lunes, 30 de julio de 2012

Un Millón


Recibí un correo raro de un site de estadísticas de la web. Me felicitaban porque mi blog, "Crónicas de Nueva Zelanda", había recibido más de un millón de hits. Wow.

Tiros en la oscuridad, por supuesto. No podía ser otra cosa. Me imagino que peruanos, bolivianos, españoles y chilenos se andaban gugueleando Nueva Zelanda a lo loco, para emigrar, y terminaban por caer en mi blog (cosas de Nueva Zelanda, en español, no hay muchas). 

Pero el site estadístico, me los discriminaba por países: 25% de España, por ejemplo, la mayor parte. ¿España? ¿Pero si yo me empeño en escribir caribeño vernáculo, cómo va a ser? Leo autores venezolanos por obligación, para aprender unas palabritas. Cubanos por placer.  ¿Cómo coño me va a salir España de primer lugar? Después de España venía Méjico, y después Argentina. Claro que la presencia de internet y cableado cuenta, por supuesto. Las guevonadas socio-políticas y tal, penetración, telecomunicaciones, alfabetización, poder de compra. La ladilla infinita.

¡Y solo en cuarto lugar aparece Venezuela! Yo escribo en venezolano, a mucho costo y muy mal, de paso (porque soy medio portugués), pero me esfuerzo. Llamo a mis amigos a la una de la madrugada preguntándoles como se dice “devassidão” en castellano, porque la definición de Wordreference.com no me convence. ¿Qué coño sucede aquí? ¿España? ¿Argentina? Conozco más o menos esos países pero nada que ver conmigo. Cuando escribo, lo hago pensando en una treintena de amigos íntimos, los alfabéticos. Y que 30 amigos los compartan entre dos, serán 60, o algo así, ayúdenme en estas cuentas exponenciales, por favor. ¡Pero un millón! Coño. Número equivocado. Vuelva a discar.

Es verdad que escribí mucho en 4 o 5 años, sobre todo cuando estaba en Nueva Zelanda, pero aún así, no es posible. Un millón, no puede ser, es embuste. Seguramente me querían embarcar en una de publicidad en la página, tipo ¡Visa para Nueva Zelanda en 15 días! Ajá. Pónte a creer.

Esta cosa maravillosa que empezó llamándose internet se está puteando, mano, y de qué manera. No navegas más de cinco minutos sin q t pidan los datos de la tarjeta de crédito. Siempre, de toda la vida, los sites más visitados fueron los de putas. ¡Pero ahora te piden la tarjeta para bajarte el abstract de una Crítica a la Razón Pura! ¿Redes sociales? ¿Web 2.0? La que viene es la master/visa 3.0, en comodísimas cuotas, free delivery!

Bueno. No se me quita de la totuma lo del millón. Un millón no puede ser. El mundo no está tan globalizado así, ni por un coño. Es verdad escribo con una entrega total, malsana. Rio y lloro cuando escribo, no lo niego. Tantas veces la risa o el llanto me han obligado a poner un punto final, prematuro, a la crónica, a la cosa. Pero esto, que lo confieso ahora, por primera vez, nadie lo pudo saber antes. Si de algo me cuido es de tener mi cámara web desconectada. Nadie me miró sobre el hombro, nadie me palmeó la espalda mientras hacían cinco grados bajo cero en Dunedin. Nadie me vio sollozar en las colinas plácidas de Nueva Zelanda. Y, aunque no se lo decía a nadie, me moría de frío y de soledad en las colinas idílicas, ovejísticas,  de Nueva Zelanda. Y lloré como un adolescente condenado a muerte por un crimen que no cometí. Como un condenado allien, por el hecho de ser extranjero; sin poder defenderme debidamente, con todo mi léxico, en una lengua extranjera; sin poder comer una mierda de un mince intragable pie; sin poder alegar mi inocencia con el abogado, empertigado, hijo de puta. Otra historia (perdónenme. Me pierdo a menudo, es cierto).

Mis crónicas, algunos centenares ya, tal vez, siempre fueron escritas con un nudo en la garganta. Nunca me atreví a escribir un texto  sin que sintiera algo invadiéndome el cuerpo, las ganas, el sentimiento de hacerlo. Risa, burla, despecho, alegría, rabia o amor. Cualquier cosa, por dentro. Escribir porque debo hacerlo, como un académico que debe un paper a la academic press, qué va, no va conmigo. Escribo por cojonera, coño, cuando siento las bolas llenas. Y mis lectoras no se sienten ofendidas por estas y otras obscenidades, lo vine a descubrir, con el tiempo. Escribo por encarpamiento y cojonera pues (solo espero que mis hijos no me vengan a preguntar qué significa esto).

Me imagino que ciertos conocidos creen que uno escribe como los showmen que echan chistes en la televisión. Ellos tienen un chiste preparado, nosotros no. Al escribir somos sorprendidos por un personaje (muchas veces la caricatura grotesca de nosotros mismos) y, de la sorpresa inesperada, de la ocurrencia loca, nos sale reír o llorar.

Una crónica no es un cuento. Es la transcripción de un acontecimiento, de un momento, una sensación, la emoción de una frase o de una imagen. Con una perspectiva. Personal, subjectiva, uarever.

Ahora volví a Venezuela. Bueno, aquí estoy, aunque nadie entiende por qué. A lo mejor ni yo. Intento explicarlo. Que solo uds. me medio entienden un poquito, coño. ¿Será tan difícil de aceptar? 

Antonio Cova me preguntó, la semana pasada, porqué seguir llamándolas “Crónicas de Nueva Zelanda”.  Porque no tiene sentido cambiar el pasado, mi viejo. Quiero seguir riéndome y llorando con un mínimo de clase y perspectiva, imaginándome durón, como si asistiera a todo y a todos desde un frío Antártico, desde una frialdad austral arrechísima. Asistirme a mí desde el fondo de la última butaca. Aunque me sienta horrible, feo, malchistoso, meloflorítico, splendameloso o diablorojorístico.

Esos coños de su madre me engatusaron de lo lindo con el millón. Es verdad, no se me quita de la cabeza. Es cierto que consulto mis propias estadísticas del blog. Un site llamado Statcounter.com. Y me quedo loco. No me extraña que me lean en Perú y Ecuador. De hecho, logré hacer una veintena de amigos, de pennfriends, en Vzla, através de mi blog. A todos les prometo tomar un café aunque no he encontrado el tiempo. ¿Pero en Corea, en China? ¿Cómo harán? ¡No me quiero imaginar que lo hagan con Google Translator!

¿Yo deber llorar cuando escribir porque sentir los testículos rebosar? ¡Noo. Por favor! Quítenme los puntos de interrogación y exclamación porque yo no escribir así. Escribir para 10 o 20 amigos. Decirles lo qué sentir y quién ser yo, mostrarme un poquito para proponerles q ellos quererme a mí y dejarme quererlos a ellos. ¿Entender? ¿No entender? OK. Yo explicar. ¿Tu ser Coreano? Ok. Si querer alquilar mi blog para publicidad, meterte el millón por el culito. Yo no escribir para ti ni para vender pantallas Samsung. Yo hacerlo… ¿cómo decir a ti? En mi lengua poder decirlo mejor. Pero, para tu entender, lo resumir. Yo hacerlo por amor. Y cagar en millones. A mí, no importar aunque tú no entender. ¿Saber amor? Ok. Olvídalo.

sábado, 28 de julio de 2012

Perfect Match dot com


Ahora me toca imaginarte. Me dicen que aparecerás, aunque lo dudo mucho. Por supuesto que el día que aparezcas (un día ocupado para ambos, seguro) no te reconoceré. Pero te digo cual es mi tipo. Eso es lo que esperas, en definitiva, saber quién soy. Quién sabe, me reconocerás tú a mí.

Me gustan las mujeres altas. Aún las muy altas. Mucho más altas que yo. Ya me pasó (ya me pasó de todo; fui atropellado en la calle varias veces por andarme caminando en las nubes). Las altas. Y aunque me sentía enano pretencioso no dejé de quererlas menos. Y las bajitas también. Me gustan mucho. Imaginar que puedo doblegarme el pecho y abrazarlas y protegerlas del frío como si todo yo fuera una manta de algodón no muy peludo. Eso me gusta. Me gustan las duronas que fruncen el ceño. Eso puede parecer raro. No lo es. Intentan desesperadamente proteger el corazón. Todas, sin excepción. No pretendo conocer a las mujeres. Mira quién. Pero me gustan.

Las flacas, aún las muy flacas. Cosa que me parece rara. Porque también me gustan mucho mucho las rellenitas. Las que se pintan el pelo de azul o rojo, me fascinan. Y las que salen a la calle de cara lavada, sin base ni rímel, bueno, esas me vuelven loco. No tengo fascinaciones raras. Ni con pies, ni zapatos, ni uñas, ni nada de eso. Bueno, sí. Los ojos. Me pierdo en unos ojos negros. Me sumerjo, o algo. Y los verdes y azules me ponen a volar. Claro, debo poder verlos de cerca, de muy muy cerca. Cosa poco práctica, si hemos de conocernos para tomar un café.

Me gustan los labios carnosos. Los delgaditos también. Ambos tienen sonrisa de mujer. Y las sonrisas de las mujeres son indescriptibles. Los dos ojos se achican, pero uno tiene un pie atrás. Un milímetro. El milímetro que me propongo descubrir o conquistar. Por lo demás, de galán conquistador no tengo nadita de nada. Nunca fui yo a dar el primer paso. No puedo, no sé, tiemblo por dentro, ojalá supiera. Me hubiera ido mejor en la vida de poder hacerlo, a lo mejor.

Pero es verdad que estoy colocando este anuncio. ¡Diez dólares al mes, verga!

Todo el mundo me dice “aparecerá”, “busca”, “di lo que buscas y habla de ti”. Esas cosas. “Hablar de mí?” “Sí, guevón, lo tienes todo”. Sí, claro, me digo yo: dos brazos, dos piernas, y un pene mediano, eso es lo que tengo. Y las voces que me rondan la cabeza todo el tiempo. Todo el tiempo sin lograr dejar de pensar. Escuchando la frase que dijo el jefe de mi jefe. E intentando descubrir si la cosa era conmigo o con mi jefe.
Aunque más a menudo escucho tu voz. Sí. Una palabra que se soltó de una música.

Mi cabeza escucha música todo el tiempo. Lo refiero porque creo que es bueno que lo sepas. Hablo, escribo, saco cálculos de Excel a millón, pero nunca dejo de escuchar música desde el fondo del cerebelo, o cómo se llame. Bueno, músicas, la mayor parte de las veces, mezcladas. Bach con Stevie Wonder, por ejemplo, y cosas por el estilo. Y a veces escucho las frases de las músicas. Una palabra aquí y otra allá. De cierta forma normal, ok, no quiero sentirme raro. Pero la voz que escucho es la tuya. Sí, la tuya, la voz de quién no sé quién eres. Y eso es lo que busco, creo. Aunque nunca estuve seguro de nada. Pero sé qué, lo que busco en tu voz. La forma en que entonas las palabras. La forma en que me las harás llegar para que las entienda. Pero lo más triste es que, aún después de haberla escuchado un millón de veces, no sé si podré reconocerla. ¡Ponte una margarita amarilla en la voz, para que te pueda reconocer!

Bueno, esto es. Me dijeron “metete a Perfect Match, a Corazones Solitarios, hay tanto sitios así. Y simplemente di que buscas y quién eres”. Pero no sé, coño. De cierta forma me gustan todas, o una de entre todas que no sé quién es. ¿Estás ahí? Y acabo siempre escondiéndome en subterfugios post-literarios y estúpidos para evitar hablar de mí.

Por supuesto que no voy a postear mi foto. Me afeito bajo la ducha, por sistema Braille, porque no soporto verme al espejo. Tampoco me importa ver tu foto. A todas las fotos les falta ese último milímetro. Es increíble la cantidad de mujeres que no se creen bellas. Es inaudito. Es solo una cuestión de un milímetro. Y tienen tanto tanto para dar. Es un drama, coño. Porque me faltará ese milímetro para cobijarlas en mi pecho y decirles que está todo bien, todo se resolverá, todo acabará bien. Espera un par de horas que ya saldrá el sol. Por más que el cielo se vuelva negro y llueva a raudales, un poquito más arriba de estas nubes, el sol brilla como si explotara una estrella loca aquí mismito, bien cerquita.

No sé si cumples con los requisitos de altura, esbeltez, color de ojos y pelo. Espero que te guste la música. Leer. Comer en terrazas. Andar desnuda a las tres. El milímetro final no depende de nosotros. Tu voz.
Me imagino que te gustaría saber un poco más de mí. Mi edad, mi estado civil, mi empleo, mi carro (quién sabe). No son atributos míos sino de mi vida Civil. No sé cómo llamar a ese aspecto colateraloestúpido. Y si te interesa, perdona, creo que no eres quién busco. Te dejo mi correo electrónico. Uno que acabo de crear hacia media hora, por supuesto. Con mucha, mucha suerte, si me escribes, lograré imaginarme tu voz.

No sería completamente sincero, si no te dijera algo. Que me haces falta, por un lado. Qué puedes tener el aspecto y la apariencia que sea, la edad que sea, el pelo largo o corto, la falda larga o corta. Lo que busco, es ese milímetro inconmensurable que ni la manometría sabrá definir. Y, por otro lado, bueno. Será contradictorio y muy estúpido, pero creo que sencillamente no creo que te pueda encontrar.

Perfect Match me cobra 10 dólares al mes para publicar mi anuncio. Si lograste leerlo hasta el final, (y esa fue una gran prueba) escríbeme, o algo. Dime que me entendiste, más o menos. Sería increíble para mí. No sentirme tan medio loco, tan completamente solo. Te dejé un link con la traducción en ingles, no vayas a ser Sueca, Bielorusa, cualquier cosa que no impide nada, no me importa.

En otras palabras, no te quiero coger, sea dicho de paso. Si no te quedó bastante claro, no respondas. No eres tú. Claro que tengo perfecta consciencia de que los manuales dicen que la cosa no se hace así. Pero ni funciono por manuales, ni por manuales te voy a encontrar a ti. Te quiero fuera de pote. Especial. Para mí.

A lo mejor me leíste. Y es bastante probable que no me vayas a responder, aunque tú también pagas los 10 dólares de PM. Yo sé. La vida es así. Vale diez dólares. ¡Diez dólares! Lo que cuesta no es el precio del anuncio. Es otro el precio, por supuesto. El de nuestra exposición, el de, en un momento de insensatez, arriesgar un pedazo de nuestra pretenciosa integridad por una simple margarita amarilla. Creo que por eso no espero respuesta. Tú, precisamente tú, eres la que no me responderás. Adiós.


jaime.senra.nz@gmail.com


viernes, 27 de julio de 2012

30 años de diluvio




Uno no se inventa los sueños así como así, de la nada. Puesto a pensar, y con suerte, se descubre, más o menos, de dónde viene la cosa. Descubre un origen remoto, soterrado en la memoria, medio absurdo, siempre estrambótico. Una explicación es otra vaina. Bueno, no viene al caso. Al principio me pareció raro encontrarlos a todos en el jardín. ¡Lloviendo a cantaros y todos en el jardín! Aunque nadie le paraba a nada. No se daban cuenta. Raro, muy bastante. Demasiado.

Después me puse a pensar que algo parecido me había sucedido a mí, “en la vida real” como dicen las películas malas. Hacen años. Porque los años se hacen, si nos negamos a dejarlos pasar. Era el cumpleaños de uno de mis hijos y reservamos el salón de fiestas con un mes de anticipación. Para un sábado, me imagino. Nosotros nunca pasábamos por Planta Baja. Nunca. Entrabamos por el estacionamiento, llamábamos el ascensor, y listo. De ida para la calle, igual: ascensor, sótano, calle. Pero el viernes anterior al cumpleaños bajamos al salón de fiestas a inflar los globos, a colgar la piñata y esas cosas. Sorpresa. ¡El salón de fiestas era un cuarto de escombros! Lo habían tumbado todo: la cerámica de las paredes y la del piso, el cielo raso, las paredes de los baños, todo. Salimos disparados a hablar con la conserje.

--Pero si lo habíamos reservado, por Dios, con un mes de anticipación. Ni que fuera la Esmeralda.
-- El contratista se retrasó en la obra—sentenció ella--. Además, yo reservo –dijo—colocándonos un cuadernillo mugriento ante los ojos—. Pero no asisto a las reuniones de condominio.

“Resabiada de un coño. Será en el jardín”, nos dijimos. “Ojalá no llueva”. Compramos unas cortinas plásticas de baño, con bolitas,  para medio substituir a las paredes derruidas de los sanitarios y salió todo muy bien, porque hizo un sol magnífico que mantuvo a los perros calientes tibios muchas horas después de que el Perrocalentero se fuera para su segunda piñata.

De ahí viene la cosa, el sueño, creo. A veces lo descubro. Pero la mayor parte de las veces no. Como, por ejemplo, la segunda parte, que no sé de dónde viene.

Bueno. Me tiro aquél viaje de catorce horas. En la estación del autobús le doy la dirección al taxista. Vueltas y vueltas, parando aquí y allá para preguntar. “¿Calle T?” “Eso seguro que es la calle ciega que queda por allá”. “No, qué va, estás perdidísimo, mi pana, queda del otro lado. Sigue derecho como unas veinte cuadras y vuelve a preguntar”. Yo no pregunto un coño; es una absoluta pérdida de tiempo. Era el taxista quién lo hacía. Pero llegué. Y los vi a todos.


Nadie me salió al encuentro. Bueno. Estoy acostumbrado. Nunca fui presidente de nada. No soy alto, ni flaco, ni tengo el dinero que me supla las faltas de personalidad e ingenio, aparte otras misceláneas. Normal, pues. Claro que los reconocí a todos, apenas mirarlos. A unas más que otras. A unos mejor que a otros. No me fue nada difícil apartarme discretamente y embreñarme en el jardín. No me estaba escondiendo. Solo quería verlos. Para eso vine. Pegándome la cabeza contra la ventana del autobús, catorce horas.  


Un jardín venezolano, aunque ocupe treinta metros en las traseras de un edificio, y esté rodeado por asfalto y cemento por todos lados, es una explosión de exuberancia, de magnificencia, lleno de escondrijos secretos, de pedacitos de selva impenetrable, y de los ruiditos y fragancias que quisieran tener aquel montón de hierbajos y piedrecitas maricas de Versailles. Me senté por allá, viéndolos, normal, sin querer bucearlas (raro en mi). La misma forma de hablar, de alzar los brazos, de simular que da un paso en falso, con aquellas mismisimas piernas, coño, de cortarte la respiración; la misma manera de dar la espalda con abrupta indiferencia, levantando los senos; y aquella forma de captar la atención con solo acercarse. 


Ella y todos, hombres y mujeres, no lograron, o no quisieron, o no pudieron, dejar de ser los gestos y la mirada que delatan lo más íntimo de quiénes son y serán siempre, sin que importe mucho lo que digan o lo que hagan. De tantas formas no ha pasado el tiempo. Y nunca pasará. Por más que llueva.

No estaba precisamente escondido, aunque nadie se fijaba en mí. ¿Qué pasa aquí, coño? ¿Si yo los reconozco a ellos, por qué no me reconocen a mí? Dicen que los sueños se cumplen, y yo, de niño, deseé con todo fervor ser el Hombre Invisible. Y casi lo logro, de no ser por el mesonero. El hombre, impecablemente vestido de blanco, desde los zapatos al bigote, pasaba de vez en cuando a ofrecerme un trago. Casualidad. La única persona que nunca había visto en mi vida lograba verme. En medio del aguacero se me olvidó dejarle la propina.

Ahí estaban pues. Formaban grupos, aquí y allá, se alejaban por un rato y volvían a reagruparse, atraídos por esas raras fuerzas gravitacionales que aglutinaron y dispersaran las galaxias, en el origen del Universo, hace 30 años. Ahí estaban aquellos hombres y mujeres, aquellos niños y niñas, las estrellas con las cuales, por primera vez, calculé las paralaxis de mi posición en el mundo, de mi lugar en la vida. Los que me mostraron las músicas y me prestaron los libros; los que me enseñaron a reír de cualquier estupidez (¡yo no sabía hacerlo!); los que me hicieron sentirme querido; los que me propusieron soñar con un mundo mejor; los que me propusieron  dudar de todo y a todo quererlo incondicionalmente; los que me abrazaban y besaban porque habían pasado tres dias de un puente (tampoco sabía que se podía hacer). La verdad, es que no sabía nada. 


Ahí estaban aquellos curas con quiénes compartíamos tres minutos de intimidad, después de clases, sin contriciones ni liturgias raras, y sin que ambos lo admitiéramos, nos atrevíamos a confesar nuestros más íntimos pecados. La lujuria de descubrir el mundo a bocajarro, o la arrogancia de ponerlo en entredicho y condenarlo. Esas cosas. Algunas, bueno, no las confesábamos, porque ya ibamos aprendiendo que las cosillas mundanas no valían la pena. Teníamos un grupito de tres en que imaginábamos el clítoris de aquellas cincuenta niñas. Albahacas, azucenas, orquídeas carnívoras, y demás variantes de una flora exótica y fragante, de las que solo un venezolano posee las referencias taxonómicas para poder hacerlo. Uno, solo, en un jardín, se pierde en estas cosas.

Pero de repente, me despierto del ensueño, empieza a llover. Estamos en Julio, mes voluble. Y viene un chaparrón de los nuestros, una descarga de furor divino. Pero el salón de fiestas estaba cerrado, estaba en obras. Largan copas y sándwiches y explota la estampida hacia todas partes. Ella fue la primera que se adentró en el jardín en busca de abrigo. No me dijo una palabra. Ni siquiera me miró. Se me abrazó como al tronco del árbol que le abrigará de la inclemencia de la vida por el resto de los tiempos. Y después vinieron otros, que me agarraron por la espalda, por el costado, y me sobaron la cabeza sin importarles mi pelo y me rasgaron la camisa y me estrujaron las costillas y ya no podía respirar el aire porque respiraba el aliento de todos. Todos apiñados a la lluvia, profiriendo comentarios triviales, como una colmena rara que emite un zumbido loco de recuerdos. 

Un chaparrón es eso. Viene y se va. Pero el torrencial biblico no acababa nunca. Llovían te acuerdas, fulanitas que no estaban, correos, proclamas, sueños rotos, ausencias, pastelitos de queso, amigos muertos, te quieros. Y agua, agua, millones de toneladas de litros cúbicos y titricos y cuádricos de agua que no lograban lavar treinta años de recuerdos. Hablaban todos con todos y conmigo, al mismo tiempo, y aunque no entendía mucho, sonaba bello como la lluvia en una tarde plácida de domingo. La lluvia que arranca las semillitas de la fertilidad y las lleva por ahí, por más 20 o 30 años, agarradas a la ropa de nuestros hijos, a fecundar las fertilidades remotas de la tierra. 


Aunque, repito, el ruido era mucho, el sueño raro, se veía poco, no estoy muy seguro de nada. Me distraje, creo, porque había retrocedido 30 años. Todos mojados como pollos en una granja sin abrigo. Lo que menos  importaba. Porque en las catorce horas de regreso volví a ser el niño que estuvo abrazado a ella.

Un amigo, que no estuvo presente,  tuvo un brevísimo chat conmigo. Me dijo: “Vi las fotos. Soñé que había ido pero que nadie me había reconocido”.

martes, 22 de mayo de 2012

Las pantaletas de la Reina


Lo primero que me entero al llegar es que se acaba de estrenar una nueva Ley de Inquilinato. Nuevecita, hecha precisamente para tipos como yo, que acaban de llegar al país pelaos de bola y caídos de la mata, creyendo que se van a alquilar un apartamentico en Caracas. La Ley me pareció una vaina de pinga, hecha para los pobres y expatriados de regreso - una especie mutantisíma de "redevuelto voluntario", que hace años desapareció de este país por efectos de tanto cataclismo natural. Los que se fueron, se fueron demasiado. 


“Búscate la ley, para que te enteres”, me decía la gente que me quería ayudar a alquilar  mi apartamentico de una habitación. Le eché un vistazo y me di cuenta que leyes como esas están hechas para proteger el sagrado derecho a la vivienda que tiene la gente como uno. Una vaina pensada en el ser humano, cuyos inalienables derechos prevalecen, le llevan una morenísima a los sórdidos sentimientos de la especulación y la usura. Nadie te puede sacar tu techito y abandonarte a la inclemencia de los elementos, por supuesto. 


Me releo la cosa. Pero que guarandinga tan buena. Si entras a la vivienda, no sales más. Ni tienes que pagarla, porque aunque la inflación sea del treinta por ciento, el propietario no te la podrá valorizar más que al 1,20% anual y está obligado a vendértela a ti, al arrendatario; y, si por una de remotísima casualidad de la vida, no tienes o no quieres pagar, tampoco hay guiro, porque la Ley de Política Habitacional te ba a prestá!

En esa me anoto, me dije yo, buscándome el apartamentico en MI inmueble punto com. Pero como sucede con todo lo relacionado con las telecomunicaciones en Venezuela, el bendito site no funcionaba. Cuando le metías una búsqueda de apartamentos para alquilar te salían todos los que estaban para la venta. Un problema de nada, un botoncito que no funcionaba, pero fastidioso.  Además, en las pocas oportunidades en que la casillita funcionaba, por ejemplo, cuando le ponías las urbanizaciones más exclusivas de Caracas, el programa si te daba alquileres aunque se volvía loco y en vez de darte los precios en Bolivares, te lo daba en googueles, es decir en múltiplos de cien ceros. Había que hacer scroll down para terminar de enterarse del precio. El alquiler de un apartamento tipo estudio entre Los Palos Grandes y el Marques andaba (anda) costando algo así como entre 10 y 17 googueles!! A uno, recién llegado, le cuesta sacar esas cuentas de euros mutiplicados por 0,90 veces el dólar promedio La Guaira-Bonos-Cadivi. Andaba con mi calculadora financiera parriba y pabajo. Pero cuántas más cuentas sacaba menos me daba.

En estas, mis tíos estaban felices, porque mientras sacaba logaritmos de números grandes, me estaba quedando en un almacén que tienen en Las Acacias. Me traían de todo: empanaditas de cazón, jugo de guanábana, queso telita, esas cosas que ellos saben que nos gustan porque acabamos de llegar. “Quédate aquí chico, cual es la prisa?” me decían. “Qué alquiler que nada, estás loco? Eso sí, mientras estés en la casa haz ruido que jode, ponte música, cocina para que se escuchen las ollas y se sienta el olor. Guisados. A ti te gustan los guisados, no? Échale Carmencita bastante. Lo único que te pedimos es que no te encierres a oscuras leyendo libros, por favor. Bulla, hijo, es lo único que te pedimos. Salsa, regatón, lo que quieras”. Cuando mi tío se fue a mear al baño, mi tía me susurró al oído: “Ya intentaron invadir la casa dos veces”.

A las tres semanas todos me conocían en el vecindario. Es verdad que cuando entraba a la pollera de enfrente me miraban con mucho cariño, admiración o algo, no daba para entender bien el sentimiento. Después me entero que yo era “el inquilino de Mario”, un carajo de pinga, parrandón, bochinchero, y que de paso me estaba cogiendo a sus dos hijas, juntas y por separado (!!mis primitas que empezaron a traerme pollo a la plancha cuando me cansé de los guisados!!)

No me sentía maltratado, antes todo por el contrário, pero los decibeles nocturnos estaban acabando conmigo. Pormenor: la casa no tenía estacionamiento y debía dejar el carro en Plaza Tiuna, a siete cuadras. El problema no era tanto la distancia sino calcular el puesto en función de la profundidad y la cola. La mejor hora para llegar era a las seis y media, por ahí. No solo atravesaba las siete cuadras de día, con luz, sino que el carro no me quedaba enterrado en el quinto coño sótano de aquel infierno sulfuroso de Alighieri. Pero si llegaba demasiado temprano, a la mañana siguiente, para sacarlo, debía de esperar una buena hora y media hasta que sacaran los cincuenta carros que estaban por delante. 


Si llegaba tarde, a eso de las nueve, salía de primerito en la mañana, es verdad, pero la noche anterior tenía que llegar y cambiarme de una (dentro del carro). Me quitaba el traje y me ponía unos shores y chancletas particularmente adecuados para transitar cuadras del suroeste, pasadas las nueve de la noche.
 
Pero lo peor lo peor, es que no tenía intimidad. Entraban mis primas, salían mis tíos. Manolo, el del abastos, venia todos los días a revisar que me hacía falta en la nevera.  José, el asturiano de la esquina, llegaba todos los santos martes y viernes (a las seis y media de la mañana!) con un taperuere con la fabada que le había sobrado del día anterior. (Es sabido que todo lo que sea caraota recalentada al otro día es mucho mejor). Todos querían saber que coño de Viagra Chino se metía el inquilino de Mario para clavarse a sus hijas, juntas y por separado, de lunes a domingo, y de ocho a seis de le mañana. "Algo le metes a los guisados, ese olor..." me decía Manolo.

Hasta que un día, Leonardo, un gerente que trabajó muchos años en la sucursal 46, me dijo, solemnemente “Sr. Jaime, me divorcié!” Me lo dijo con aquel tono de quien comunica una cosa importante, un hito biográfico, un incidente significativo en la vida. Ya no tengo paciencia para estas cosas. 


“Mis viejos están enfermos, sabe, y bueno…le alquilo el apartamento”. 


“¿Qué? ¿Pero cómo sucedió eso chico? ¡Qué vaina tan arrecha! Lo bien que se llevaban! Ni me digas nada… sé perfectamente cómo te sientes. Un divorcio es lo peor chico…¿en cuánto me lo alquilas?”

Sin papeles, ni nada. Oficialmente no tengo residencia legal. Cuando me solicitan un recibo de luz o teléfono pido uno prestado y hasta ahora no he tenido problemas. Por supuesto que las niñas de los bancos y las tarjetas de crédito tienen más que hacer que ponerse a leer recibos del aseo urbano.

Pero yo, irresidenciado y todo, estaba feliz feliz. Al fin, un poquito de privacidad, para mí (y para mi carro).


Leonardo había comprado ese apartamento, éste, precisamente porque queda justo en frente a la sucursal dónde trabajó varios años. Saliendo a la puerta de la tienda se ve clarito el balcón y la ventana de mi cocina, que da hacia el tendedero.

La sucursal 46 es una especie de tienda piloto en dónde probamos cualquier tipo de cosa: los pos de los bancos, los exprimidores automáticos de naranjas, los nuevos uniformes de las cajeras, los bugs de Oracle Retail. Una especie de atol en medio del Pacífico dónde revienta toda vaina. La única razón por la que es la sucursal piloto es que tiene acceso por todas partes: por la Fajardo, por La Cota Mil, por La Francisco de Miranda, por La Libertador, por todas partes. En menos de media hora se ponen un poco de supervisores de acuerdo y le caen en cambote a la 46. Casi siempre los viernes. Yo acostumbro reservar los últimos días de la semana para visitar las sucursales del interior, cosa que todo el mundo sabe, pero empezó a parecerme raro que, siempre que estaba en la casa un viernes, alguno de los supervisores me llamaba para que me acercara a evaluar los daños colaterales de los experimentos piloto. Un día le pregunto a uno: “¿Chico, cómo sabes tú que estoy en la casa y que no estoy Barquisimeto?” “Cómo se iba a ir para Barquisimeto si dejó todos los interiores colgados en el tendedero, mi jefe?”

¡Privacidad un coño, no joda! Ahora entiendo porque la reina Isabel odia que le alcen el pabellón real de Buckingham cuándo está en Londres. Y tiene toda la razón, la vieja. Es como si le colgaran las pantaletas en el hasta más alta del palacio, para que todo Londres las pueda ver. Ahora la entiendo, a la pobre. Ricos y pobres, nobles y plebeyos, todos necesitamos un lugarcito para leer un libro y guardar el carro.



martes, 15 de mayo de 2012

Buenas señales

Ojalá t vaya bien.
Por aquí, las mañanas a veces s ponen saturninas con bolas,
cortas y frías.
¡Q raro que solo pasaron 3 días!
¿Increíble no? Este insólito universo de Ripley.
3 meses, imagínate
por no decir estos 3 años q pasaron volando...
bajo tierra, a lo Batman versión topo, a mil por hora.
M digo "enough-ya-está-bueno-coño" aunque no dejo de preguntarme por ti.
Pero sucede q ya no m sale volver a decirme
o a decirte en telekinesis cuántica (la mismísima vaina)
q t amo, Célia
q mira: m quiero morir, jeje.

Todo este asuntillo empieza a parecerme
impúdico, no sé si esa es la palabra, hasta en la más sórdida intimidad de mi mismo.
Mediomierdoso, ridiculísimo, liugarcumuneskyu, merengoso.
Y creo q bueno (creo no; estoy seguro) dos puntos: es buena señal.

Haz lo q quieras, lo q t venga en gana, lo q t salga del forro
ni necesitas q t lo diga. ¡Mira tú! ¿No será a mi a quien le pidas permiso, verdad?
Yo-por-ejemplo (me encanta este sujeto) me estoy cogiendo a tres mujeres (by the way).
Aunque sigo pensando en ti y me chorreo el cerebro con saliva. Sináptica. Dendritica.
Cada vez menos menos, aunq subsiste alguito, punto, no sigamos por ahí.
Será por eso q me salen los poemas lamidos, pringosos, pegajosos de perinola...menos llenos de lírica que de gelatina gris. Una cosa liquida y light, intragable, amarga y horrible.
Iba a decir que me salen los poemas "lamidos, espermosos" pero ya no... hasta eso se perdió.
Un pelin cínicos, los poemillas estos, concedido, ok. A lo mejor.

Insisto en este punto para aclararte q, fíjate, no es despecho
ni ganas de joder por joder.
Ni estoy triste ni sonrío.
Repara bien: de lo más normal
sin un ojo más pequeño q el otro, sin temblorcitos de los parpados
sin holluelos en el cachete.
Sin sonrisita de foto. Sin nada.
Cada vez más, nada de nada.

Sucede, m digo, m dijiste, q dejamos caer al suelo un jarrón Ming de no sé q dinastia china medio rara.
El tipo de cosas q vale millones en las subastas de Sothesby's se nos escapó de las manos
vaya a saberse cómo, se resbaló, se nos fue.
Se volvió mierda en miles de pedazos q ni la más crazy de las glues podrá reconstruir.
Ni la recomposición de los manuscritos del mar muerto tardará esos mil años de nuestra reconstrucción condenada.
Y asistimos incrédulos a ese desmoronar estúpido sin exclamaciones pueriles.
Sin ohs, ni oops, nis ayes. Sin dioses míos, ni virgenes marias santas, sin jesuses ni un coño.

¿Q más t digo? ¿Hace falta algo más?
Adiós, adeus, goodbye.
Ya ni sé q coño de lengua nos une o aparta.
xx
cordiales saludos
del q fui yo. Ahora no.




Los últimos poemas que he "posteado" son traducciones y versiones castellanas muy libres de un libro que publiqué hace años, en portugués, llamado "Andam coisas no Tecto, Jaime Da Costa Senra". Pueden googlearlo y hasta comprarlo. Yo nunca recibí un céntimo por él.



lunes, 30 de abril de 2012

Mis mujeres



Para L










Tuve amigas conocidas jefes amantes vecinas alumnas enemigas
Mujeres todas
Que duermen inseminadas de mí por este mundo
Porque miraba y hablaba como si estallara los dedos
Y con esta pelusa de truquito
(¿parece tonto, verdad?)
Pues muéranse: las fecundé a toditas todas mis mujeres.

Rostros bellos y expectantes de la película mala de mi vida, cuerpos
Que no por eso dejan de ser almas sustraídas, robadas pues, a la mía
No permitan que me pierda en mí, please
Perdónenme si me sobrepaso con la cosa, si me excedo, pero les suplico
Eso mismo: sencillo: que se acuerden de mí.

Marcia, Marta, Inés
Como pasó el tiempo, coño
¿Qué anda en el cine?
El clima se alteró con Chernobill  o cómo se escriba y con la capa de ozono y la vaina
Y bueno, adiós, nos vemos.
¿Se van a acordar de mí?

Laura, Verónica, María Beatriz (¿dónde carajo te metiste, chica?)
Dime: ¿duermes?
¿Qué hora será en París?
Hagan memoria, creo que no estoy loco, acuérdense
Qué sé yo, de Saint-Simon
De Tocqueville
Y de Proudhon y Weber, acuérdense
Por favor de mí.

Mujeres amadas mías, mis viejas amigas
Cuerpos tan dolorosamente ausentes
Del mío yo mi incompleto
Por vuestra ausencia lisiado
Úteros de amor que me gestaron en cuerpo
Que me incubaron en voz
Díganme pues
¿en donde se metieron, donde están?
¿Con quién duermen?
Cuéntenme cosas raras de los sueños, por ejemplo
¿Ya no se acuerdan de mí, verdad?

Para serles muy franco y sincero, de verdad no sé
Como decirles esto
Persuadirlas
De que fueron, ni más ni menos
Que los vientres domesticados de mi amor
En los que deposité
La perpetuación y la memoria de este semen raro y
Verga, ya está bueno, chau.
Me confundí.

lunes, 17 de octubre de 2011

Noviembre

En el mundo de habla inglesa, los malabaristas acompañan ciertos trucos de magia con la expresión: “Now you see it; now you don’t”: “¿Lo ves aquí? ¡Ya no está aquí!”. En una fracción de segundo hacen desaparecer moneditas de las manos, o ciudades enteras del horizonte. Al parecer, también la vida nos tiene reservados algunos trucos. En un piscar de ojos, mientras dura una centella, me arrancaron la vida de un hijo, me dijeron que tenía cáncer, herí de muerte a quién más me amó y amaba, maté un hombre, cometí un crimen. Yo. A mí.

¿La vida continua? La gente despertándose a las siete, saliendo a trabajar, comprando y vendiendo. ¿Es posible que todo siga igual? No. Esa vida, que parece tan real, es falsa, es un espejismo. Otro de esos trucos que no entendemos. Por más que nos digan que no, que lo que desfila ante nuestros ojos es la realidad, no lo queremos ver. Sencillamente, no lo podemos ver. No podemos ignorar el hijo que se nos murió, el hombre o la mujer que matamos. O que perdimos.

Rechazaríamos con indignación una pastilla milagrosa que nos hiciera olvidar el dolor. No hay nada de masoquismo, ninguna complacencia malsana en el sufrimiento. Quien lleva luto no necesita, evita, a todo costo, que le sea reconocido. Esa solidaridad es una invasión de intimidad, un protocolo, un desfile de mascaras grotescas que no queremos ver, una convención estúpida y absurda. Nadie puede reconocer la oscuridad abismal que llevamos dentro. Quien se le pudiera asomar, sucumbe.

En el naufragio de lo que somos, nos aferramos a las memorias de quienes perdimos, y aborrecemos cualquier forma de memorabilia tétrica, convencional, de cementerio. Esa sutil preservación de la vida por la memoria es nuestra tabla. Nuestro denuedo de salvación es nuestro homenaje, aun al precio de cualquier dolor, comparado con el cual, el enajenamiento es una ganga.

Somos esto, somos así: unas bestias complejas, proclives al dolor, un manojo mal anudado de deseos y sentimientos. De amor y arrepentimientos. Tal vez no se pueda, o no se deba, clasificar el dolor. Pero hay uno que es una mezcla de martirio y desolación: la pérdida. El dolor vacio. Un dolor hueco obstinado en quedarse sin dejarse saciar ni sellar. La pérdida de un ser profundamente amado es una agonía. Precisamente porque no tiene esperanza, es irreversible, es un dolor inacabado. Por eso imposible de ignorar y de olvidar.

Pero un día, sucede lo increíble. El tiempo empieza a marchar al revés, algo que, por todo lo que sabemos de la vida y conocemos del mundo, debiera ser inconcebible: ¡olvidámos! ¡Olvidamos la fecha en que falleció nuestro hijo! “No puede ser”, nos decimos, entre la incredulidad y la sorpresa. Sentimos, por un lado, que hemos cometido una traición infinita. Y, por otro, que la vida es cínica, vil, hija de puta. El mundo debiera ser noble y respetar las promesas de amor incondicional hasta que la muerte nos separe. Pero no lo es. Es tan solo esta cagadita deleznable y relativa que está aquí; esto, sobre lo cual el tiempo se acumula y acumulará en capas, sepultándose las unas a las otras, hasta hacer desaparecer los últimos sustratos en el olvido.

Allá afuera la vida continua, impertérrita y estúpida, con noche y día, y viento y lluvia, y con poco más. Majestuosa y ajena, toda ella, a amores eternos y votos incondicionales.

Parecerá una visión cínica de la vida. Me inclino más a pensar que la vida, ella misma, es intrínsecamente cínica, ingrata, hijoeputa.

Cuando nos adviene el dolor, la ausencia, la mutilación, nos acomete también la certeza de que nunca más el día será día. Que, a partir de allí, toda luz se teñirá de noche. Para lo bueno o lo malo, quién sabe si para nuestro propio bien y preservación (si nos sirve de consuelo), el mundo, sencillamente no funciona así. Llegará el día en que olvidaremos la fecha, o la fecha dejó de estrujarnos el corazón. Esperanza, resignación, autoprotección…¿cinismo? Todo da en lo mismo.

¿Será posible que la devastación del tiempo no deje nada? No lo sé. Probablemente deje una niebla. Y por detrás de la niebla un vacío, casi plácido, o casi horrible, como un noviembre no muy frio.