viernes, 24 de junio de 2011

Entender a las mujeres


En estos últimos años me está sucediendo algo increíble. No puedo llamarlo un problema de salud, porque de verdad es una cosa de nada. Pero es un fastidio permanente, inexplicable, que me tiene ansioso todo el tiempo. He consultado con varios médicos, les pido opiniones, pareceres, soluciones. Pero que va, es un acertijo, un enigma. La cosa me viene sucediendo desde hace como unos cinco o seis años. Siete, ocho, pongamos, a lo máximo. Aunque antes de eso ya se me habían presentado varios indicios, o síntomas, porque no es de descartar la hipótesis de la enfermedad.

La primera historia me pasó en Sebucán. Llevaba añales viviendo en aquella casa y me la conocía de memoria. A medio de la noche me levantaba de la cama, atravesaba el comedor y la sala hasta llegar a la cocina, abría la nevera, me tomaba un vaso de agua y regresaba. A oscuras, pues, sin darme al trabajo de encender ninguna de las luces, todo de memoria. Todo hecho con la memoria del cuerpo, digamos así. Pero, sin explicación, empecé a tropezarme con las patas de los muebles. Descalzo. A veces con el meñique. Solo quien ha pasado por eso sabe a lo que me refiero. No solo comencé a encender las luces. Las dejaba encendidas la noche entera.

Otra cosa que hacía era que, al terminar de bañarme, y para no mojar el suelo, daba un salto hasta el tapete y agarraba la toalla. Un día, así, de lo más inesperado, el salto me queda corto. En vez de aterrizar en el tapete aterrizo en la cerámica, resbalo, me caigo de espaldas sobre el bidet y me parto dos costillas. No le di mucha importancia a la cosa. Accidentes son eso mismo, imprevistos que le acontecen a cualquiera, y cualquiera se parte un hueso, alguna vez. No le di mucha atención hasta que aconteció el segundo. Percance, digamos. La segunda historia.

Un sábado por la tarde empezó a llover de repente. Una de esas lluvias torrenciales que todo lo inundan en un segundo y se olvidan en el siguiente. Salgo corriendo a cerrar los ventanales, que siempre los dejábamos abiertos porque no teníamos aire acondicionado, me resbalo en el agua (todo el apartamento estaba revestido de cerámica, ese era parte del problema) me resbalo y salgo volando hacia el aire, paralelo al suelo, elevándome en la vertical y en cámara lenta, tal cual una comiquita. Era como si yo estuviera afuera viendo la escena. Paro un segundo, a un milímetro del techo, y después bajo a mil por hora en dirección al suelo. La nuca, al chocar contra el piso, hizo reverberar los cimientos del edificio. Quería hablar, quería moverme, hacer algo, decir algo, pedir auxilio, pero no podía. No podía mover un dedo. Mis hijas habían salido con sus novios, como siempre. Mi ex ex se estaba bañando y me pregunté a mí mismo si podría aguantar lúcido hasta que saliera. Me quedé inmovilizado, completamente. Pero consciente de que en mi ateísmo militante y convicto solo me quedaba pedirle a Dios que no me dejara parapléjico. Camino al hospital, en la ambulancia, ya me sentí mucho mejor y le agradecí mis súplicas paganas a Dios (agradecerle directamente a Dios es diferente).

--Creo que me están fallando los reflejos – le dije yo a los dos médicos, el de urgencia y el de consulta.

- Normal- me dijeron los dos- Todo normal. La tonicidad muscular, los reflejos… no se pierden… pero disminuyen, tú sabes…

Lo mismo me dijeron mi cuñada y Jóse, con quién almorzaba todos los jueves. Los dos son médicos. Los dos dijeron que era normal. No, no es normal cuando se tiene veinticuatro años, les intenté explicar, pero igual dejé que me pusieran el collarín aquél. Tenía tanta fibra de vidrio y tanta varilla de acero que la primera vez que intenté voltearme y fisgonear un culo, el castigo de Dios casi me esnuca. Le juré y prometí que en adelante me portaría bien. Me limité a mirar tetas, de frente, con un descaro total y una especie de infinito desdén y desinterés. Lo que, para mi sorpresa, llegó a producir, en más de una oportunidad, unos efectos muy interesantes. A los quince días me sacaron el collarín y volví a caer en mi vida de merodeador furtivo. Sin resultados interesantes. Sin resultado alguno, como siempre.

Estos fueron dos incidentes, o accidentes mayores, cosas que visiblemente me afectaron la parte más mecánica del cuerpo. Pero, casi simultáneamente, o muy poco después, empezaron a presentarse las pequeñas señales. Primero, me salió un lunar en todo el centro de la mano derecha. No bien un lunar, era una peca marrón, que empezó a oscurecerse a lo largo de los meses. Un color raro, que nunca antes había visto. Y después me salió otra peca más arriba, y una tercera, más abajo. Me puse desconfiado. Primero perplejo (¡a los veinticuatro años!), y después desconfiado.

Por la misma época, noté, por una mera casualidad, que me había salido un pelo en el lóbulo de una oreja. La derecha. Intenté arrancarlo, naturalmente. Pero por más que intentara sintonizar la visión, acercándome y alejándome del espejo del baño, no lograba enfocar para poder arrancarme el bendito pelo con las uñas. Siempre he tenido una visión perfecta, nunca usé lentes para nada. Pero, por aquello días, precisamente, mientras hacía la cola en la farmacia, me puse a jugar con el mostrador de esos lentes que llaman “de lectura”, pero que también se pudieran llamar "de presbicia” o de “endurecimiento senil de la retina (irreversible – ni consulte con su médico)”. Por supuesto que no necesitaba aquello para nada, pero me compré unos porque me divertía ver las letras tan grandes; me parecía casi cómico, como esos espejos de feria que nos hacen más flacos o más gordos. Sucede que no tenía un pelo en el lóbulo de la oreja derecha. Tenía tres. Y dos más en la izquierda. Volví a la farmacia y me compré una pinza. Y de paso, unas tijeritas con las puntas redondas para no pincharme el interior de la nariz. Sí. Porque lo inaudito era que ahora también no paraban de salirme pelos de la nariz, a una tasa de crecimiento impresionante.

Un par de años más tarde, pasé tres o cuatro días acampado en una tienda, con mis dos hijas y sus respectivos novios. De regreso a casa lo primero que hago es correr al baño para darme una ducha. Entro al baño y me miro en el espejo. Skock emocional total. La última vez que me había dejado crecer la barba o el bigote había sido añales atrás. Y era una barba negra azabache, que de tan negra era lustrosa, como la de los hidalgos presumidos que pintaba Velázquez. Sucede que ahora, mirándome esta barba de cuatro días en el espejo, no daba para saber muy bien si eran más los cañones negros que los blancos. Mientras tanto, las pecas de la mano derecha me habían pasado también para la izquierda, por una especie de contagio.

--Debe de haber alguna crema fungicida para esto – le dije a mi cuñada médica (ex cuñada). Ella se rió como si le estuviera contando un chiste.

--No, no hay crema para eso—me dijo Jóse, tajante--. Pero si quieres te puedes teñir el pelo—agregó, de lo más cínico.

La misma semana que me di cuenta que la textura de las uñas me había cambiado (se me pusieron inexplicablemente más secas y estalladizas) apareció por mi trabajo una mujer como de mi edad. Con todo puesto en su sitio y sin que le faltara nada. Le expliqué como se hacía todo en la empresa, quién era quién, de quién se debiera cuidar (de los machos, independientemente de edad, apariencia o posición), en dónde se comía mejor (aunque la tenía que llevar porque la dirección no era fácil de explicar). Toda ella un polo magnético de atracción hiper gravitacional que me tenía en órbita todo el tiempo. En la noche, después del trabajo, me la pasaba buscando restaurancitos en los callejones más escondidos. Imposibles de encontrar si no fueras debidamente acompañado. Como a los dos meses me di cuenta del color de sus ojos, del timbre de su voz, de que usaba perfume y que tenía cuatro piercings en la oreja derecha. El día que me fijé que se había cortado el pelo, supe que estaba jodido. Cuando un hombre se percata de un pormenor nimio como ese, está irremediablemente perdido. A la mesa de una de esas tabernas de mala muerte, se lo dije, se lo conté todo. Que desde el primer día que la conocí me fascinaron sus ojos, y aquella manera suya de apartarse el pelo, y esas cosas. Ella me dijo que no podía ser, claro, nunca puede ser, ya estoy acostumbrado. No puede ser.

--¿Porqué?

--Aparte de un buen par de razones que te podría nombrar, tengo veintisiete años. ¿No sé si te has dado cuenta?

-- Sí, me he dado cuenta. ¿Cuál es el problema?

-- La diferencia de edades. ¿No entiendes?

Intentó explicármelo, pero no lo entendí.

--Yo tengo veinticuatro, a ver si te fijas bien. Eres tres años mayor que yo, y a mí no me afecta. Para nada. Ni creo que se note. Es más, siempre me han gustado las mujeres un poquito mayores, no mucho. El verano del año pasado me puse un piercing parecido a los tuyos, en la ceja izquierda, para que veas. (Lo quité al día siguiente porque se me estaba infectando el ojo, nada más por eso). Me gusta Amy Winehouse y Linkin Park. Tenemos un montón de cosas en común, y muchas otras más que ni te lo imaginas. Tendrías que probar.

Se puso aquella mirada maternal de las mujeres, aquella actitud sensata e inmune a toda clase de lógicas y razones, que tienen las mujeres, y me dijo

--No tienes remedio.

Eso digo yo. No hay remedio. Es absolutamente imposible entender a las mujeres. Aparte de que son pésimas sacando cuentas.

sábado, 4 de junio de 2011

Nuestra imagem


Toda la vida he sido reacio a las fotografías. Por un lado porque siempre me he considerado más guapo que “aquello”, mucho más interesante que “aquella vaina”. Pero, por otro lado, independientemente de lo apuesto o menos apuesto, no me reconozco en una fotografía. Sencillamente, no soy aquél. Yo y él somos personas distintas. La gente me dice que no hay nada malo, que estoy bien y eso, pero yo sé, con convicción interior de santo, que no puede ser, mano, que va, yo no soy así. Por eso soy siempre el primero en ofrecerme para sacar la foto, y llevo mi cámara para todas partes: para ser el fotógrafo y evitar que a algún gracioso se le ocurra decir “ponte ahí”. No siempre lo logro, y cuando por fin accedo a “ponerme allí”, acabo, permisito, en el rincón de la foto. Pero a quién le importa. Igual acaban poniendo la foto en Facebook, con tag y todo, aunque aparezca sin brazos ni piernas, asomándome para salir en la foto, sonriendo a mucho costo, y sobre todo, coño, con mitad de la cara cortada. Cuando veo una mierda de una cámara alzada (y hoy, entre cámaras y celulares, puedes contar varias docenas dentro de una habitación), ahí mismo me doy la vuelta, y enceto conversación con el primero que encuentre detrás. Aún así me ponen el tag, una especie de sello de amistad que se parece más a una puñalada por la espalda. Me canso de apagar taguecitos, pero siguen apareciendo, porque todos llevaron su bendita cámara para la fiesta.

Sucede que ahora reveo las fotos de no sé cuantos años atrás y me digo: “coño, me acuerdo clarito de haber sido así. Estoy tal cual. Yo era así. Flaco, elegante, en el centro del foco y mirando de frente el obturador; de frente hacia el mundo, radiante de energía y buena disposición”. Después veo a otra, de hace diez años atrás, y me digo “no está mal: algunas canitas, aquí y allí. Una muy ligera, casi imperceptible curvatura del abdomen, sí, pero nada que se note. Fíjate que interesante, no lo creía, pero no hay duda alguna: yo era así”.

La semana pasada, estaba en una terraza de café con unos amigos, y me dice José Antonio, mirando por encima de mi hombro:

- Ahí viene Felibiano-. (Es verdad, se llama así).

Felibiano y yo no nos veíamos hace como unos diez años, de la época en que yo era feliz, pesaba quince quilos menos, y las canas me daban un toque de distinción elegante, que las mujeres alababan mucho (y yo disfrutaba poco).

- No le digas que soy yo- le dije a José Antonio.

Llega entonces Felibiano, saluda y eso, y José António le dice:

- Conoce a un amigo.

Nos dimos la mano y nos volvimos a sentar. La conversación estaba discurriendo de lo más normal, sobre futbol, naturalmente, hasta que yo dije una estupidez cualquiera, no me acuerdo. El hombre se quedó tieso, de una pieza, mirándome fijamente.

-¿Jaime? – preguntó. Pero no era una pregunta, era una afirmación.

No me reconoció por el rostro o por los ojos (dicen que es nuestra marca más personal); me reconoció por la voz. Y eso me ha sucedido en varias oportunidades. Aparentemente la voz, su timbre, nuestras articulaciones, titubeos o construcciones, o qué sé yo, la voz es lo que menos cambia.

Sigo detestando que me saquen fotos, o verme en ellas, aunque ahora tenga sobradas y muy válidas razones. Ahora sí es absolutamente imposible que aquél viejo obeso y encorvado sea yo. Debe ser por eso que me dediqué a grabar “podcasts” (grabaciones de voz) para el website de mi escuelita de lenguas.

Dentro de unos años, cuando tenga nietecitos y me pregunten cómo era yo, les pondré las grabaciones de mi voz y les diré “yo era sí, siempre he sido así, eternamente irreconciliado conmigo mismo, qué le vamos a hacer. Este era y soy yo.”

domingo, 29 de mayo de 2011

Sueños


Es verdad que nunca soñaba contigo. Raro ¿no? Tantos años juntos, día y noche, del cuarto a la cocina, de la cocina a la sala, cruzando el mundo de una punta a la otra, tantos años en esto, y nunca soñaba contigo. Cagábamos y meábamos juntos, para no perder una conversación, una expresión, una palabra, un segundo juntos. A veces dejabas pasar algunos años y me preguntabas ¿Ya soñaste conmigo? No, no soñaba contigo. Si el sueño es la realización de un deseo, como dicen, yo estaba hasta el tope, saciado, completo. Sería. Lo he pensado. No lo sé.

Ahora sí, fíjate que curiosa es la vida; ahora sí, sueño contigo. A veces. No es propiamente soñar contigo, porque nunca te veo. Y eso me parece más raro aún. Sueño con cosas, esas cosas extrañísimas de los sueños, y sé, no me preguntes cómo lo sé, que estás ahí.

Me gustaría verte, es verdad, después de toda esta ausencia, Mirarte a la cara, a los ojos, y verificar si cambiaste, algo, mucho, o solo un poco. Una arruguita más debajo de los ojos, un par de pestañas menos. Estoy casi seguro que lo notaría. Como también estoy casi seguro de saber por qué no te veo, o no puedo verte. No quiero ver esa expresión de tu rostro que me es ajena, que no reconozco.

La semana pasada estuve en una playa cerca de aquí. Creo que la llaman La Playa del Ahogado porque tiene un oleaje impredecible. Estaba caminando por la playa y de repente, venidas no se sabe de dónde, se formaron unas olas gigantes, unas masas de agua inconcebibles, feroces, que empezaron a meterse playa adentro. Las personas que estaban tomando sol, o abrigadas bajo los parasoles, desaparecieron, probablemente tragadas por las olas. Pero la verdad es que no le di mucha importancia. Las olas seguían creciendo, en volumen e intensidad, y alcanzaron las casas. Eran dos casas veraniegas de los años cuarenta, de la época que dejaban construir a muy pocos metros del arenal, prácticamente encima de la playa. El tipo de casas que construía mi abuelo por aquella época. Las olas se estrellaban contra aquellas paredes y los golpes sonaban como truenos. Primero se desmoronaron los tejados. Cada vez que se retiraban las olas para coger impulso, caían algunas piedras más, pedazos enteros de las paredes. Era evidente que la devastación no iba a dejar nada de pie. Ya era obvio que de aquellas casas, tipo las que construía mi abuelo, no iba a quedar nada. Pero la sensación no era angustiante. No había desazón, pavor, angustia. Solo tristeza. Pero una tristeza infinita, no me preguntes por qué. Extendí el brazo y, efectivamente, estabas ahí, a mi lado, en la cama. Te toqué el cuello y el hombro, eras tú. Y después empecé a llorar. No estaba llorando en el sueño, sino de verdad. Por supuesto que me desperté. No se puede dormir y llorar al mismo tiempo. Además, quería despertarme, y llorar de una vez la tristeza de aquellas casas devoradas por el mar.

Es así, acostumbra a ser así. Estás y no estás. Y cuándo apareces, me despierto a mitad de la noche, en medio de un fuego, un terremoto, una calamidad cualquiera. Estoy a punto de salvarte de la violencia y la devastación, y te tiendo la mano, pero me despierto. Sueño contigo y no te veo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Verdad y mentira


En estas Crónicas escribí muchas cosas. Estupideces, la mayor parte. Pero, para mi espute, no, esfute, tampoco, estupe, sí, estupefacta sorpresa (estas cosas finas no me salen con facilidad), muchos de mis lectores no lo interpretaron así. Creyeron, de buena fe, que lo que yo escribía era verdad. Y no me refiero a lectores ingenuos, sino, en muchos casos, a gente muy bien formada, de los que se agarran la barbilla para decir que no son "naives".

Una amiga escritora me mandó un email cuyo único contenido era el “asunto”. Decía “coño de tu madre”. Sucede que había llorado a moco tendido con una de estas crónicas en las que describía que mi esposa tenía sida. El correo me lo mandó cuando se enteró de que era todo mentira.

Otra amiga, qué hice a través de las crónicas, me escribió preguntando cómo era Polonia, ya que estaba pensando viajar hacia allá muy pronto. Al principio ni siquiera entendí la pregunta. ¿Polonia? No señora, número equivocado. Después caí en la cuenta de que en uno de los cuentos mencionaba haber vivido en Polonia. ¡Yo nunca he estado en Polonia; vivo en Portugal y lo más cerca que he estado de Polonia, fue Múrcia, hace un par de años! Otra vez, fue la esposa de un amigo. Se escandalizó porque yo confesé que me había robado un par de libros de la Biblioteca Británica. Anabel, créeme: era todo mentira.

En inglés le dicen supension of disbelief (se escribe así, acabo de verlo en Google), suspensión del escepticismo, pudiera ser una traducción (mala). Para que un texto literario funcione, para que al lector le guste, debe dejarse convencer, hacerle una concesión al escritor, y una de las formas más eficaces de lograrlo es aportar elementos reales, hechos conocidos, referencias comunes. Es una de las muchas razones por las cuales se recomienda escribir sobre temas que uno conozca, sob pena de describir autobuses amarillos en Londres, justicia en Venezuela; a uno lo cogen en esos pequeños pormenores.

Fact or Fiction es otra de esas cosas del inglés (no hago estas referencias por pedante sino por el sencillo hecho de haber estudiado en Oxford, y lo siento, créanme). La distinción entre lo factual y la ficción no es tan simple como pretende la ingenuidad empiricista de los gringos y afines. Muchas veces la distinción no es tan clara, las fronteras no tan delimitadas.

Ayer, en un chat del Facebook, una amiga (quién lea esto creerá que tengo muchas amigas, pónte a creer) me dijo que no le encontró la gracia a mi última crónica. No me lo dijo, pero interpreté perfectamente que le pareció sucia, chocante.

¡Era mentira, chica! ¡Yo no ando por ahí con manchas de esperma en la ropa, por dios! De paso, ni siquiera vivo en Nueva Zelanda, pregúntale a quién tu quieras. Te digo más, no me llamo Jaime Costa Senra. Nadie que me haya escuchado hablar (y que esté en su perfecto juicio) cree que haya nacido en Venezuela. Pregunta pues, averigua. Todo, de principio a fin, es embuste. Yo ni siquiera me masturbo, para que sepas. Es más: ni me gustan las mujeres. Y de paso, conviene aclarar que eso de ovejitas en Nueva Zelanda, es un mito. (Tampoco me gustan los hombres, es mejor aclararlo). Todo mentira, chica, de una punta a otra de este blog, es todo invento, embuste parejo.

sábado, 14 de mayo de 2011

Quitamanchas y bochornos


Yo nunca antes había vivido solo. Siempre había tenido una mujer a mi lado (por encima, por debajo, chiste malo). Me metí tres matrimonios en filita india, sin tiempo ni para respirar. (Nosotros somos así. Cuando digo “nosotros” me refiero a los ricos y famosos que nos casamos muchas veces, artistas, guevones, ese tipo de gente). Así que, siempre he dado ciertas cosas por establecidas. Por ejemplo: que cuando uno busca una cosa ella aparecerá en el lugar dónde debe estar. Pues no. Nunca está. Y te podrás devanar los sesos durante horas, que nunca adivinarás, quién, cómo o porqué, alguien escondió las tijeras, botó a la basura el sacacorchos, o metió el colador del espagueti dentro del closet. Siempre di por establecido, por fenómeno natural espontáneo, que, cuando un tubo de crema dental acaba, otro aparece. Nuevo, brilloso y barrigudito, paradito de cabecita erguida en su correspondiente lugar. Y lo mismo se aplica a un millón de pequeñas cosas, incluyendo, para no salir de este ejemplo, los cepillos dentales.

He visto a otras personas cepillándose. Normal. Se frotan los dientes de arriba abajo y de lado a lado, enjuagan, escupen, se secan, normal. Yo no puedo. No tengo calma ni paciencia para esas estupideces. Como me parece una pérdida de tiempo sin sentido, me cepillo tan rápida y violentamente que ya mitad del esmalte se me fue. Las durezas suaves y medias no me dan la talla, y no uso cepillos con cerda de alambre porque nos hay a la venta (y me imagino que deben hacer daño). Conclusión. Que cuándo me cepillo salta crema dental por todas partes. Siempre he tenido muchísimo cuidado de limpiar el lavamanos, porque sé que no hay nada más peligroso para un matrimonio que unos restos de crema y unos pelos de barba. Y ahora, viviendo solo, sigo limpiando por reflejo condicionado. La diferencia está en que ahora no me aparecen milagrosamente tubos de crema ni cepillos nuevos. Tengo que anotar esas cosas en una agenda que dice, entre otras cosas, “leer todos los días la agenda”, para que no me corten la luz. Bueno. Dada la violencia neandertálica con que me cepillo es normal que termine salpicándome la ropa. Pero mis diligentes exes, siempre se humedecían los dedos y diluían la pequeña mancha. Toquecito mágico, ya está. Las cosas normales que hacen las mujeres, como ajustarte el cuello del saco, o el nudo de la corbata.

No le había dado mucha importancia, pero ya me había fijado que, últimamente, me aparecían demasiadas manchas de crema dental. Destacadas, además, por el hecho de que me gusta andar de gris o azul marino. De vez en cuando pasaba frente al espejo y me las quitaba, con el procedimiento habitual de mojarse los dedos y voilá. Son esos mil detalles que uno va aprendiendo cuando empieza a vivir solo, todo cosillas triviales, como por ejemplo aprender a vivir sin sexo.

Pero siempre hay forma de darle vuelta a las cosas. Hace como un mes se me acabó la crema dental. ¡Otra vez, no joda! Cada dos días voy al supermercado, no precisamente a comprar, sino a buscar lo que se me ha olvidado en el último recate. De la bendita crema dental era imposible acordarme. Probé cepillarme con varios tipos de jabón: para el cuerpo, para la ropa, líquido, ninguno me gustaba. No sé qué coño le ponen al lavaplatos, es intragable. Lo mejor que encontré fue el Ajax Polvo. Una maravilla. Y además no salpica.

Ya llevaba varias semanas usando Ajax cuando salí con una chica. Ella me estaba esperando en un café. Nos saludamos y eso.

--Tienes una mancha en el suéter – me dijo.

--¿En dónde? No la veo.

--Cerca del cuello.

--¿Blanca?—le pregunto.

--Sí.

--Eso es crema dental. Si te mojas los dedos y los pasas por encima se quita enseguida.

Ella me miró con expresión de horror, asco, o no sé, algo grave. Y caí en la cuenta que no usaba crema dental hace más de un mes. El ridículo me enterró no sé cuantos metros bajo tierra, pero aún intenté ofrecerle mi mejor sonrisa: con mis dientes completamente erosionados por el magnífico poder limpiador y abrasivo del Ajax en polvo.

viernes, 22 de abril de 2011

El fin de Las Crónicas de Nueva Zelanda


Todo tiene su principio y su fin. (Es comenzando con frases como ésta que los artículos ganan Pulitzers y esas cosas). Y las Crónicas de Nueva Zelanda llegaron a su fin. En verdad terminaron hace tiempo pero no oficializamos la clausura. Empezando por el hecho de que ya no estoy viviendo en Nueva Zelanda. Vine para Portugal pensando que me quedaría seis meses y ya llevo más de un año. Me vine en el momento cierto: por aquí, ésta mierda se la llevó el diablo, aunque el FMI ayuda en todo lo que puede (al diablo). Nueva Zelanda se me pierde cada vez más en la lontananza del recuerdo, lejos con bolas, far away que jode. Hasta mi working visa (una versión austral igual de preciosa que una green card) se me venció. Nueva Zelandia, el país, y la estancia, fue un episodio que concluyó. Quisiera concluir formalmente el blog con dos o tres entradas sobre la vida en NZ, básicamente historias personales que me parece ilustrarán el tipo de país que es, y para cerrar, creo que me voy a animar a publicar aquí un último cuento.

Las crónicas siempre mantuvieron una relación muy tangencial con NZ. Cuando lancé el blog pretendía que fueran precisamente eso, crónicas, relatos que acompañaran esa experiencia de emigración, pero muy pronto dejaron de serlo y comenzaron a incorporar artículos, cuentos, extractos de novelas, apuntes a la actualidad política internacional, mensajes cifrados de mi vida personal…en otras palabras, se convirtieron en Las ensaladas de Nueva Zelanda. Y como en toda ensalada, hay trocitos buenos y malos. Pocas veces hablé del país, y eso es lo que quisiera remediar aquí, la deuda que quiero pagar.

Casi todas las páginas web llevan sus estadísticas de visita. Adicionalmente se pueden recoger algunos datos básicos, como las direcciones IP, lo que permite saber el país y la ciudad de los visitantes. Además, si una visita llegó a través de un buscador como Google, tenemos acceso a la frase introducida en la búsqueda. Una de las crónicas que escribí fue sobre este tema. Hay gente que llega a un blog o un website porque anda completamente perdida, y termina atrapada, tipo mosca en la red, literalmente. Todavía hoy me impresiona constatar que sigue llegando gente a este blog proveniente de China, Corea o Japón. Creo que la mayor parte, son hispano hablantes, hartos de arroz y legumbres, que buscan información sobre Nueva Zelandia. De hecho, mientras el blog estuvo activo, mucha gente me escribió preguntándome “como es la vida en NZ”, por citar literalmente el asunto de uno de los emails que recibí. Y porque creo que estoy en deuda para con estos visitantes que andaban buscando la Tierra Prometida y se encontraron con un blog intelectual escrito en castellano caribeño, voy a intentar describir un poquito mis impresiones sobre el país. No sin antes hacer una aclaratoria. Mi estancia en NZ coincidió con el periodo más difícil de mi vida. Y no me refiero a dificultades materiales o de adaptación, sino porque allí comenzó un proceso extremamente doloroso que culminó con mi divorcio. Para mi existen dos NZs: la que objetivamente conocí pero no me tocó mucho; y otra, de carácter muy personal, que afectó profundamente mi vida, una NZ a la que no quisiera volver jamás. Espero no trasvasar emociones y sentimientos que confundan una con la otra.

Los neozelandeses se llaman a sí mismos kiwis, y la gente asume que se trata de una alusión a la fruta, de la cual son grandes exportadores. En realidad ellos ya se autodenominaban kiwis antes de que empezaran a cultivar la fruta en gran escala. El kiwi es un pájaro que no vuela (como existían muchos en NZ antes de la llegada del hombre , los Maoris , alrededor del año 800). NZ fue el último pedazo de tierra a ser habitado por el ser humano en el planeta). El kiwi es un pájaro nocturno, más bien feo, marrón, con un pico largo y curvado. Pero, por alguna razón que desconozco, hicieron de él el símbolo del país. En casi tres años nunca llegué a ver ninguno. Como el símbolo nacional está en peligro de extensión, lo tienen confinado en islas más protegidas que el islote de la prisión de Alcatraz. Cuando empezaron a exportar la fruta, por razones de marketing, no les pareció adecuada la alusión a China, ya que la fruta era originalmente conocida como Chinese Gooseberry. Adoptaron el nombre de Kiwifruit, y el resto del mundo la abrevió como Kiwi. Cuando un neozelandés se refiere a sí mismo como kiwi lo último que le viene a la cabeza es la fruta, y si se llega a referir a ella es siempre por extenso: kiwifruit. Curiosamente los supermercados tienen toneladas de fruta de todos tipos (NZ es un gran exportador de fruta) pero apenas unos quilitos de kiwifruit. Hago estas observaciones preliminares porque el resto de estas próximas entradas del blog se referirán básicamente a los kiwis, las personas, pues.

La belleza paisajístico es proverbial y merecidísima. Es casi imposible atravesar el interior del país sin tener que parar a cada media hora para contemplar el entorno. Los paisajes son tan variados como sobrecogedores. Montañas nevadas, fiordos, glaciares, playas extensísimas, llanos de perder de vista. Sobre todo en la isla sur, donde llueve mucho, la tierra es extremamente fértil y existe una superabundancia de ríos y lagos de una belleza deslumbrante. Como el jade es superabundante, existen ríos de un color esmeralda luminoso, casi imposible de creer. Las proverbiales ovejitas, no son un estereotipo exagerado, realmente se adueñaron completamente del territorio. Una vez, en uno de esos viajes por el interior, comenzamos a contar cuantas ovejas y vacas veíamos por cada ser humano. Y la cuenta arrojó algo así como 500 ovejas y 100 vacas por cada hombre, mujer o niño. Y aquí no hay ninguna hipérbole; la explicación es sencilla: las personas están en las ciudades. La cuenta final da algo así como diez ovejas por habitante.

Es común encontrar en esas carreteras del interior unos tablones improvisados con flores, legumbres y fruta. La primera vez paramos y esperamos a que apareciera alguien. Nadie. Esperamos un poco más. Y más. Esperamos y esperamos y nada de nada. Hasta que vimos una cajita de galletas encima de la mesa. La abrimos. Al verificar que estaba llena de billetes y monedas entendimos el sistema. Todos los productos estaban empaquetados y con su precio. El viajante tomaba lo que quería, pagaba y se daba el vuelto. Hasta dónde alcanzaba la vista no había un pueblo, una barraca, una casa, nada. Bueno, ovejitas sí. La gente sencillamente confía. En la esquina de arriba de nuestra casa, dentro de la ciudad, había una caja anaranjada. Al principio pensé que sería una caja de electricidad o algo así. Un día, caminando, paso enfrente y me fijo mejor. La caja contenía el Otago Daily News. Pero no era como una de esas cajas de periódicos que se ven mucho en NY, en las que la tapa se abre con una moneda. Esta no tenía mecanismo de moneda. El dinero estaba adentro y la tapa de vidrio solo estaba cerrada para que los periódicos no se mojaran con la lluvia. Le comenté a una señora ya mayor que me parecía increíble esta confianza que revelaban tener las personas unas en las otras. “Lo hubieras visto hace 30 años. Ahora ya casi no existe”. Me imagino que NZ debe ser uno de los últimos países que mantienen este espíritu de solidaridad comunitaria. Y por este y muchos otros pormenores, hoy día entiendo mejor el celo que colocan en sus políticas de restricción migratoria. Esta solidaridad comunitaria se inscribe en un conjunto más vasto de naturaleza ética que está en la base de la convivencia social. Voy a colocar algunos ejemplos, porque me parecen que, mejor que cualquier reflexión socio-política, revelan que es NZ.

Dunedin, la ciudad en dónde vivía, alberga una de las universidades más grande y prestigiosas de aquellos parajes, y tiene varias bibliotecas repartidas dentro y fuera del campus. La mayor parte de estas bibliotecas dispone de un aparato de auto servicio. Agarras el libro de la estantería, llegas al scanner, metes tu carnet, pasas el código de barras, y sales contento de la vida con tu libraco encajado bajo el sobaco. Lo hice centenares de veces con el carnet de mi ex, que era profesora de la venerable Universidad de Otago y tenía derecho a la tarjeta mágica. Un día estaba buscando un libro de medicina, porque uno de los personajes de mi novela tenía sida, la pobre, y me fui a la biblioteca de la Facultad de Ciencias Médicas para no ponerme a hablar demasiadas pistoladas en la novela. Primera vez que visitaba esa biblioteca. Agarro mi libro y ya voy saliendo pero no veo el scanner por ninguna parte. Busco por detrás de las columnas, de las carteleras tipo biombo, miro por encima del mostrador, pero nada. Ahí mismo se me acerca una muchacha y se percata que quiero salir con el libro que tengo en la mano. “

--No tienen scanner?”

--“No, hacemos el préstamo por aquí, por el mostrador” -- dice ella, colocándose en frente al computador. --“Deme su carnet, por favor”.

Yo no podía darle el carnet porque aparecía la foto de mi esposa y ya sabia que el carnet era intransferible y que se ponían cómicos con la cosa.

“Se me olvidó el carnet”-- dije yo.

--“Usted da clases aquí, cierto?” – me encantaba cuando asumían que era “profesor” en las universidades donde mi ex daba clases. Por eso usaba (y uso) unos lentes azules, amarillos, rojos, que me dan un aire intelectual y sirve para que no me confundan con los mesoneros del comedor (lo que me pasó una sola vez, precisamente por no llevar los lentes puestos).

--“Sí, claro. Soy profesor”—le digo yo a la muchacha, empujándome los lentes con el dedo de las palomas (mala costumbre mía).

-- “Entonces no hay problema, dígame su nombre”.

Me desarmó completamente. Ya le había dicho que daba clases. ¿Ahora que iba a hacer? ¿Decirle que no?

--“Bueno.. .esté… hace muy poco tiempo que doy clases…”.

--“Si tiene carnet tiene que estar en el sistema” dice ella.

Y se pone a buscar en el computador, con mayúsculas y minúsculas, con acentos y sin acentos, por facultad y escuela, por edad y sexo; nada más le faltaba hacerme un examen de identidad biométrica.

--“No se preocupe”-- me dice, agarrando el teléfono. --“Ahora llamo al departamento de computación y le resuelvo el problema”.

Pero en que embrollo me había metido, dios mío.

--“Mire, le agradezco mucho, pero no hace falta, no tengo urgencia con el libro. Puedo volver mañana con el carnet”.

--“De ninguna manera, no me puedo permitir que usted haga eso. En un minuto sale con su libro”.

Respiré hondo como para tomar coraje.

--“Mire, no llame a computación. Yo no tengo carnet”.

--“¿No tiene carnet? ¿Pero da clases aquí, verdad?”

--“Bueno…no”—reconocí , quitándome los lentes.

La muchacha quedó paralizada, con los ojos y la boca abierta, sin poder reaccionar, sin poder articular palabra. Me sentí una hormiga deleznable porque sabía lo que aquella expresión significaba: no era tanto una acusación de intento de apropiación indebida, de robo. Más bien me estaba gritando “Usted me mintió!”. Salí de allí prácticamente corriendo y pegándome la cabeza contra el pull o push, no sé cual de los dos porque que siempre los confundo. Durante semanas no me salió de la cabeza el grito de la muchacha de la “librería”. Mentiroso.

Yo venía acostumbrado de Venezuela, en donde para lograr algo de un servicio público tienes que meter un cuento largo como una tetralogía, una cova dramática que meta accidentes con muertos y parapléjicos. Sensibilizar el funcionario, enternecerlo a punto de milanesa, es un arte que se aprende lidiando con la administración pública. Pues, sucede que en NZ, no. Todavía es un país que vive en otro mundo, donde mentir es malo, y robar es inconcebible.

(sigue)

miércoles, 14 de julio de 2010

Estúpidos agudos, homosexuales y psicópatas




La psicología barra psiquiatría nunca ha podido aclarar muy bien ni siquiera sus conceptos fundamentales. “Psicópata”, por ejemplo, es el que comete cosas horribles, y el que comete esos crímenes abominables solo puede ser un “psicópata”. En realidad este último caso es mucho más común, en la epistemología silvestre de la psiquiatría.
Foucault apuntó un fenómeno similar en la historia del concepto de autor. El valor de muchos escritos medievales provenía de la santidad establecida de sus autores. En cambio, en las eras modernas, la “santificación” del autor se debe, en última instancia, al valor de sus obras.
La diferencia entre estas dos dicotomías, la del psicópata y la del autor, es que, en el caso del autor, Foucault afirma observar una evolución histórica, un cambio de polaridad del autor de los hechos, hacia el valor de los hechos mismos.
Cuando la psiquiatría tenía menos ambiciones de las que revela hoy, cuando no pretendía conocer el alma humana, el centro de atención también se situaba en los hechos. El que cometía el crimen abominable era encerrado y castigado de una forma horrible y brutal, sí, pero la psiquiatría no tenía la pretensión de conocer lo que le iba por dentro, y de clasificar al psicópata dentro de esquemas y categorías. Encerrar y punir al desviante es una forma arcaica y brutal de castigo, pero clasificarlo, colgarle una etiqueta de patología psiquiátrica, es una forma de condenarle el alma, un refinamiento de crueldad que va más allá del castigo.
(Este tipo de análisis es muy Foucaultiano, dígase de paso. La gran influencia de mi vida es el librito que estoy leyendo ahora, jeje).
Las etiquetas psiquiátricas, sus clasificaciones de cuadros y patologías, valen lo que valen. La muy venerable Asociación Americana de Psiquiatría, decidió en 1973 desclasificar la homosexualidad como una enfermedad mental. ¡Fue una decisión que se tomó por votos! Así que alimento la esperanza que un día se declare la ignorancia, la intolerancia y la estupidez, como una patología no solo grave como peligrosa, con derecho a hospitalización y encierro.