miércoles, 25 de marzo de 2009

Hasta aquí


Lucía tiene sida. Pensé qué iba a poder vivir el resto de mi vida sin aclararlo. O por lo menos sin exponerlo mediante una afirmación tan explícita. Fue la razón por la que esperé tanto tiempo y no lo dije antes. Ocultarlo se nos ha vuelto un hábito demasiado arraigado. Nadie lo sabe. Será por eso que me está costando tanto explicarlo. Será por eso que me la paso echando broma y jugando. Y además, muy sinceramente, estoy cansado. Cansado de esconderlo, de ocultarlo, de fingir, de despistar, de huir, de ser gracioso, de todo. Solo de pensar en el tema me siento agotado y me quedo sin ganas de seguir. Para mí es difícil abordar esta cosa sin adoptar un tono sombrío, solemnemente desmoralizador. Y ridículo al mismo tiempo porque el sida hace siglos que pasó de moda. Como el fumar o ser gordo. Es demodé, está outdated. Tener sida y confesarlo pasó de desafío a auto indulgencia en dos tiempos. De anatema pasó a tragedia, y de tragedia a melodrama. Ni los guionistas de telenovelas se atreven a usarlo de ingrediente en sus pastichos. Lo que es más aún, hasta Lucía y yo dejamos de abordarlo abiertamente. Está ahí claro, todos los días, a todas horas, de la mañana a la noche, como una presencia intrusa, el huésped que no invitamos. Y te terminas acostumbrando. A vivir con la muerte, iba a decir, es difícil evitar este tipo de cosas, de expresiones, he ahí un ejemplo. Un ejemplo del kitch malgustoso en el que es tan fácil caer e intentamos a toda costa evitar. Me gustaría creer que este distanciamiento emocional es la fase terminal del asunto, pero no nos queremos engañar tampoco, ambos sabemos que no lo es. Es la penúltima etapa tal vez.

Primero fue el pánico, naturalmente. Un sentido del horror tan profundo que andas siempre con la sensación de que no tienes dominio sobre nada, incluyendo los esfínteres. Es la mirada del novillo cuándo termina de ser acorralado en el matadero y entiende. Con los ojos muy abiertos, unos ojos que ya no piden ni suplican porque están dominados por la revelación final del horror. Y como el horror no se entiende, se niega. Pánico y negación e incredulidad es la primera fase. En cualquier momento vamos a abrir los ojos de buey porque estamos soñando este sueño tan raro y tan claro pero tan inverosímil. Tan insoportable, tan horrible. Después del pánico sobreviene una especie de desolación. No es aún la aceptación sino un abandono. Esa claudicación ya no se te quitará nunca porque se te mete en el cuerpo. Las manos se te crispan un milímetro. Los brazos se te encojen un milímetro. Los párpados bajan otra fracción de milímetro y adoptan otra forma de verlo todo en la que estamos más dispuestos a aceptar quién somos, quienes son los otros, y que estamos aquí y así es la vida. Efímera y frágil. Delicada como una pompa de jabón a punto de evanecerse. Después viene la esperanza. Solamente los suicidas consumados pueden vivir sin ella, sin esperanza, sin fe. En alguna cosa, en lo que sea. Es imposible vivir sin hacer trampa, sin engaño. El desencanto está ahí, existe y lo sabes. Pero quizás no sobrevenga mañana mismo sino otro día. Llegas a la conclusión que sufrir por anticipado no te va a descontar la cuenta y lo postergas con la misma convicción que el deudor contrae un préstamo adicional para cancelar una deuda. Con una especie de fatalismo desairado, provocador, que no deja de tener su encanto... mientras dure. Y bueno. Terminas creyendo en cualquier cosa. Que el sida tiene cura, es una cuestión de tiempo. O que la medicina occidental está profundamente equivocada y hay que cuestionar el pathos de la ciencia. O crees las dos cosas simultáneamente tipo teólogo descreído que por el sí por el no juega por lo seguro y cree en Dios solo por evadir la insoportable certeza del infierno. Es lo que hacemos todos a todas horas. Trade offs, cambalaches, compromisos imposibles entre aquello en que creemos y aquello que decimos, entre aquello que queremos y lo que hicimos. En cierta medida fue por esto que me casé con Lucía.

Por muchas razones, por muchos motivos, claro, las cosas de la vida real nunca tienen una sola causa. Son tantas y tan imbricadas que para efectos prácticos es mejor asumir que no tienen causa y simplificamos mucho las cosas. La mayor parte de la gente encara el matrimonio como una demostración pública de amor. Miren, lo quiero tanto y es tan profundo y sincero mi amor que declaro solemnemente que quiero unirme a él por el resto de mi vida. No deja de ser una testimonio enternecedor, pero es eso, un acto del habla, una declaración. Tiene sentido en la medida en que es una ceremonia pública, con padrinos, y muchos invitados que conozcan la tía pobre y vean el hermano borracho. Por eso nunca entendí esos matrimonios secretos tipo Las Vegas. Son contratos no vinculativos, es decir, un pedazo de papel que no sirve para nada. Para eso, para establecer un compromiso en la intimidad existen otras formas, otros rituales de carácter mucho más personal y más interesantes. Se me ocurre un trasplante de órganos. Mutuo. Yo te doy mi corazón y tú me das el tuyo, y asumimos ambos a ciegas el riesgo de la incompatibilidad y la muerte, por ejemplo. De otra forma esta consubstanciación solo llegará por azar y con el tiempo. Con suerte, por la muerte de un hijo, otro ejemplo. Una enfermedad prolongada. La agonía. Esa será la última fase.

Lo que quiero decir, y que he le he repetido mil veces a Lucía, porque es una niña que quiere escuchar mil veces la misma historia, (y que mil veces corrobora un sentido viejo y descubre un significado nuevo en una historia fantástica que no pasa de una sucesión de absurdos); lo que quiero decir, es que no me casé con ella porque era hiv positiva. Antes de eso, antes del diagnóstico, ya lo había decidido, quería hacerlo pero no sabía cómo. Como arrancarme el hígado y dárselo. El hiv solo facilitó las cosas. Mírame chica, mírame a los ojos Lucía. Te amo. Y te acepto tal cual eres. Es lo que te pido de vuelta. Que aceptes de vuelta las vísceras de quien soy, yo y la ofrenda de mi hígado. Es difícil de explicar. Cómo dije, hablando de estas cosas tiendo a ponerme gazmoño, santurrón, saturnino, adjetivoso. Y esa es una foto que no me queda bien, no es mi estilo. Es como aquellos sombreros tipo Frank Sinatra. Me compré uno. Pero debes usarlo de lado y no muy enterrado sobre la frente. Un poco inclinado. No mucho, tampoco, tutti cuanti. Hay una forma correcta de usarlo. Pero por más vueltas que doy frente al espejo no la encuentro y no me atrevo a salir con el sombrerito a la calle. No me cuadra, eso es todo.

Perdóname Lucía.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, jaime, que te puedo decir....estamos esperando tu novela.
Fabrizio

Célia Mendes dijo...

Jaime, já sabes o que te vou dizer: que és un grande escritor! Este texto redime-te de todas aquelas páginas em que te disse que faltava emoção, entrega. Aqui, consegues que o leitor se sente a teu lado, te ponha um braço por cima dos ombros e chore contigo em silêncio. Well done!!