martes, 13 de octubre de 2009

Antonio Cova



En los 50 años de Ciencias Sociales en la UCAB


Tengo una inmensa deuda de gratitud con Antonio Cova. Él mismo se podrá sorprender de escuchar decirme esto. Aunque estará seguramente dispuesto a conceder que nunca sabemos exactamente que efecto, que recuerdo o marca dejamos en los otros.

Una vez me llamó por teléfono un amigo de mi primera adolescencia.

--Me llamo fulanito de tal, estudiamos juntos allí en tal parte, tal año. ¿Te acuerdas?--. En circunstancias normales uno dice “ah...claro...¿como estás?” Pero aquél día, por alguna razón y porque el teléfono ayuda mucho también, me salió del forro de las bolas ser menos educado y más sincero.

--No qué va, panita, no me acuerdo de ti.
--Yo soy este y aquel-- me decía él.
--¿Estás seguro que soy yo? ¿No buscas otro Jaime cualquiera?
--Nada, negativo. Tú vivías en aquella casa así y así y tu hermana se llama asado (y estaba más buena que el coño, dígase de paso, salúdala de mi parte) y te la pasabas con los mismo pantalones y la misma chaqueta todo el tiempo.
--¿Chaqueta? ¿Qué chaqueta?
--Una verde a cuadros. La tenías puesta aquella vez que le dijiste a La Pata Patológica esto y esto y ella te contestó aquello y lo otro...

La cosa se transformó de pronto en una experiencia surreal. Los nombres y los lugares coincidían, todo eso cuadraba perfecto, pero yo no me acordaba de nada. No solo no me acordaba de quién era el tipo. Pase, pues. Lo increíble es que no me acordara de aquél personaje que había sido yo, de lo que hacía o decía, o de la simples forma como me vestía. Ni siquiera me reconocía de lejos en aquello.

--Tenías aquella chaqueta verde a cuadros, ¿no te acuerdas? ¿Como no te vas a acordar si la usabas todos los días, guevón?--. Insistía particularmente en lo de la chaqueta, por que altura de la pierna me daba, la forma del cuello, cuantos cierres tenía. Para él, yo había sido el chico lenguaraz y “opinático” de la chaqueta verde, aunque yo nunca fui hablador ni me gustan particularmente las chaquetas ni el color verde. Lo que me quedó claro era que al muchacho le había gustado mi chaqueta, o por lo menos que le había llamado mucho la atención. Son esas las cosas que quedan de nosotros en los demás, nuestras importantísimas y personalísimas improntas personales que dejamos en este mundo.

Estoy seguro que Antonio no imagina cómo y cuánto me “improntó”. Yo venía de estudiar en Portugal, un paísito en dónde los profesores universitarios son tratados por “excelentísimos señores profesores doctores” y para quienes es (o era) sencillamente humillante tener una conversación de tu a tu con legos, plebeyos y estudiantes. Y, claro, bajo esta espesa capa de pompa y circunstancia, muchas veces se esconde un muy personal y humilde corazoncito de una mediocridad que te digo una cosa. Bueno. A mi me sacan de este vetusto y docto recinto y me colocan en una clase de Cova, a las siete de la mañana. Católica, año setenta y nueve ochenta, por ahí. ¿Coño?¿Qué vaina es esta? No solo no entendía lo que estaba pasando, estaba más chocado que una carmelita ante una verga rara. Así que lo vi entrando a clase, tan serio él, con su chivita adusta, me estaba esperando el tal profesor doctor que se viene a sentar a lo hierático y a engolar la voz. Cual no seria mi espanto cuando el señor empieza a pegar brincos en la ilustración histriónica de unos chistes que, o eran muy profundos, o muy infantiles, o yo no estaba entendiendo un coño de lo que estaba pasando allí. Y, claro, no me di cuenta en ese momento, porque venía con mucho blabla y salivita, pero el carajo me estaba sacando el virgo. ¡No habría de sentirme chocado, no joda! Por supuesto que no me reía, no le encontraba la gracia. Eso fue la primera vez. La segunda ya me gustó más, pero tampoco así que digamos muuucho muuuucho. Un poquito más. Y después vino la tercera y la cuarta y los sentimientos y las emociones van cambiando, como ya se sabe.

Me dio clases durante tres años y cada vez me parecían más fascinantes. La revelación me vino estilo fogonazo, a las primeras semanas de conocerlo, cuando súbitamente me apercibí que él no estaba contando chistes sino que estaba dando clases. La cosa fue a propósito de Historia de los Griegos, de Indro Montanelli. En medio de la clase soltó el nombre del libro como si se estuviera refiriendo al trabajito de ascenso de la profesora que daba clases en el salón de enfrente. Y yo fui y me compré el libro, seguramente en una banqueta del centro. Claro, me quedé enganchado, porque es un libro bellísimo. No es la gran disertación académica que te produce alergia griega para el resto de tu vida, sino precisamente lo contrario, un librito escrito con humildad y amor que te deja con ganas de aprender cirilico antiguo para leer a Homero. Por cierto, es uno de los pocos libros que he mandado a encuadernar en cuero repujado para que nadie me lo pida prestado. Bueno. Antonio mencionó el libro, pues, y siguió, literalmente, con la guachafita de sus clases. En una clase ilustraba, con ejecución en vivo y directo, la diferencia entre el pas-de-deux y el pas-de-trois o cuatro o qué sé yo. En otra, parodiaba el discurso político social-demócrata, señoras y señores, en la voz de: ¡Rómulo Bettancourt! Cada clase era una performance en función de estreno, y nosotros eramos su platea cautiva de primera fila. La tal revelación ocurrió cuando me di cuenta de que, espérate... yo creo que ya escuché esto en alguna parte... Ah, sí... ¡en el libro de Montaneli! ¡Coño, no puede ser! ¡Él carajo está dando clases de verdad verdad, con apego a programa y bibliografía! Yo era tan jojoto y tan burro que tardé una eternidad en darme cuenta.

Sí, fue una de las grandes lecciones de mi vida la que fui aprendiendo a lo largo de mi convivencia con Cova. Son varias cosas, una especie de package tamaño familiar que adquieres con regalitos oferta. Y no estoy muy seguro de poder explicarlo bien. Es la idea de que cultura y humor no solo no están en absoluto reñidas sino que casi se presuponen. La idea de que la incorporación intelectual más cabal y legítima implica un cierto distanciamiento crítico sí, pero también una gran inversión personal, sincera, si miedo ni pena, sin mucha mierda. Aprender a tutear un libro, a reírse de él, a llorar con él, es una de esas lecciones que no olvidas el resto de tu vida. Como no olvidas quién, dónde y cuándo te enseñaron a andar de bicicleta.

Y bueno, cuando me di cuenta que la cosa metía libros empezó a gustarme. Cuanto más metía más me gustaba, lo confieso. De vez en cuando, en medio de la clase, soltaba la referencia al libro que se andaba leyendo en el momento. Y yo, claro, solo para poder reírme con más gusto en sus clases, corría a buscarme el libro. Como tenía mucho más tiempo para leer que él, casi siempre lo acababa primero. Y gozaba una bola viendo por que capítulo de La Guerra del Fin del Mundo andaba él, o a qué personaje de La Habana para un Infante Difunto se estaba refiriendo. Y la cosa, así, con preparación previa, con la debida anticipación y foreplay aún daba más gusto. Literalmente lloraba. De la risa, pues.

El día que me propuso que fuera su preparador salí disparado de orgullo por las nubes. Ni me dio tiempo a escuchar que esa era la parte buena. La parte mala es que iba a tener que dar a Luckács, coño de la madre, qué huevo tan duro.

--A ti te gusta Luckács ¿verdad?
--¿Qué si me gusta? Lo adoro, ni sé cómo te digo, lo amo.

Un día me preguntó que que era lo mío, mi vaina pues ¿cual era? Me quedé un pelo perplejo porque revelaba interés personal, y era una pregunta muy seria.

--Escribir-- le dije yo, poniéndome cara de malo.
--Bueno, va siendo hora de que saques cosas.
--Está bien..tienes razón... pero tengo veinte años-- le dije, cómo diciendo que iba retrasado pero que aún pasaban trenes a aquella hora.
--A tu edad ya mucha gente tiene muchas cosas-- insistió él.

¡Qué santas bolas tenía éste! La facultad entera decía de él que era un talento perdido, que era brillante y todo eso, pero que a la hora de la chiquita se esfriaba todo porque no escribía nada. Es una pena, coño, decían todos con ese aire de pésame pungente con que se palmea la espalda de un amigo impotente. Quiere, pero no le sale, ni una línea. ¡Y éste es el mismo caramelo que me viene a decir que me ponga a trabajar! Me quedé loco, pues. Pero caí en la cuenta de que me tenía en estima, por lo demás completamente inmerecida, cosa que el futuro se encargó de demostrar con evidencia fehaciente.

Pasaron unos años y caí en Venezuela de vacaciones. Había acabado de publicar un libro y unos amigos demasiado generosos me organizaron “un bautizo” con bombos y platillos. Yo andaba deprimido de bola en esa época, para variar (creo que más por eso mis panas me organizaron la fiesta). Me enchufaron un flux, me enroscaron una corbata alrededor del cuello, me sentaron en la silla del medio de una mesa larguísima que metía cónsules y embajadores y llenaron un salón de gente que casi ni conocía. Ya no me acuerdo si fui yo quien lo invité. Me parece que no, que fue él quien se enteró. De pronto levanto la vista de la mesa por encima de toda aquella gente y veo a Antonio al fondo del salón, de pie y mirándome muy serio. No se me olvida esa imagen. Cuando terminaron los discursos vino la champaña para regar y terminar de rascar la dudosa calidad del libro, y cuándo lo busqué para saludarlo ya no estaba, se había ido.

Pasaron otra vez unos años más y volví a caer en Venezuela. Llego, me siento en el sofá y enciendo la televisión.
--Célia, corre, rápido, ven a ver esto.
--¿Qué?- pregunta ella media frustrada porque no era un despeñamiento de avión.
--Este es Cova, el profesor de que tanto te he hablado.

La escena se repitió un poco de veces porque Antonio pasó a ser un habitué de los programas de televisión, aparte de que escribía para los periódicos. ¡Y cómo escribía, mano! Será que lo tenía guardado porque ahora escribía artículos de análisis y opinión a página entera para los periódicos más reputados.

--Célia, corre chica, ven rápido.
--¿Es Cova otra vez, verdad? Ahora no puedo, estoy ocupada.
--No, no es cova, ven-- le dije yo. La pobre es portuguesa, y por ese entonces todavía no tenía el castellano muy afinado. Y fue bien hecho, no joda. Por tirárselas de incrédula muy viva se perdió el derrumbe de las torres gemelas.

8 comentarios:

LuKiA dijo...

jajajajaja
Genial.

Analia dijo...

No puedo dejar de leerte!
Saludos desde Argentina!
Otra gata más, de la mano de Leila!

Jaime Senra dijo...

Qué cosa tan bonita me has dicho Analia. Gracias.

Carmen dijo...

Hoy, gracias a Lissette leí tu blog y, aunque sería muy largo de explicar, corrieron un par de lagrimones en tu honor.

Carmen dijo...

Hoy, gracias a Lissette leí tu blog y, aunque sería muy largo de explicar, corrieron un par de lagrimones en tu honor.

Carmen dijo...

Hoy, gracias a Lissette leí tu blog y, aunque sería muy largo de explicar, corrieron un par de lagrimones en tu honor.

Jaime Senra dijo...

Hola Carmen. Aunque sea largo de explicar, te escucho: jaimesenra@hotmail.com. Un beso.

María E dijo...

Increíble la descripción de sus clases. Que buena lectura