágame el favor que yo no soy su amiguito Frederico. La próxima vez que me mande una rabieta de éstas me limpio el culo con ella y le retengo los pagos pendientes, ¿entendido? ¿Usted conoció a Bolívar o qué? ¿De dónde se sacó ésta vaina? Reciba los efusivos saludos que le otorgan mi incondicional respeto y estima. Etecetera. Tchau.

Nadie le hablaba así a Karl Marx. Por pelusas más pequeñas se había tirado a las autoridades alemanas y francesas y por eso vivía ahora medio encaletado en Inglaterra. Al Daña éste me lo zampo, pensó el ideólogo. Por otra parte estaba aquello de los pagos retenidos. Era verdad. Los americanos no tenían sentido del honor, eran capaces de cualquier cosa. Durante dos semanas Marx le sumó a la noche negra del exilio los zumos agrios de la vendetta. Por fin se desahogó con Engles, en una carta que Aníbal Ponte también desenterró de las mazmorras rusas. No sabes lo que me dijo aquel gringo desgraciado, mi buen Frederico, decía Marx. El hijo de puta puso en entredicho mi honestidad intelectual ¿puedes creerlo? Inaudito. Yo que he sacrificado mi vida y la de mi familia en el altar de la integridad intelectual y me sale una sanguijuela de ésta calaña a llamarme deshonesto. Yo no me la tiro de dandy. Me desuño de la mañana a la noche investigando en aquella biblioteca, literalmente me reviento el culo trabajando, como tú bien sabes. Todo lo que dije en el artículo está perfectamente documentado y lo reitero. El Bolívar ése era un pobre desgraciado con delirios de grandeza, un Napoleón de pacotilla, poco menos que uno de esos caciques Haitianos que se disfrazan de reyes franceses. Un ridículo. Creedme, me leí todo lo que había y solo ésta podría ser la conclusión. Un figurante. Un desequilibrado.

Ésta carta de Marx a Engles fue el tercer documento que Aníbal Ponce desenterró de Leningrado. La izquierda venezolana, que creció al abrigo de un culto sagrado y centenario a la figura de Bolívar, nunca pudo digerir a cabalidad éste episodio. Después de interminables discusiones terminó por dirimirse la contradicción aduciendo que Marx no dispuso de las fuentes adecuadas. Y por ahí quedó la cosa. Es por esta razón que la revolución chavista es bolivariana pero jamás fue ni será marxista.

Mi misión en Londres era sencilla. Yo ya sabía que los libros utilizados por Marx todavía estaban en la Biblioteca. Lo más probable es que fueran ejemplares únicos. El plan era sencillo. En primer lugar me robaría los dos o tres libros de la biblioteca. Y en segundo lugar, algún día, escribiría algo sobre las fuentes de Marx en su retrato de Bolívar. Algo, ya se me ocurriría, lo que me diera la gana, porque a fin de cuentas las fuentes bibliográficas se habrían perdido para todo el siempre.








-2-

“Histoire de Bolivar” de Ducoudray Holstein, 1831, fue la principal fuente utilizada por Marx para su controvertida biografía. El libro permaneció ignorado durante muchos años porque, por alguna razón que desconozco, siempre se reseñó como Ducudray-Holstein, lo que contiene un par de errores de grafía. En el site de la Biblioteca Británica la obra continúa catalogada bajo la cuota HMNTS 615.i.21 aunque se trata en realidad de la “Increíble Dieta de la Banana”. La segunda gran fuente utilizada por Marx fue la “Memoir of General John Millar”, de 1813, cuota HMNV 12.t.41 de la misma biblioteca. Según pude verificar ninguno de los dos libros consta de los catálogos de la Biblioteca Nacional de Paris o de la Biblioteca del Congreso, y hasta dónde sé, son ejemplares únicos. Ambos los poseo yo. En el momento en que escribo estas líneas los tengo frente a mí, en mi casa de Nueva Zelanda, en un pequeño anaquel que corre por encima de mi ordenador.

Cuando llegué a Londres tenía claro que me quería apropiar de los libros aunque no sabía todavía muy bien cómo. Robármelos pues. En las semanas anteriores le había escrito a los servicios bibliotecarios, identificándome como investigador serio y pidiendo que por favor me localizaran los libros. Me respondió una bibliotecaria súper profesional, algunos días después, informándome que efectivamente los había encontrado y que ya estaban en la sala, reservados a mi nombre y esperándome. Por un momento alimenté la vana esperanza de que la sala fuera la legendaria Reading Room, pero no. Los libros me esperaban en las instalaciones de St. Pancras, un depósito sin charme dónde llega un intelectual con ganas y en menos de una hora termina sintiéndose un marginal fracasado, una pobre rata.

Hubiera podido llegar, identificarme y pedir los libros, pero no lo hice. En vez de solicitar los libros como haría todo el mundo, pregunté por Mrs. Dianna Beaves, la bibliotecaria con la que había intercambiado los emails y que tan amable y diligentemente había atendido mis solicitudes. A lo mejor le quería agradecer. O tenía curiosidad de conocerla. O quería tirármelas de algo, de investigador, lo más probable, no me acuerdo. No está aquí, me dijo el pelirrojo que me atendió. La Biblioteca está desperdigada a lo largo y ancho de la ciudad en más de treinta sitios distintos, se apresuró a informarme el joven. Los servicios de apoyo bibliotecológico están en no sé dónde, en el quinto coño, me dijo. Es que vengo por unos libros que deben de tenerlos apartados a mi nombre. ¿A nombre de quién?, me pregunta el joven. No acabo de proferir mi nombre y él ya se está metiendo la mano por dentro del mostrador y me extiende los dos tomos. Estos ingleses.

Me pasé más o menos una hora jorungando los libros, manoseándolos. Ni siquiera me detuve en los índices, no leí nada. Hojeaba aquí y allá, al azar, sin poder dejar de pensar que aquellos objetos habían estado en las manos de Karl Marx, te lo imaginas. Uno se siente medio raro, como perteneciente a una tradición o algo, por más subterránea o soterrada o como se dice, la saga de la calumnia, la usanza ancestral de la difamación, la costumbre del vituperio, la vaina pues. Les buscaba vestigios mínimos a aquellas páginas polvorientas, cantos doblados, pedacitos de papel perdidos, frases subrayadas, puntos de interrogación en los márgenes, cagadas de mosca decimonónica, cualquier cosa. Marx tenía fama de maltratar a los libros y acostumbraba decir que eran sus esclavos. Eso lo había leído en alguna parte. Aunque aquellos libros no eran propiamente suyos, claro. Mientras les daba vueltas pensaba que a partir de aquellos textos Marx había escrito un ensayo que determinaría el que una revolución populista latinoamericana, negándose la filiación neo marxista, quedara ideológicamente acéfala y por lo tanto relegada a las volubilidades mesiánicas de un hombre. Pensaba que sí y que no, en muchas cosas a un tiempo, sobretodo pensaba en el modo más expedito de robármelos y desaparecerme para el coño. Nadie vigilaba, nadie miraba. No sería difícil metérmelos por dentro de los pantalones, ocultarlos debajo del saco. Pero me contuve, debía atenerme al plan.

Desplegué mi cuaderno de notas de par en par, le coloqué encima cada uno de los libros y, con el lápiz afilado, como si se tratara de un exacto, calqué sus medidas encima del papel desplegado de mi cuaderno. Cerré todo, agarré los peroles y me levanté. Antes de salir le entregué los dos libros al pelirrojo. Guárdemelos por aquí cerca porque vuelvo mañana, le dije. Buen apetito le hubiera dicho también si no supiera que lo iba a malgastar en guisantes y papas fritas. Tchau chispeado. Eso le dicen en mi tierra a los bachacos como tu, pensé. ¿Cómo se dice esto en inglés?

Ese mismo día, almorcé rapidito en el primer piso del Quo Vadis, y me metí a Foyles, uno coma cuatro millones de ejemplares: ¡la mayor librería del mundo! Dicen. Yo necesitaba número, variedad. Abrí mi cuaderno con los rectángulos calcados de la mañana y empecé a probar cada uno de los libros de aquella sección apartada del quinto piso. Era la sección del Fitness, por casualidad. Al cabo de una hora había conseguido lo que buscaba. Dos libros con las dimensiones exactas al milímetro. Los compré y me busqué una de esas tiendas que hacen trabajos rápidos de fotocopias, diagramaciones, invitaciones, carteles, menús, códices mayas, de todo. Les pedí que me hicieran dos nuevas carátulas para aquellos libros. Pero que me guardaran las capas viejas. A la señora no le pareció extraño mi requerimiento. Normal. En este tipo de establecimientos, con las computadores que tienen, hacen de todo, ya se sabe. Y en Londres hay tanto loco que ya nada les parece raro. Al primer libro, llamado la “Amazing Banana Diet”, me le ponen una media piel que diga “Histoire de Bolivar”. Y al “Zen Macrobiótico” póngamele “Memoir of General Millar”, con papel no sé si tiene algo así tipo papiro, ese sirve perfecto, gracias. Una cosita más, dije. Después que le coloquen las capas nuevas los vuelven a cubrir con las carátulas viejas, pero le echan muy poquita cola, ¿me entiende? Yo sabía que esta parte la iba a confundir un poco, pero se lo volví a explicar con mucha paciencia hasta que me entendió. Con muy poquito pegamento, insistí yo, apenas dos gotitas ¿entiende? Sí, entendió. A la mañana siguiente, antes de volver a la biblioteca, pasé a recoger mis dos libros por la tienda y me fui para St. Pancras otra vez.

El pelirrojo del día anterior se acordaba de mí. ¿Viene por los mismos libros? Le dije que sí, muy amable. Mire, voy a pasar con estos otros dos libros que me traje de la calle. Se los enseñé de lejos. Estoy a dieta, expliqué, frotándome la panza. Él sonrió.

Me senté en el rincón más apartado y menos iluminado de la sala. Tenía los libros dietéticos abiertos como si los estuviera leyendo pero, por detrás, con la uña, intentaba despegarles la primera carátula, la que, se suponía, estaba apenas levemente adherida. Yo le había dicho varias veces a la señora de la tienda, dicho y repetido, “échemele poquita cola”. Pero los imbéciles, como siempre, esmerados, competentísimos, le echaron un frasco completo. Ni modo. Me pasé la mañana completa echándole salivita a la mierda de los libros para poder despegarme las carátulas. Me desuñé, literalmente. Pero por fin pude despegarlas y colocarlas encima de los originales. De tan manoseadas, aquellas cubiertas ya estaban medio destruidas. Presentaban unas hilachas pegajosas que parecía como si Marx, al estornudar, las hubiera chorreado con moco. Esperé todavía un par de minutos. Cuando me disponía a levantarme y salir, me tocaron en el hombro. No fue un toque cualquiera. La mano se posó sobre mí con modales delicados pero firmes, cómo diciendo “Pajarito, siéntate ahí”.

--Mi nombre es Dianna Beaver.
--Me suena sí, la conozco, ¿verdad?
--Nos comunicamos por email, ¿no se acuerda?
--Claro, por supuesto, qué coincidencia.
--No es tanta casualidad. Sucede que Mike, aquel pelirrojo que lo atendió-- apuntó el joven--, me informó que usted ayer preguntó por mí.
¡Coño!
--Apoyo bibliotecológico—agregó, señalándose la plaquita en la solapa del saco.
--Ah por supuesto. Quería saludarla… digo, agradecerle.

Nos quedamos un rato en silencio. Lentes de Batman, faldón plisado, pelo recogido. Mujer bibliotecaria estándar número cinco, quintil superior de la curva. Ella miró con curiosidad los libros que estaban sobre la mesa, e insinuó tocarlos pero se contuvo, con expresión de asco.

--¿Consiguió lo que quería?
--Oh sí, un millón de gracias-- le respondí de lo más coqueto, extendiéndole la mano con la palma hacia arriba y haciendo ademán de levantarme. La mano volteada es un detallazo de galantería latinoamericana que no le pasa inadvertido al número cinco. La insinuación de que le vas a besar la mano sencillamente desarma, por lo imprevisto, es infalible. Se me quedó mirando a los ojos sin extenderme su mano, mirando la mía casi con la misma repugnancia con que había contemplado los libros, y ahí mismo supe que estaba jodido. Me habían cachado en el cambalache loco de los libros, pensé. Había que pensar rápido.

Por esta mariquerita, nada más por fregarte el juicio, una mal cogida de éstas es perfectamente capaz de llamar a Scotland Yard. Y cómo andan histéricos con la vaina del Al Qaeda, ahí mismito se arma el merecumbé. De entrada creerán que Venezuela queda en el Medio Oriente, como siempre, cerquita de la Cisjordania, y mientras llaman a INTERPOL te encierran setenta y dos horas por si las moscas. Mejor atajo la vaina aquí por lo sano con la señora bibliotecaria
.
-- Diana, perdóname la confianza, te lo voy a explicar todo-- empecé yo, volviendo a sentarme lentamente. Yo soy venezolano aunque no se me note, y en Venezuela, no sé si sabes, hay un tal Chávez que se cree la reencarnación de Simón Bolívar. ¿Simón Bolívar? ¿Aló? ¿Suena campana? Todo esto en inglés, claro. Bien. Y Chávez es el señor ése que se cree cosas, héroe, libertador, comandante, redentor por amor y esas vainas. El de las revoluciones de los pobres, boina, jeta prominente. Ése mismo, le dije, como si estuviéramos jugando a nombres de flores y ciudades empezadas por p stop.

Sucede que al Chávez éste lo conocí yo hace muchos años. Yo era poco más que un mocoso, y él un chaval recién salido de la Academia Militar. Nuestras vidas se cruzaron por una de esas casualidades. Yo nací en Barquisimeto, se escribe así, mira, ahora no, pero otro día intentas deletrearlo, gracias. Y él, por ese entonces, creo que vivía por allí también, o había sentado plaza en la ciudad, así dicen en gorilés. Ambos frecuentábamos… ¿Cómo explicarlo? Era un establecimiento, no era un burdel, no quise decir eso, un abastos. Como un Tesco pequeñito, bueno, más o menos, continuemos. Aunque en realidad frecuentábamos la misma señora, no sé si me captas. La señora era la regenta del abastos, ¿me sigues? Gerenta no, regenta, como la novela. Nada, no importa. Total, nos conocimos. No tiene nada de raro el que haya conocido a Chávez. He conocido a miles de personas en mi vida, como tú, digo, de la misma forma que tú has conocido a miles de personas en la tuya. A éste lo conocí porque ambos nos tirábamos a la misma coña. Sucede y no te das cuenta. Generalmente. Pero bueno, es una historia larga. En conclusión, dos puntos, lo conocí, de bastante cerca, y resulta que era un desgraciado sin escrúpulos, un arribista ambicioso con unas ganas locas de protagonismo, en lo que fuera, figuración. Por culpa de ése cabrón terminé huyendo para Estados Unidos, lo que no me resultó mal en términos de proyecto de vida, pero no fue opción mía, no fue lo que yo escogí.

Te preguntarás que tiene esto que ver con los libros ¿verdad? Ella balanceó la cabeza y achicó los ojos buscándose la conexión al asunto, intentando entender. Verás. El Chávez éste se cree Simón Bolívar. De verdad. Si te cuento las vainas que hace en privado no me lo vas a creer. El poder le pegó duro y el tipo sencillamente no se mantuvo firme, flaqueó. Aunque no deja de ser verdad que se parezca a Bolívar porque el Simoncito fue otro gran hijo de puta sin el menor sentido del deber, de la honradez, de la moral. Un coño e madre que se creía Napoleón y asoló media América sembrando la miseria y el sufrimiento como monte. Me sigues ¿no?

La Diana estaba completamente inmovilizada ante la pequeñez moral del asunto o la grandiosidad iconoclasta de la vaina. No se sabía. Pero me miraba fijamente, con enorme expectativa.

Ahora bien. ¿Quién afirma todo esto? ¿Soy yo? Por supuesto que no. Esa es la imagen de Bolívar que nos legaron varios testigos que lo conocieron de primera mano, sobretodo americanos y europeos que mantenían una cierta distancia y objetividad ante los hechos. Fueron muchos esos testigos, pero de entre ellos descollan estos dos señores. Cuando digo “estos dos señores” poso mi mano sobre los libros que reposan sobre la mesa, tipo juramento satánico sobre escrituras apócrifas. Ploct, dejo caer la mano sobre los libros. Y espero un poquito para ver el efecto. Nada.

Fundamentado en estos dos señores Karl Marx escribió una biografía de Bolívar en la que desnudó el verdadero carácter del Libertador. Ahora dime tú. ¿No te parece raro que la revolución no sea socialista, marxista, leninista, trotskista, ista una mierda cualquiera? ¿Porqué no? Porque nuestro Bolívar barra Chávez nunca le perdonó la traición de Marx. Es una revolución ideológicamente hueca, huérfana. ¿No te das cuenta?

Me levanté, saludé a Mike de lejos, y le expliqué por señas que Diana se había dormido y que ahí, sobre la mesa, quedaban los libros. Los falsos, claro. Adiós amigo, me dijo de lejos al tiempo que miraba enternecidamente a Diana. Por la forma cómo me lo dijo, no sé por qué, llegué a la conclusión de que le gustaba. Me pegó la certeza de que dormían juntos y de que se querían. Uno llega a estas conclusiones de esta manera. Y me sentí un sudaca de mierda robándome sus libros.

5 comentarios:

Alejandro Ramírez dijo...

Quedé con la curiosidad de leer el cuento y volví. Es larguísimo para una versión blog, pero excelente. Y un cuento excelente puede tener la dimensión que sea y uno lo termina leyendo.

La narración en muy ágil y divertida. Incluso en la parte histórica lo hace muy bien. Los diálogos, con las imprecaciones incluidas, son muy entretenidos y le dan forma al cuento.

En fin, excelente. Muy, pero muy bueno. Felicitaciones de un humilde lector (que debe saber a poco, pero bueno).

Un saludo.

El Quinto Gato (aunque parece que ya son más).

Jaime Senra dijo...

Gracias, Alejandro. Es verdad; hay que tener paciencia para leer algo tan largo en un blog. Que lo hayas leído y que te haya gustado me parece increíble. Un millón de gracias (gato). Saludos del polo sur
Jaime

Dali-a Color Naranja dijo...

Buenas: Lo leí todito entero. Me gusto, su forma de decir las cosas, llamando a todo por su nombre.
Me imagino las caras de las personas que entraron a su blog buscando la dieta de la banana. Menuda sorpresa.
Felicitaciones por tan buena historia.

LuKiA dijo...

Me gustó mucho,de principio a fin.
Seguiré visitando tu blog.

Un abrazo mexicano -fuerte y sincero-.

Carlos Hernández dijo...

Te pasaste, macho ! Es un excelente cuento, sólo espero que sea real, por que el plan que urdiste es sencillamente infalible. Yo hubiese resacado las hojas de un grueso tomo de la Enciclopedia Británica, hasta que tuviera las formas y dimensiones necesarias para esconder ahí los dos libros...Pero cada quién y sus técnicas !
Un saludo desde Guadalajara, la de México.

El 6° Gato.