Todos los sanos y cuerdos se parecen. Normalillos. Cada loco, cada enfermo, lo es a su manera. Y esta es mi historia. Llámenme Ismael o cualquier cosa. Marino… sí, de cierta forma lo fui. He andado por los mares del sur, si a eso vamos. Enfermé de libros y salgo a la calle como un caballero, de camisa y corbata, a curar el mundo. Felizmente parezco normal porque, entre otras cosas, muy pocos me entienden. Trabajo en esta oficina, la número uno, le decimos, y por la noche vuelvo a mi casa, una casa tomada, aunque no sé por qué fantasmas o qué cosas. En frente queda este parquecito, al que bajo a pasear los fines de semana. Parezco una señorita que baja a pasear a su perro, jeje. Y me pierdo en los mil vericuetos de este parque. En sus mil recodos, senderos de laberintos infinitos que se bifurcan. No tengo mucho más que hacer. Ni quiero hacerlo. Me basta un libro. Soy un hombre sencillo, sin mayores atributos. Me enfrasco en mi libro y de repente levanto la vista y coño! me encuentro el Ávila, esta montaña mágica. Y si no tengo un libro lo escarbo en la memoria. Y así se me va el tiempo. Mi tiempo ganado buscando una vida imposible en un tiempo perdido. Puedo estar en cualquier parte. Mejor que estar en una tierra gastada, una tierra cansada, una tierra baldía, una tierra perdida. Puedo estar en Caracas, por ejemplo, y Caracas fue y será de por vida una fiesta. Siempre me puedo imaginar el Pico Humboldt como la cumbre nevada del Kilimanjaro. Quien quita. No me siento solo, en absoluto. Pertenezco a una hermandad de siglos y siglos. No tenemos señales raras, apretones de manos con toquecitos, un culto secreto. Nada de eso. Simplemente nos reconocemos por lo que decimos, y por lo que callamos. Cómo una mujer que calla y se hace más bella. Uds. me conocen, no me dejen mentir. Y mentiría si solo mencionara a Caracas. Debo mencionar a Lisboa. Mi vida es una historia de dos ciudades que transcurre en un apacible desasosiego. Es raro y un pelo difícil de explicar porque más que muchos lugares mi vida es como un solo castillo en un proceso de metamorfosis continua, una vaina rara. Muchas veces, ok, lo confieso, me siento una especie de escarabajo, insecto, bicho. Otras veces me manipulo la neuroquímica para hacer de mi y de mi circunstancias un yo y un mundo más feliz. Seré cándido revelando estas confesiones, pero bueno. Así es y es así. Me gustaría que la vida viniera con instrucciones, manual de empleo, aplíquese de esta manera. Infelizmente hay que descubrir sus paradisos, sus paraísos perdidos con sus flores del bien y del mal. Mala leche. La vida solo es perfecta en un libro, con un libro, por un libro. Con todas las proposiciones referentes a todos los libros que aún no hemos podido leer. Y en los cuales pretendemos encontrar, en la derivación alquímica de principios matemáticos rigurosamente calculados…tatán…: algo, la nomplusultra pendejada. Porque vivir nuestra vida apenas es una mierda, una etapa del calvario, una estación en el infierno. Debe haber algo y solo puede estar en un libro. Aunque todos los libros nos han dicho que no, que no, que no, olvídate. O no existe, o no fuiste llamado. Pero bueno. C’est la vie, mis panas. Somos sencillamente humanos, demasiado, demasiadamente humanos. Ilusos. Guevones. Quiénes somos para juzgar la vida si está para allá del bien y del mal. ¿? Nos tocará la guerra así como la paz y bueno. Palante. Sencillamente nos toca estar en el camino, en la carretera. Y avanzar siempre, para más allá del calor tórrido de los trópicos, del trópico de Cáncer y de Capricornio y no sé qué más. Qué más remas, temas y tópicos. Esto de la vida es jodido, y por eso me escapo, me escondo, me camuflo o cómo se dice, me refugio, me enquisto, me pierdo y me encuentro en un libro. Mis meditaciones se remontan a los emperadores itinerantes y a lo mejor me siento menos solo. Ni yo mismo lo sé. Me pierdo, es cierto. Y en momentos así me refiero a diálogos clásicos, a la intimidad de una conversación bien remota, a la cual asistí, sobre la inmortalidad del alma y la guevonada y me digo que está bien. Puede que no tenga a nadie que me escriba y eso está bien. Puede que me pegue el amor como el cólera, y también está bien. Si vivir es esto, el batallar este sin tregua, la guerra esta del fin del mundo e un coño, está bien. Solo quiero reconocerme. Y si no puede ser en mis vivos, que sea en los muertos de mis libros. Sé que soy y no soy cualquier verga y por eso existo. Hablo con calaveras y osamentas y vainas góticas de Batman. ¡Y me parece bien! Sé que estoy enfermo. Eso seguro. Pero hasta qué punto será normal no lo sé. Y tampoco importa. Porque se trata de textos y libros y pendejadas.
PD: Escribo para cinco o seis personas, 3 gatos vip. Una de ellas es Matilde Parra. A quién dedico este humilde “post” que me salió del alma. Cómo se trata de libros, “Matilde” me evoca a “Paseo” de José Donoso, un autor que admiro profundamnt. No me lean a mí, lean a Donoso. Buen regreso a Puebla, mi guey!
lunes, 7 de enero de 2013
sábado, 17 de noviembre de 2012
De likes y deslikes, de hombres y mujeres
Hombres
y mujeres somos diferentes, punto. Tan diferentes somos que jamás nos
entenderemos. Estamos hechos de la misma substancia, somos fundamentalmente
iguales, casi una sola vaina, entidad, pero miramos en direcciones distintas.
Como Janus, el dios con una cabeza de dos caras. De hecho, originalmente Zeus
creó a la humanidad con los dos sexos. Lo pasaron en Discovery. Pero sus
criaturas se volvieron tan poderosas que amenazaron la hegemonía del Olimpo.
Las deidades menores, opacadas, se sublevaron, y obligaron a Zeus a escindirnos
en dos mitades. Y para colmo de males, dos mitades incompletas, eternamente
añorándose la una a la otra, en un anhelo de totalidad siempre buscado y nunca cumplido. Bueno. A lo
mío. ¿Qué era? Ah, mujeres.
Las
mujeres pueden tener sexo casual. ¿Pueden? Por supuesto que sí. No a menudo,
que sea lo suyo, pero sí, sí pueden. Lo que no pueden es tener sexo casual dos
veces con el mismo hombre. “Casual” y “dos veces” no entran en la misma frase. “El
mismo hombre” menos de menos. Multitud, promiscuidad o algo. No hay forma de
que lo entiendan. Aló. Casual no necesariamente significa una sola vez. Casual
significa ocasional y más nada ¿o no? Para ellas no. En el fondo, muy en el
fondo de la raíz del hipotálamo, comparten la ancestralidad animal de la
mantis, el insecto más repulsivo y asqueroso del mundo. La mantis religiosas de
un coño religiosa (aunque se parece a una monja septuagenária horrible) es una insecta monjigata de mierda. De hecho
también le dicen santateresa. Después de copular, se voltea y zuás, de un solo
mordisco le amputa y se devora la cabeza del macho. El pobre animalito todavía
no terminó lo suyo, está exhausto y perdido de perinola, en el momento más nirvánico
del mundo, en el segundo más desprotegido y débil de su vida… zuás polvo fatal.
Moraleja de la historia: si te gusta una mujer no te la tires. Por lo menos, no
de buenas a primeras. ¿Por qué? ¿Cómo es eso? ¿Me gusta y no me la tiro? No. Sí
te la tiras enseguida, enseguida te va a botar, ¿entiendes? No, los bichos
estos no lo entienden. Porque son hombres, unos animales testosterónicos y
básicos que de nada pierden la cabeza.
Una
mujer jamás pierde la cabeza porque tiene siempre demasiadas cosas a perder. La
virginidad, la reputación, la autoestima, el orgullo propio, la propiedad del
cuerpo, la inversión darwinista en el óvulo, la vaina. Todo en la vida sexual
de las mujeres es un problema peástrico, un drama. Y si te dicen “sexo y más
nada”, mala señal, peor. Para una mujer nunca existe el más nada. Pueden
perdonarlo todo, y de hecho lo hacen. Se pasan la vida haciéndolo. Jamás olvidan nada. ¿Olvidan un compromiso,
una responsabilidad, una cita, una fecha, un cumpleaños? No, jamás. Tampoco
olvidan una flor, un poema, una cena (de qué lado se sentaron y qué comieron),
una palabra, un silencio, una coma. Una mirada, porque estabas tratando de
caerle bien a su mejor amiga. No olvidan nada.
Sobre
todo las palabras. Son arrechísimas con las palabras. Nacieron programadas con
esa vaina dentro de la cabeza. Bla bla bla, yada yada yada, eso es lo peor que
le puedes decir a una mujer. Peor que eso, solo decirles bla bla bla haciendo
la figura de la boquita del pato, con la manito alzada. Hagan la prueba, nada
más por experimentar, jajaja. Ya verán. Un volcán de una indignación tan
profunda que yada yada yada. Y después decirles que las entiendes y que su
indignación te resulta conmovedora. No joda. Que no estás siendo cínico, por
ejemplo. Verrrga. !!!
Pero eso
no es lo peor, todavía hay más. El más más peor de todos los escenarios, alerta
naranja tres, es cuándo se callan. El día que se callan es porque de verdad
verdad se acabó. Ni tu tía, tu prima, un coño. Se acabó. El día que te dicen “interesante,
pero…” ya sabes que estás jodidísimo, que te dejó de moler los sesos pero te va
a devorar la cabeza. Aunque todavía tienes un 0,0001 por ciento de chance,
porque aún eres encantador o dulce o esas cosas. El día que te sonríen y se
callan, nada. Nada es nada. La nada.
Excepto
para una mujer. Para una mujer “nada” no significa que no hay más nada que
decir, sino que no te va a decir más nada. Puedes correr y patalear. Te va a
sonreír, de aquella manera (ojalá hayas tenido tiempo de descubrir la manera) y
no te va a decir más nada. Te sonríe de aquella manera, te tice hola bien y tu,
de aquella manera, te pone un like en tu comment de aquella manera, y te cabe a
ti interpretar.
Por
supuesto que uno no lo sabe interpretar, coño, hasta cuándo, cómo lo vamos a
explicar. Me gusta significa que me gusta, no hay un botón para decir disgusto
poco más o menos. Mira, te pongo un like pero... Eso no se puede hacer.
¿Ah,
no? Mírame, pajarito vacilador. Te vi rondando, zopilote descabezado. Te voy a poner un click a tu comentario cómo
si le disparara al pato. De esta manera.
viernes, 12 de octubre de 2012
Moriturum te salutamus, Capriles y la Vinotinto
Replus devuelto
a Venezuela, después de cuatro años, me sorprende la alharaca montada alrededor
de “la vino tinto”, el color de la selección nacional de futbol. Pues nada, me
dije, este es el país en dónde todo el mundo está dispuesto a creerlo todo. Me
encanta, pero. ¿Venezuela un país de futbol? ¿Desde cuándo? Solo podía ser una
cosa, y efectivamente lo era: un decreto de Chávez, una especie de, a la que
estamos acostumbrados. De la misma forma que decretó que tendríamos un carro venezolano, desarrollado y
producido en Vzla; un teléfono celular; un computador; un satélite y un cohete
que nos llevará por el cosmos en una misión ecuménica de paz interplanetaria. Bueno
pué. Hay cosas que se pueden hacer. Hay cosas que no se pueden hacer. No saber
decirlo de una forma que estos señores poder entender. ¿Entender? Por supuesto
que no entender. Yo explicar.
Pasé la
segunda parte de mi infancia en Portugal, básicamente jugando caimaneras. Partiditos de futbol armados de la forma que sea. Todas
las tardes, de lunes a viernes. En cualquier callejón, en cualquier campo de
maíz o trigo o girasoles, recién cosechado y mínimamente aplanado. Con
cualquier tipo de pelota, la que estuviera disponible; de playa, de voleibol,
de básquet. Todas las pelotas servían para jugar al futbol. Aunque el sueño de
todos esos chavales era tener La Pelota, la pelota de futbol de verdad, la de los
pentágonos, de Paquistán. Hasta ese pormenor lo sabíamos, aunque no teníamos
puta idea de qué eran los pentágonos esos, dónde quedaba Paquistán, ni que
las pelotas eran cosidas a mano por niños semi esclavizados, de nuestra misma
edad, en ese tal Paquistãom.
Y lo
que hacía yo, era lo que hacían un millón de niños en Portugal. Un país pequeño e insignificante en muchos
aspectos, durante medio siglo un País Exportador (de portugueses) pero que
siempre ocupa algún lugar entre las diez selecciones más importantes de la
FIFA. Desde el más humilde de los obreros hasta el primer ministro, todos
acompañan el desempeño de dos equipos: el equipo del terruño, y el equipo de la
primera división de su escogencia. El Oporto, por ejemplo, es el club del
“nacionalismo” norteño, algo así como un Barcelona o un Atletic para los
nacionalismos españoles. El Boavista y el Sporting son clubes de la élite, que
nunca se le ocurriría a algún desubicado patanensuelo.
Yo, que
siempre fui un nerd gordito, que vomitaba ante un penal, el último en ser invitado al equipo.llegué a mantener, una
sola vez, la pelota en el aire con 50 patadidas. Debe haber sido el día en que
me sentí tan orgulloso y dueño de mí, que me corrí por primera vez. Sin mucha
precisión, por esas fechas. Pero yo era el guevonote de la partida. Tuve
tres amiguitos que no contaban pataditas. ¡Simplemente apostaban que podían mantener
la pelota dominada por una hora! Cambiando de pie, alternando las rodillas,
tocando la pelota con los hombros, llevándola a la cabeza, manteniéndola por
tres segundos en el cuello, disfrutando un puyero, tocando el nirvana. Aparte los malabarismos, eran los cracks indiscutibles del equipo; los que
marcaban los goles o les regalaban el gol, con un pase magistral, a algún
parapléjico como yo. Los tres eran diestros y se propusieron, con determinación
total (el fundamentalismo infantil es el más arrecho de todos) a jugar
exclusivamente con el pie izquierdo, con la siniestra, antes de presentarse al
examen de admisión a la selección juvenil del Oporto. Los tres fueron raspados.
¡Eran muchos los llamados, pocos los elegidos! Me encontré a uno, de esos tres,
veinte años después. Barrigón. Me quedaron dos cosas de esa conversación: que
se había casado y tenía dos hijos, la primera; que había sido rechazado por el
Oporto, no sé si te acuerdas, bueno.
A nadie
se le ocurrió financiar clubes. De hecho, en Europa sucedió todo lo contrario. Se
optó por no financiar al “circo” y cada club es una empresa privada, que se
debe auto sostener, “cotada” en bolsa y
toda la parafernalia esa, en la cual se intercambian jugadores por millones de
euros.
El
futbol no pertenece al alma (no me gusta la palabra “alma” ni los estereotipos
de nacionalidad), no pertenece al alma venezolana. Aunque hay un millón de cosas
que pudiéramos ser o hacer. Pudiéramos ser la primera potencia petroquímica del
mundo, y tenerlo a nuestros pies. Pudiéramos ser la primera potencia turística
del Caribe, y tener a los gringos y canadienses, aún a los lejanos europeos, a
nuestros pies. Les podríamos dar todo en un paquete: cóndores y frailejones de
Los Andes, boas constrictoras y carne en vara de Los Llanos, playas
paradisíacas, pececitos de colores, del Caribe. Futbol: NO. Sufriremos con la
Vinotinto, pero gritaremos con una franela amarilla, por los muchachos negros y
talentosos salidos de las favelas caimaneras de Brasil.
Hay
cosas que no podemos hacer. Como existen cosas que ni siquiera podemos pensar, según Witgenstein. Por ejemplo, tener un candidato con los apellidos
incorrectos. Apellidos que no pertenecen al beisbolero venezolano, el que se
levanta la franela y se restriega la barriga cervecera mientras espera,
disfrutando el sol, sin güiro, en la parada del autobús. Será simplista y palmario,
pero la vida, tomando sol, funciona así. Lo siento por él, por el tostadito que
espera a Godot, lo siento por el candidato de una unidad precaria, por mi dedo
meñique que se me durmió. La inmensa mayoría de los que votamos por él, no
estaríamos dispuestos a pactar con un ideario neo liberal, derechoso,
decadente. Votamos diciéndonos: estoy dispuesto a algunas concesiones para
salvar a nuestro país del desastre, de la africanización ingobernable, de la
cubanización degradante, de esta retórica más absurda que un diálogo loco de Ionesco.
Algo así, con sus mil variantes.
El pueblo, Venezuela entera, votó, y nosotros,
malgré nous, legitimamos
contundentemente la voluntad popular. Ya Venezuela es otra. Catorce (o 50) años
no pasaron en vano. Olvidémonos del pasado, al cual asociamos, indefectiblemente,
nuestra juventud. La juventud solo
vuelve a los pacientes de Alzheimer, que no se acuerdan de lo que desayunaron
hoy, pero reviven, con lucidez cristalina, una escena acontecida 20 años atrás. Corazón
en la estratósfera (y que Dios no nos abandone a nuestros sueños de Las Alturas).
Pies y paz en la tierra.
Henrique
(Pablo, Jóse, Juaco, quien seas). Ustedes que lo han dado todo, quemen las
naves del regreso. Múdense de una buena vez por todas. Para Las Acacias, para
la orilla de Petare, del Guataparo, uarever, pero barrio adentro. Compren una empanada grasienta y una Pesi en
el abastico con rejas. Amen su sabor a morir. No se me conviertan en gorditos flácidos y dietéticos al que le gustan relojes suizos y
vomitan ante un penalty. Sobre todo
no se les ocurra decir una palabra en inglés, citar a Ionesco o Witgenstein, o como se llamen los guevones esos. Olvídense de complacer a griegos
y troyanos. Por el honor y la gloria de Roma, por el sueño de una verdadera
república siempre incumplida, pero nunca perdido ni perdida. A ti, César, el
Henrique qué seas, los que te verán morir te saludan. Ave.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Verbales Tiempos
Dos
cuerpos se atraen. Normal. Con una fuerza directamente proporcional a sus masas
e inversamente proporcional a su distancia. Acontece todos los días. Todo
explicado, hasta el menor detallito, por Newton. Y no hablo de esas atracciones
electromagnéticas, surreales, raras, (no se me confundan), que explicó Maxwell.
El también, en su campo, lo explicó hasta
el último pormenorcito.
La
guarandinga de las atracciones, y de la física como un todo, estaba clarita como
el agua, a comienzos del siglo pasado. Respetadísimas eminencias afirmaron que,
por el lado de la ciencia, colorin corolario, este cuento se había acabadio. No
había más para descubrir; poco más
quedaba por descifrar; apenas trivialidades a dilucidar, en fin, minucias,
virutas carpintéricas a trabajar. Dios dispuso
las cosas para que funcionaran, este reloj de mil engranajes cuyo mecanismo nos
competía deconstruir en reverse engineering. Suena contemporáneo y complicado,
pero era sencillito y obtuso con bolas. El mundo era tan papaya de entender que
ya lo habíamos logrado. ¡No joda, que arrechos! Nosotros y el Deus ex
machina. De panas y cómplices en ese
crimen de pedantería proprio de aquellos doctores con bastones y polainas, decimonónicos con
bolas, los guevones.
A
nosotros nos enseñaron, y entendimos con facilidad, en los primeros años de la
secundaria, lo que a muchas doctas cabecitas del siglo XVIII y XIX no les
entraba. Por ejemplo, la diferencia entre peso y masa. Porque aún antes de
entrar a la escuela primaria, escuchamos o intuimos, majomeno, lo que era la
gravedad. Que la física se había
acabado, dijeron, cuando la parte verdaderamente bonita del cuento ni siquiera
había empezado.
Dentro
de un siglo, los niños entenderán con toda naturalidad la teoría de la
relatividad. Eso es lo que va a pasar. Que el tiempo se estira y se encoje, pue
sí, pol supuesto. Ebidente. Como será evidente que vivimos en la maleabilidad
del continuo espacio tiempo.
Lo que
van a tener que estudiar los pobres chamos del futuro, a quienes compadezco, son
las 11 dimensiones de la Teoría de las Cuerdas. La realización del proyecto
intelectual colectivo más audaz de la humanidad, al cual Einstein dedicó en
vano los últimos treinta o cuarenta años de su vida: la teoría del todo.
La integración de la Teoría General de la Relatividad con Electromagnetismo y comportamiento
cuántico. Un instrumento de 11 cuerdas de las cuales se extraen melodías del
tipo: “vivimos en uno de infinitos universos paralelos que se están
desarrollando simultáneamente, dentro de lo que nosotros creíamos era la única
realidad posible”. Una realidad física que se volvió muy extraña y muy rara, en
los últimos 60 o 70 años, pero la única posible, creíamos. Pues no. Vivimos en
el Multiverso. No es broma. No son las especulaciones filosóficas, aunque no
menos premonitorias, de Spinoza o Leibniz. Es en serio. Búsquenlo en la Wikipedia, pues, si no me
creen. Para eso construimos aceleradores de partículas que cuestan, en churupos
reales y constantes, centenares de catedrales de Nantes.
2
Dos
almas se atraen. Un hombre y una mujer, por ejemplo. Y no es normal, ni por un
coño, que la atracción sea directamente proporcional a las hojas de líquenes
que crecen en los semáforos de Caracas, e inversamente proporcional a la raíz
cuadrada de todas las aristas filosas que por colisión, erosión o fricción, se
formaron ayer en el resto del mundo. ¿Qué? ¿Suena más jalado por los pelos que
el Multiverso? Y no me estoy refiriendo a que las cosas acontecen en una
sucesión probabilística impredecible, cadenas de Markov, teoría del caos, mariqueras.
Que el amor es función de líquenes y aristas, es cálculo puro y duro, el tipo
de física que le gustaba a Einstein, y no un Dios que tira dados como un Cupido
borrachito tirando flechas, indio de bola. No solo vivimos dentro de uno de
entre infinitos universos, sino que se trata de infinitos de Cantor: ¡unos más
grandes que otros! Todos infinitos e infinita, inextricablemente conectados. Solo puede ser ahí dónde nace el amor, de
dónde proviene esa cosa tan profundamente enigmática que nos baraja la vida: en
uno de esos infinitos mundos, es función analítica de líquenes y aristas. Sale
de un mundo y se cuela en otro. Solo puede ser. No me vengan con eso de que los
iguales se funden y los opuestos se complementan. Eso lo vi en una película que
hicieron de un libro de Paulo Coelho. O el lenguaje corporal, o las feromonas,
dios mío. No solo es simplista de perinola, sino descaradamente estafador.
Prefiero
los cuentos chino-cuánticos de la física moderna. Prefiero pensar que
Belerofonte, nieto de Sísifo, el que atraviesa los cielos y se pinta el cuerpo
para la guerra con los colores de la aurora, me disparó un fotón vainilla que
me perforó el corazón. Y que me estoy
desangrando rosas, calas, margaritas… idea que de seguro se le ocurrió a algún
hagiógrafo loco de la Edad Media. Porque hay que estar aquí para entender lo
que me pasa, coño. Que me tripeo viajes en el tiempo. Cuánticos y cuánticos. Me
veo en la Plaza de San Marcos con ella, por ejemplo. Tan clarito como acabo de
ver al monje benedictino, el biógrafo alucinado de algún santo místico que,
sometido al suplicio, sangró flores y estrellas. Yo. Justo frente a mí. Y créanme.
O no. Porque estoy seguro de que todos me entienden, pero a este nivel de
matemático rigor fue difícil de explicaré. La sintaxis no al amor resiste.
Pronombres ni escapa verbales tiempos.
Para Carlota. Ojalá le guste.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Ruego de niño mirando por el telescopio
Espía
sideral
Agente secreto
de la oscuridad del mundo
Rayo de
mí
Extensión
infinita de mis ojos
Tubito mágico
Caleidoscopio
de verdad verdad
Con espejos
y cuentas coloridas que son mundos.
Mensajero
de mi mirada
Cañón
de mega súper megatones
mi más
fiel confidente
vete,
llévame a las estrellas, amiguito.
Afina
grados
Ajusta
segundos
Apunta
Tírate
por ahí y cuéntales a todos
esta
cosa loca del enigma del tiempo
hasta
que sea grande y entienda mejor.
Mientras
tanto, diles
que aún
estoy pequeño, y no entiendo mucho.
Que me
confundo con muchas cosas
pero
estoy aquí.
Que
nadie en la Andrómeda se olvide mí.
Yo soy
el él del morral anaranjado
con unos
All Stars azules bastante rotos.
Pero
son los únicos zapatos que me gustan.
(Hoy damos por establecido que la luz rebota
de los objetos y nos impacta el sistema óptico. Hasta casi el Renacimiento, y
debido a la autoritas de Aristóteles, se
creía que la mirada nos salía de los ojos y se dirigía a los objetos. Esa es la
percepción que tienen los niños, hasta que se les enseña lo contrario. Este
paralelismo entre el desarrollo cultural y el cognoscitivo hasta tiene un
nombre propio, bautizado por Jean Piaget, y que pertenece al vocabulario de la
epistemología. Que no viene al caso. El que la mirada brote de los ojos, nos
permite atravesar el mundo, el cosmos, llevarnos, transportarnos, perdernos).
viernes, 10 de agosto de 2012
Cosas en el Techo
![]() |
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Y m
echo aquí, en la cama
con los
brazos cruzados por detrás
(pavosísimo,
dicen) como una gafa.
Contando
mis cosas, escribiendo estupideces en el techo.
Me puedo
quedar así
no sé
cuánto tiempo
sin
idea de lo q pienso.
Hay
días q m pongo sixtina
y dibujo
unas mariposas tecnicolores de tres metros.
Otras
veces m da por cartas
enviadas
a mi indestino, no joda, harta, JJarta!
De mi
sensiblería telenovelezca, de mierda.
Eso sí,
siempre de espaldas, con clase
con
aquella elegancia de la natación sincronizada, estilo campeona olímpica.
A veces
m sale una especie de
poema hiper super ultra
king size premium
vip high jet set super model
(q por
el aire se queda, y tampoco es mi estilo, de paso).
Bueno.
Serán mis pequeños delirios
pero por
metro cuadrado, no juegue
4X3 o algo asi
4X3 o algo asi
soñar
con la carta perfecta que le podría escribir a ese hombre
(el q
no existe, el q n necesariamente debiera volverse mi amante
aunque
me confundo en esto,
Eso del q no está, no sabe, no responde, N/A. Por qué?)
Me encantaría resumir en una frase la obra de mi alma prima perdida
Eso del q no está, no sabe, no responde, N/A. Por qué?)
Me encantaría resumir en una frase la obra de mi alma prima perdida
ese monumental
poema a mi soledad secreta
dibujada a caligrafía china en el techo.
Creo, aunque nunca segura, creo q m gustaría.
Creo, aunque nunca segura, creo q m gustaría.
Bueno,
pensándole mejor: NO!! Mala idea.
Esa
exposición, la debilidad, la sensiblería cursi y la cosa. NO!!
Aunque
ahí está, una parte de mi y ajena a mi
garabateada
a tinta de limón en el techo
mientras
se hacen la ocho.
¿Limón?
Q m
pasa, coño? ¡Las ocho!
martes, 7 de agosto de 2012
El día del cometa
Las
esferas giran todo el tiempo
A nuestro
alrededor, sin que las veamos
Unas dentro
de otras
Muy plácidas
y bonitas ellas
Sin abajo
ni arriba
Nosotros
dentro
Tipo
gato de niño malo
Revolcado
en una lavadora.
.
Contienen
los números astrales
Y
sueltan música celestial
Estas esferas,
bellas ellas.
Giran y
giran, desde el origen de los tiempos, sin parar.
En el
silencio de la oscuridad sideral se van dando vueltas
Tocándose
levemente ecuadores con arcos meridionales
Rozándose
sutilmente ápsides con zénits
Nadires
con azimuts acariciándose
E sucede.
Un día sucede. No te lo esperabas.
Sucedió.
El problema
es que no se ve.
Pasó y
ni cuenta te diste.
El día
que tenías cita con el médico y te habían cortado la luz.
Las constelaciones
son muchas
Los destinos
zodiacales ni se cuentan
Y la
cantidad de esferas es tan grande
Que la
combinatoria de las permutas universales no se acaba nunca.
Uno
sale a la ventana y no ve nada
Ni el
antes ni el después.
Se
interponen las nubes,
El smog,
la contaminación lumínica
De que
vale que todo esté escrito si no puedes leer nada?
Cuesta
un mundo aceptar que las esferas están ahí
Que ignoramos
las mil cosas
Que desde
el fondo de los tiempos
las infalibles
mecánicas celestes
escribieron
dentro del rayo de nuestras vidas.
Ahí ya
estaban y continúan estando todos
A todos
quienes conocimos y nos falta conocer
A quienes
amamos y aún vamos a amar
Y a
todos los demás
a los
que hemos herido, y dejamos mal
a todos
los que nos falta meter en la lavadora.
Y
sucedió.
Un chorro
interminable de metras cayéndose del cielo
tipo la
piñata de un sádico.
Con aquel
ruido de lluvia metálica astillando todo por todo lado
Hiriéndonos
la cabeza y el rostro hasta volverlo hinchado, irreconocible
Y todo
el mundo resbalándose, cayéndose
Partiéndose
brazos y costillas
Dando tumbos
un millón de veces
Incrustándonos
ojos cíclopes en la frente
Ojos ciegos,
mirando en todas direcciones sin ver nada.
Corriendo
desesperadamente en todas direcciones para salvar los gatos.
Por
qué, cómo sucedió?
Las
esferas.
Tranquilas,
girando impertérritas
Indiferentes
a todo y a todos
A nuestra
sangre, al sadismo inocente de los niños
Al sufrimiento
estúpido del gato.
Bueno.
El gato, por cierto, se salvó
Porque no
estaba conectada el agua caliente ni el ciclo de secado.
No pasó
de un buen revolcón mojado.
Medio
se tambaleó por un rato, y al ratico se durmió.
Pero
las secuelas de la lluvia
Esas quedaron.
Muchas de las metras se nos incrustaron bajo la piel, tipo tumores.
Unos
quedaron mancos, otros ciegos.
Y todos,
sin excepción, deformes
Con los
pómulos partidos y los ojos para siempre hinchados.
Fue el
día que se cruzaran un montón de epiciclos.
Nadie lo
pudo prever. Hay cosas que no se pueden saber.
Y ese día
sucedió.
Pero
también ya pasó.
Dicen
que fue un cometa que se cruzó con la Tierra.
La
gente se inventa cualquier cosa.
Leica, la gata
Sobrevivió
doce años más
Y nunca
pronunció una palabra sobre el incidente.
Ni
siquiera el día que le metieron las crías dentro del microondas.
Se le
inflaron los ojos como globos
Y después
explotaron.
Tampoco
dijo nada.
Las
esferas siguieron girando
Y ella como
si nada.
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