lunes, 30 de julio de 2012
Un Millón
sábado, 28 de julio de 2012
Perfect Match dot com
jaime.senra.nz@gmail.com
viernes, 27 de julio de 2012
30 años de diluvio
Nadie me salió al encuentro. Bueno. Estoy acostumbrado. Nunca fui presidente de nada. No soy alto, ni flaco, ni tengo el dinero que me supla las faltas de personalidad e ingenio, aparte otras misceláneas. Normal, pues. Claro que los reconocí a todos, apenas mirarlos. A unas más que otras. A unos mejor que a otros. No me fue nada difícil apartarme discretamente y embreñarme en el jardín. No me estaba escondiendo. Solo quería verlos. Para eso vine. Pegándome la cabeza contra la ventana del autobús, catorce horas.
Un jardín venezolano, aunque ocupe treinta metros en las traseras de un edificio, y esté rodeado por asfalto y cemento por todos lados, es una explosión de exuberancia, de magnificencia, lleno de escondrijos secretos, de pedacitos de selva impenetrable, y de los ruiditos y fragancias que quisieran tener aquel montón de hierbajos y piedrecitas maricas de Versailles. Me senté por allá, viéndolos, normal, sin querer bucearlas (raro en mi). La misma forma de hablar, de alzar los brazos, de simular que da un paso en falso, con aquellas mismisimas piernas, coño, de cortarte la respiración; la misma manera de dar la espalda con abrupta indiferencia, levantando los senos; y aquella forma de captar la atención con solo acercarse.
Ella y todos, hombres y mujeres, no lograron, o no quisieron, o no pudieron, dejar de ser los gestos y la mirada que delatan lo más íntimo de quiénes son y serán siempre, sin que importe mucho lo que digan o lo que hagan. De tantas formas no ha pasado el tiempo. Y nunca pasará. Por más que llueva.
Ahí estaban aquellos curas con quiénes compartíamos tres minutos de intimidad, después de clases, sin contriciones ni liturgias raras, y sin que ambos lo admitiéramos, nos atrevíamos a confesar nuestros más íntimos pecados. La lujuria de descubrir el mundo a bocajarro, o la arrogancia de ponerlo en entredicho y condenarlo. Esas cosas. Algunas, bueno, no las confesábamos, porque ya ibamos aprendiendo que las cosillas mundanas no valían la pena. Teníamos un grupito de tres en que imaginábamos el clítoris de aquellas cincuenta niñas. Albahacas, azucenas, orquídeas carnívoras, y demás variantes de una flora exótica y fragante, de las que solo un venezolano posee las referencias taxonómicas para poder hacerlo. Uno, solo, en un jardín, se pierde en estas cosas.
Aunque, repito, el ruido era mucho, el sueño raro, se veía poco, no estoy muy seguro de nada. Me distraje, creo, porque había retrocedido 30 años. Todos mojados como pollos en una granja sin abrigo. Lo que menos importaba. Porque en las catorce horas de regreso volví a ser el niño que estuvo abrazado a ella.
Un amigo, que no estuvo presente, tuvo un brevísimo chat conmigo. Me dijo: “Vi las fotos. Soñé que había ido pero que nadie me había reconocido”.
martes, 22 de mayo de 2012
Las pantaletas de la Reina
“Búscate la ley, para que te enteres”, me decía la gente que me quería ayudar a alquilar mi apartamentico de una habitación. Le eché un vistazo y me di cuenta que leyes como esas están hechas para proteger el sagrado derecho a la vivienda que tiene la gente como uno. Una vaina pensada en el ser humano, cuyos inalienables derechos prevalecen, le llevan una morenísima a los sórdidos sentimientos de la especulación y la usura. Nadie te puede sacar tu techito y abandonarte a la inclemencia de los elementos, por supuesto.
Me releo la cosa. Pero que guarandinga tan buena. Si entras a la vivienda, no sales más. Ni tienes que pagarla, porque aunque la inflación sea del treinta por ciento, el propietario no te la podrá valorizar más que al 1,20% anual y está obligado a vendértela a ti, al arrendatario; y, si por una de remotísima casualidad de la vida, no tienes o no quieres pagar, tampoco hay guiro, porque la Ley de Política Habitacional te ba a prestá!
Si llegaba tarde, a eso de las nueve, salía de primerito en la mañana, es verdad, pero la noche anterior tenía que llegar y cambiarme de una (dentro del carro). Me quitaba el traje y me ponía unos shores y chancletas particularmente adecuados para transitar cuadras del suroeste, pasadas las nueve de la noche.
“Mis viejos están enfermos, sabe, y bueno…le alquilo el apartamento”.
“¿Qué? ¿Pero cómo sucedió eso chico? ¡Qué vaina tan arrecha! Lo bien que se llevaban! Ni me digas nada… sé perfectamente cómo te sientes. Un divorcio es lo peor chico…¿en cuánto me lo alquilas?”
Pero yo, irresidenciado y todo, estaba feliz feliz. Al fin, un poquito de privacidad, para mí (y para mi carro).
Leonardo había comprado ese apartamento, éste, precisamente porque queda justo en frente a la sucursal dónde trabajó varios años. Saliendo a la puerta de la tienda se ve clarito el balcón y la ventana de mi cocina, que da hacia el tendedero.
martes, 15 de mayo de 2012
Buenas señales
cortas y frías.
¡Q raro que solo pasaron 3 días!
¿Increíble no? Este insólito universo de Ripley.
3 meses, imagínate
por no decir estos 3 años q pasaron volando...
bajo tierra, a lo Batman versión topo, a mil por hora.
M digo "enough-ya-está-bueno-coño" aunque no dejo de preguntarme por ti.
Pero sucede q ya no m sale volver a decirme
o a decirte en telekinesis cuántica (la mismísima vaina)
q t amo, Célia
q mira: m quiero morir, jeje.
Todo este asuntillo empieza a parecerme
impúdico, no sé si esa es la palabra, hasta en la más sórdida intimidad de mi mismo.
Mediomierdoso, ridiculísimo, liugarcumuneskyu, merengoso.
Y creo q bueno (creo no; estoy seguro) dos puntos: es buena señal.
Haz lo q quieras, lo q t venga en gana, lo q t salga del forro
ni necesitas q t lo diga. ¡Mira tú! ¿No será a mi a quien le pidas permiso, verdad?
Yo-por-ejemplo (me encanta este sujeto) me estoy cogiendo a tres mujeres (by the way).
Aunque sigo pensando en ti y me chorreo el cerebro con saliva. Sináptica. Dendritica.
Cada vez menos menos, aunq subsiste alguito, punto, no sigamos por ahí.
Será por eso q me salen los poemas lamidos, pringosos, pegajosos de perinola...menos llenos de lírica que de gelatina gris. Una cosa liquida y light, intragable, amarga y horrible.
Iba a decir que me salen los poemas "lamidos, espermosos" pero ya no... hasta eso se perdió.
Un pelin cínicos, los poemillas estos, concedido, ok. A lo mejor.
Insisto en este punto para aclararte q, fíjate, no es despecho
ni ganas de joder por joder.
Ni estoy triste ni sonrío.
Repara bien: de lo más normal
sin un ojo más pequeño q el otro, sin temblorcitos de los parpados
sin holluelos en el cachete.
Sin sonrisita de foto. Sin nada.
Cada vez más, nada de nada.
Sucede, m digo, m dijiste, q dejamos caer al suelo un jarrón Ming de no sé q dinastia china medio rara.
El tipo de cosas q vale millones en las subastas de Sothesby's se nos escapó de las manos
vaya a saberse cómo, se resbaló, se nos fue.
Se volvió mierda en miles de pedazos q ni la más crazy de las glues podrá reconstruir.
Ni la recomposición de los manuscritos del mar muerto tardará esos mil años de nuestra reconstrucción condenada.
Y asistimos incrédulos a ese desmoronar estúpido sin exclamaciones pueriles.
Sin ohs, ni oops, nis ayes. Sin dioses míos, ni virgenes marias santas, sin jesuses ni un coño.
¿Q más t digo? ¿Hace falta algo más?
Adiós, adeus, goodbye.
Ya ni sé q coño de lengua nos une o aparta.
xx
cordiales saludos
del q fui yo. Ahora no.
Los últimos poemas que he "posteado" son traducciones y versiones castellanas muy libres de un libro que publiqué hace años, en portugués, llamado "Andam coisas no Tecto, Jaime Da Costa Senra". Pueden googlearlo y hasta comprarlo. Yo nunca recibí un céntimo por él.
lunes, 30 de abril de 2012
Mis mujeres
lunes, 17 de octubre de 2011
Noviembre

En el mundo de habla inglesa, los malabaristas acompañan ciertos trucos de magia con la expresión: “Now you see it; now you don’t”: “¿Lo ves aquí? ¡Ya no está aquí!”. En una fracción de segundo hacen desaparecer moneditas de las manos, o ciudades enteras del horizonte. Al parecer, también la vida nos tiene reservados algunos trucos. En un piscar de ojos, mientras dura una centella, me arrancaron la vida de un hijo, me dijeron que tenía cáncer, herí de muerte a quién más me amó y amaba, maté un hombre, cometí un crimen. Yo. A mí.
¿La vida continua? La gente despertándose a las siete, saliendo a trabajar, comprando y vendiendo. ¿Es posible que todo siga igual? No. Esa vida, que parece tan real, es falsa, es un espejismo. Otro de esos trucos que no entendemos. Por más que nos digan que no, que lo que desfila ante nuestros ojos es la realidad, no lo queremos ver. Sencillamente, no lo podemos ver. No podemos ignorar el hijo que se nos murió, el hombre o la mujer que matamos. O que perdimos.
Rechazaríamos con indignación una pastilla milagrosa que nos hiciera olvidar el dolor. No hay nada de masoquismo, ninguna complacencia malsana en el sufrimiento. Quien lleva luto no necesita, evita, a todo costo, que le sea reconocido. Esa solidaridad es una invasión de intimidad, un protocolo, un desfile de mascaras grotescas que no queremos ver, una convención estúpida y absurda. Nadie puede reconocer la oscuridad abismal que llevamos dentro. Quien se le pudiera asomar, sucumbe.
En el naufragio de lo que somos, nos aferramos a las memorias de quienes perdimos, y aborrecemos cualquier forma de memorabilia tétrica, convencional, de cementerio. Esa sutil preservación de la vida por la memoria es nuestra tabla. Nuestro denuedo de salvación es nuestro homenaje, aun al precio de cualquier dolor, comparado con el cual, el enajenamiento es una ganga.
Somos esto, somos así: unas bestias complejas, proclives al dolor, un manojo mal anudado de deseos y sentimientos. De amor y arrepentimientos. Tal vez no se pueda, o no se deba, clasificar el dolor. Pero hay uno que es una mezcla de martirio y desolación: la pérdida. El dolor vacio. Un dolor hueco obstinado en quedarse sin dejarse saciar ni sellar. La pérdida de un ser profundamente amado es una agonía. Precisamente porque no tiene esperanza, es irreversible, es un dolor inacabado. Por eso imposible de ignorar y de olvidar.
Pero un día, sucede lo increíble. El tiempo empieza a marchar al revés, algo que, por todo lo que sabemos de la vida y conocemos del mundo, debiera ser inconcebible: ¡olvidámos! ¡Olvidamos la fecha en que falleció nuestro hijo! “No puede ser”, nos decimos, entre la incredulidad y la sorpresa. Sentimos, por un lado, que hemos cometido una traición infinita. Y, por otro, que la vida es cínica, vil, hija de puta. El mundo debiera ser noble y respetar las promesas de amor incondicional hasta que la muerte nos separe. Pero no lo es. Es tan solo esta cagadita deleznable y relativa que está aquí; esto, sobre lo cual el tiempo se acumula y acumulará en capas, sepultándose las unas a las otras, hasta hacer desaparecer los últimos sustratos en el olvido.
Allá afuera la vida continua, impertérrita y estúpida, con noche y día, y viento y lluvia, y con poco más. Majestuosa y ajena, toda ella, a amores eternos y votos incondicionales.
Parecerá una visión cínica de la vida. Me inclino más a pensar que la vida, ella misma, es intrínsecamente cínica, ingrata, hijoeputa.
Cuando nos adviene el dolor, la ausencia, la mutilación, nos acomete también la certeza de que nunca más el día será día. Que, a partir de allí, toda luz se teñirá de noche. Para lo bueno o lo malo, quién sabe si para nuestro propio bien y preservación (si nos sirve de consuelo), el mundo, sencillamente no funciona así. Llegará el día en que olvidaremos la fecha, o la fecha dejó de estrujarnos el corazón. Esperanza, resignación, autoprotección…¿cinismo? Todo da en lo mismo.
¿Será posible que la devastación del tiempo no deje nada? No lo sé. Probablemente deje una niebla. Y por detrás de la niebla un vacío, casi plácido, o casi horrible, como un noviembre no muy frio.





